jueves, 10 de noviembre de 2016

Negotium Perambulans. E.F. Benson (1867-1940)

Posiblemente, el turista accidental que pase por el oeste de Cornualles, al atravesar la desolada llanura elevada que se extiende entre Penzance y el Finis Terrae, haya observado un cartel indicador muy viejo señalando un terreno difícil y que en el desgastado dedo que lo muestra lleva una inscripción medio borrada diciendo: Polearn 2 millas, aunque es probable que muy pocos hayan sentido la curiosidad de recorrer estas dos millas para ver un lugar al que las guías turísticas dedican un comentario tan superficial. Es descrito en un par de líneas muy poco sugestivas como un pequeño pueblo de pescadores con una iglesia sin ningún interés particular, excepto por los paneles de madera grabada y pintada que forman la baranda del altar y que originalmente pertenecían a otro edificio. Se recuerda al turista que en la iglesia de St. Creed existe una decoración parecida, pero muy superior a ésta en estado de conservación e interés, circunstancia que hace que incluso los más dispuestos a visitar iglesias no se sientan incitados para ir a Polearn. El señuelo es demasiado pobre para desear tragárselo, y una mirada a aquellas tierras difíciles, que cuando no llueve ofrecen un alfombrado de piedras puntiagudas y cuando llueve presenta un río de fango, seguro que le hará decidir no exponer el coche o la bicicleta a este tipo de riesgos en una región tan poco poblada como ésta. Desde Penzance sus ojos casi no han encontrado casa alguna y la posibilidad de un pinchazo al recorrer media docena de accidentadas millas parece un precio demasiado alto para ver unos paneles pintados.

Polearn, por tanto, incluso en el momento álgido de la estación turística, es poco propenso a la invasión y, durante el resto del año, no creo que haya más de un par de personas diarias que atraviesen estas dos larguísimas millas de cuestas rampantes y pedregosas. En este cálculo exiguo no olvido al cartero, siendo pocos los días que, dejando caballo y carro en la cima de la colina, se llega hasta el pueblo, porque a pocos centenares de metros cuesta abajo hay una gran caja blanca que parece un baúl de marinero, puesta al lado del camino, con una hendidura para tirar las cartas y una puerta cerrada con candado. Cuando lleva en la cartera una carta certificada o un paquete demasiado grande para meterlo en las casillas cuadradas del baúl de marinero, debe bajar la cuesta y entregar el enojoso envío personalmente a su propietario, recibiendo a cambio una moneda o algún refrigerio por su amabilidad; pero estas ocasiones son raras y la rutina general es sacar de la caja las cartas que se han depositado y dejar las que él trae. Estas serán recogidas, quizás aquel mismo día o al día siguiente, por un emisario enviado por la administración de correos de Polearn.

Respecto a los pescadores de la localidad, que con su comercio de exportación establecen el vínculo principal entre Polearn y el mundo exterior, nunca les pasaría por la cabeza el subir la pronunciada pendiente y recorrer las seis millas que los separan del mercado de Penzance. La ruta del mar es más corta y adecuada y pueden dejar el pescado en la punta de la escollera.

Así pues, aunque la única industria de Polearn es la pesca, no se puede disponer de pescado si no se encarga previamente a algún pescador. Cuando vuelven las barcas vienen más vacías que una casa encantada, ya que el pescado se ha cargado en los vagones que se dirigen rápidamente hacia Londres. Este aislamiento, durante siglos, de la pequeña comunidad produce igualmente el aislamiento del individuo y explica que no haya nadie tan individualista como la gente de Polearn. A pesar de todo, o así me lo ha parecido siempre, la gente está unida por una misteriosa comprensión, como si todos hubieran sido iniciados en algún antiguo rito, inspirado y compuesto por fuerzas visibles e invisibles. Las tempestades que atacan las costas en invierno, el hechizo de la primavera, los veranos cálidos y tranquilos, la estación de las lluvias y la putrefacción otoñal crean un sortilegio que, poco a poco, se transmite a los habitantes e influye en las fuerzas del bien y del mal que gobiernan el mundo, manifestándose de una manera que tanto puede ser benigna como terrible...

La primera vez que fui a Polearn contaba diez años y era un chiquillo débil y enfermizo, amenazado por dolencias pulmonares. Los negocios de mi padre lo retenían en Londres, pero se consideró que el abundante aire fresco y la benignidad del clima eran para mi condiciones esenciales si debía llegar hasta la edad adulta. La hermana de mi padre se había casado con el vicario de Polearn, Richard Bolitho, natural del lugar, hecho que me permitió pasar tres años en casa de mis familiares a cambio de pagar una pensión.

Richard Bolitho poseía en el pueblo una casa muy bonita, donde vivía más a gusto que en la vicaría, la cual tenía alquilada a un joven artista, John Evans, enamorado del lugar, razón por la que no se separara de él en todo el año. La casa tenía un sólido cobertizo provisto de tejado, abierto por uno de sus costados, que habían construido en el jardín especialmente para mí y donde yo vivía y dormía. Esto hacía que de las veinticuatro horas del día no pasara ni una tras paredes y ventanas. Siempre me hallaba en la bahía con la gente del mar o rondando por los acantilados cubiertos por aulagas que se alzan a derecha e izquierda de la profunda garganta donde se encuentra el pueblo o bien estaba ocupado en futilidades en la punta de la escollera o buscando nidos de pájaro en el bosque con chicos del pueblo. Salvo los domingos y durante las escasas horas del día que iba a la escuela, estaba autorizado a hacer todo lo que me pasara por la cabeza siempre que lo hiciera al aire libre. Las lecciones no eran pesadas, pues mi tío sabía acompañarme por los floridos atajos que atraviesan los matorrales de la aritmética, me llevaba a agradables excursiones a través de los elementos de la gramática latina y, por encima de todo, me forzaba a presentarle diariamente un informe, expuesto con frases claras y gramaticalmente correctas, de todo cuanto ocupaba mis pensamientos y movimientos. Si debía decirle que había corrido por los acantilados, la manera de expresarme debía ser ordenada, no difusa, y acompañada de notas exponiéndole mis observaciones. Esto me ayudaba a entrenar mis dotes de observación, ya que me inducía a explicarle cuales eran las flores que había encontrado y qué pájaros había visto planeando sobre el mar o construyendo el nido en el bosque. De esto debo estarle permanentemente agradecido, pues la observación y la descripción en un lenguaje expresivo de las cosas observadas se convertiría en mi profesión.

De todos modos, más importante aún que las tareas reservadas para los días de cada día era la rutina prescrita para el domingo. En el alma de mi tío incubaba el sombrío rescoldo del calvinismo y el misticismo, que convertía el domingo en el día del terror. En su sermón de la mañana nos chamuscaba con un avance de los fuegos eternos preparados para los pecadores impenitentes y se puede afirmar que no era menos aterrador cuando hablaba a los niños durante la ceremonia de la tarde. Recuerdo perfectamente su exposición de la doctrina del ángel de la guarda. Según afirmaba, un niño podía sentirse seguro amparado por aquella custodia angélica, pero que se guardara de cometer alguna de las numerosas ofensas que podían obligar a su ángel custodio a apartar de él su rostro, pues de la misma manera que había ángeles que nos protegían, también había presencias malignas y ominosas dispuestas a atacarnos. Le gustaba de forma particular entretenerse en éstas. También recuerdo su comentario en el sermón de la mañana sobre los paneles llenos de relieves de la baranda del altar, a los que ya he aludido anteriormente. Se veía en ellos al ángel de la Anunciación y al ángel de la Resurrección, pero también estaba presente la bruja de Endor y, en el cuarto panel, una escena que me inquietaba de manera particular. Aquel cuarto panel mi tío bajaba del púlpito para señalar los detalles trabajados por el tiempo representaba la puerta del cementerio de la misma iglesia de Polearn y, de hecho, el parecido era remarcable. En la entrada estaba la figura de un capellán vestido con una túnica y sosteniendo una cruz en la mano. Con aquella cruz se enfrentaba a una criatura terrible parecida a una babosa gigante y que retrocedía al encontrárselo delante.

Según la interpretación de mi tío, representaba algún ser de una maldad y de un poder casi infinitos, que sólo podía ser combatido con una fe firme y un corazón puro. Debajo se leía una leyenda que decía: «Negotium perambulans in tenebris», sacada del salmo noventa y uno. Habíamos hallado también la traducción: «la pestilencia que camina por las tinieblas», que sólo reproducía débilmente el latín. De hecho, era más mortal para el alma que cualquier pestilencia, que sólo puede matar el cuerpo: era la Cosa, la Criatura, el Asunto que traficaba en medio de las Tinieblas, un ministro de la ira de Dios entre los perversos...

Mientras él hablaba, yo me daba cuenta de las miradas que intercambiaban los feligreses y sabía que sus palabras evocaban algún supuesto, algún recuerdo. Movían la cabeza y murmuraban en voz baja, entendían las alusiones. Con aquel espíritu inquisitivo de los niños, no podía descansar hasta que arrancaba la historia a mis compañeros, hijos de los pescadores, cuando a la mañana siguiente nos tostábamos desnudos al sol tras haber tomado un baño. Uno sabía un fragmento, el segundo conocía otro más y, pegando unos con otros terminábamos formando una leyenda verdaderamente alarmante. En pocas líneas, se desarrollaba como sigue:

En otro tiempo hubo una iglesia mucho más antigua que aquella donde mi tío cada domingo nos aterrorizaba con sus palabras. Se alzaba a menos de trescientos metros de distancia, sobre la meseta de terreno llano que había bajo la cantera de la que se habían extraído las piedras. El propietario del solar la derruyó y se hizo construir una casa en el mismo lugar aprovechando los materiales de la ruina. Con un éxtasis de perversidad, conservó el altar, sobre el cual comía y jugaba a los dados. Pero he aquí que, cuando envejeció, se apoderó de él una especie de negra melancolía y quería tener velas encendidas ardiendo toda la noche, pues la oscuridad le causaba gran espanto. Una noche de invierno sobrevino una galerna tan intensa como nunca habíase visto otra, rompió las ventanas de la sala donde cenaba el hombre y apagó las luces. Los criados se presentaron profiriendo gritos de terror y lo encontraron tendido en el suelo en medio de un río de sangre que le salía de la garganta. En el momento de entrar les pareció ver una inmensa sombra negra que se apartaba de él y que, arrastrándose por el suelo y trepando por la pared, se escurría por la ventana rota.

—Allí yacía bien muerto —explicó el último de mis informantes—, y él, un hombre fornido, quedó reducido a un saco de piel y huesos, al que aquella bestia había chupado toda la sangre. Su último suspiro fue un grito en el cual profirió las mismas palabras que pueden leerse en el panel.
—Negotium perambulans in tenebris —me aventuré a decir con avidez.
—Poco más o menos. En todo caso, latín.
—¿Y después? —pregunté.
—No había nadie que quisiera acostarse en aquel lugar. Aquella casa vieja se fue arruinando y hará cosa de tres años que se hundió. Pero, mira por dónde, entonces apareció el Sr. Dooliss, de Penzance, y volvió a reconstruir la mitad de ella. No quiso hacer caso de aquellos seres extraños, ni tampoco de latinajos. Un buen día cogió la botella de whisky y al llegar la noche llevaba encima una buena cogorza. Bien, me voy a casa a cenar.

Prescindiendo de la autenticidad de la leyenda, me explicaron la verdad sobre el Sr. Dooliss de Penzance, quien desde aquel día se convirtió en el objeto de mi ávida curiosidad, especialmente porque la casa que se había construido en la cantera estaba situada al lado del jardín de mi tío. La Cosa que caminaba en medio de la Oscuridad no excitaba especialmente mi imaginación y yo ya estaba tan acostumbrado a dormir solo en el cobertizo que la noche no me inspiraba terror alguno. Pero habría sido muy excitante despertarme a cualquier hora y oír gritar al Sr. Dooliss, ya que esto indicaría que la Cosa lo había atrapado.

Aquella historia se me fue borrando de la cabeza, ensombrecida por cosas más interesantes que pasaban durante el día y, en el transcurso de los dos últimos años de vida al aire libre en el jardín de la vicaría, rara vez pensé en el Sr. Dooliss y en el hado que podía corresponderle por la osadía de vivir en un lugar donde se movía aquella Cosa tenebrosa. Ocasionalmente lograba verlo por encima de la valla del jardín, un hombre que era como una gavilla desmadejada y amarillenta, que caminaba lentamente y vacilando, aunque nunca me lo encontré al otro lado de la reja de su casa, ni en calle alguna del pueblo, ni abajo en la playa. Nadie se metía en su vida y él no se metía en la vida de nadie.

Si quería arriesgarse a ser la víctima del legendario monstruo nocturno o beber tranquilamente en su casa hasta morir, era algo que a mí ni me iba ni me venía. Al parecer mi tío había hecho diversos intentos de visitarle cuando vino a instalarse en Polearn; pero se ve que al Sr. Dooliss no debían gustarle los vicarios, porque hacía decir que no estaba en casa y nunca le devolvió la visita.

Tras tres años de sol, viento y lluvia, yo había vencido completamente aquellos primeros síntomas y me había convertido en un chico de trece años fuerte y robusto. Me enviaron a Eton y Cambridge y, habiendo finalizado la preparación necesaria, me convertí en abogado. Ocho años más tarde ya ganaba un sueldo anual de cinco cifras y había invertido en determinados valores una suma que me podía reportar dividendos, que teniendo en cuenta mis gustos sencillos y mis costumbres frugales, me ofrecían todas las comodidades necesarias a este lado del sepulcro. Tenía al alcance los premios que otorga la profesión y no poseía ambición alguna que me espoleara ni deseaba tampoco esposa e hijos, por lo que me figuro debo ser un soltero natural. De hecho, sólo tenía una ambición que a lo largo de aquellos años de actividad me había estado tentando, como la visión de unas montañas azules y lejanas, y era regresar a Polearn y vivir aislado del mundo en compañía del mar y las colinas vestidas de aulagas, donde había jugado con los amigos, y explorar los secretos que ocultaban. Tenía metido aquel sortilegio en mi corazón y puedo decir sinceramente que casi no había pasado un solo día en todos aquellos años sin aquel pensamiento y aquel deseo presentes en mi cabeza. Por mucho que me comunicara frecuentemente con mi tío durante toda su vida y, tras su muerte, con su viuda —que aún vivía—, desde que me embarcara en mi profesión no había regresado nunca más, porque sabía que si volvía me costaría demasiado marcharme otra vez. Tenía decidido regresar tan pronto hubiera logrado mi independencia, y nunca más me iría de allí. Pero me marché y ahora no habría nada en el mundo que me hiciera desviar del camino que conduce de Penzance al Finis Terrae y contemplar aquellas paredes que cierran el valle y se alzan, abruptas, sobre los techos del pueblo y escuchar el chillido de las gaviotas que pescan en la bahía. Y todo porque una de las cosas invisibles que forman parte de las fuerzas oscuras salió a la luz y yo la vi con mis propios ojos.

La casa donde pasé aquellos tres años de mi infancia había sido cedida a mi tía con carácter vitalicio y, cuando le comuniqué mi intención de regresar a Polearn, me sugirió que, mientras no encontrara la casa adecuada, fuera a vivir con ella, siempre que yo no encontrara inconveniente en aquella proposición.

La casa es demasiado grande para una vieja que vive sola —me comentó por carta— y con frecuencia pienso que no iría desencaminada si la dejase y me instalara en una casa más pequeña, suficiente para mí y mis necesidades. Ven a compartirla conmigo, querido sobrino y, si te molesto, que uno de los dos marche. Quizás te guste la soledad, como a la mayoría de la gente de Polearn, y entonces marcharás tú. O bien seré yo quien te deje. Una de las razones principales de haberme quedado todos estos años en esta casa ha sido el deseo de no dejarla arruinar. Las casas se arruinan, tú ya lo sabes, si no se vive en ellas.

Poco a poco se mueren, el alma se les debilita y termina abandonándolas. ¿No te explicaron estas simplezas en tus años de estudio en Londres?...

Como era natural, acepté entusiasmado aquel arreglo momentáneo y un atardecer de junio me encontré al inicio de aquella costa que bajaba hasta Polearn y nuevamente descendí hasta el profundo valle encastrado entre montañas. Parecía que el tiempo se hubiera detenido: aquel cartel indicador tan gastado —o su substituto— aún señalaba con el dedo delgaducho aquella bajada y, unos cuantos centenares de metros más allá, había aquella caja blanca donde se intercambiaban las cartas. Mis ojos topaban una a una con cosas recordadas y lo que veían no había empequeñecido, como suele pasar con los escenarios de la niñez al ser revisitados y meterlos en una escala más pequeña. Allá estaba la administración de correos, también la iglesia y, muy cerca de ella, la vicaría, y más allá, toda aquella vegetación que aislaba la casa a donde me dirigía desde el camino y, aún más allá, los techos grises de la casa de la cantera, húmedos y brillantes, barridos por la brisa mojada de la tarde que sopla desde el mar. Todo era exactamente como lo recordaba y, por encima de todo, aquella sensación de reclusión y aislamiento. En algún lugar más arriba de las copas de los árboles se encaramaba aquel sendero que unía la carretera a Penzance... pero todo estaba inconmensurablemente lejano. Los años transcurridos desde la última vez que aparecí en la famosa puerta se disipaban como el vaho del aliento en aquel aire caliente y suave. Había palacios de justicia en algún lugar del libro gris de la memoria y, si me entretenía girando las hojas, me dirían que me había hecho un nombre y una buena renta. Pero ahora el libro gris se había cerrado porque yo volvía a estar en Polearn y su hechizo me envolvía.
Si Polearn no había cambiado, tampoco lo había hecho la tía Hester, que salió a la puerta a recibirme. Siempre había sido delicada y blanca como la porcelana y el paso de los años no la había envejecido sino sólo había servido para refinarla.

Mientras permanecíamos sentados hablando tras la cena, me informó de todas las novedades acaecidas en Polearn durante aquellos años. Los cambios de los que me habló solo sirvieron para confirmar la inmutabilidad de los hechos. Volviendo a recordar nombres, le pregunté por la casa de la cantera y por el Sr. Dooliss, y me di cuenta de que su rostro se oscureció un tanto, como si la sombra de una nube acabara de enturbiar un día de primavera.

—Sí, el Sr. Dooliss —me dijo—, ¡pobre Sr. Dooliss! ¡Claro que lo recuerdo! Ya debe hacer diez años o más que murió. Nunca te lo comuniqué por carta porque fue terrible y no tenía ganas de entristecer tus recuerdos de Polearn. Tu tío siempre había pensado que podía suceder una cosa como ésta si continuaba bebiendo tan lamentablemente... ¡y aún peor! Aunque nadie supo exactamente qué sucedió, es lo que cabe suponer.
—Pero, ¿cómo fue todo, más o menos, tía Hester?
—Pues bien, como es natural no te lo puedo explicar con exactitud, y nadie podría hacerlo. Pero era un gran pecador y el escándalo que provocó en Newlyn fue una vergüenza. Además, vivía en la casa de la cantera... No sé si debes recordar un sermón que dio una vez tu tío, cuando bajando del púlpito explicó aquel panel de la baranda del altar. Quiero decir aquello de esa horrible criatura apostada en la puerta del cementerio.
—Sí, lo recuerdo perfectamente —le respondí.
—Supongo que debió impresionarte, como impresionó a todo el mundo que lo escuchó, una impresión que quedó grabada en todos nosotros cuando pasó aquella catástrofe. No sé cómo fue, pero el Sr. Dooliss se enteró del sermón de tu tío y, una vez que debía estar bebido, irrumpió en la iglesia y dejó el panel reducido a trocitos. Parece que pensaba que era mágico y que, si lo destruía, seguramente se libraría del hado terrible que ya lo amenazaba. Es necesario que te diga que, antes de cometer aquel terrible sacrilegio, había sido un hombre obsesionado: odiaba la oscuridad y la temía, pensando que aquella criatura representada en el panel lo perseguía, creía que si tenía las velas encendidas, se libraría. Pero estaba tan trastornado que le parecía que aquel panel era el causante de sus terrores y, como te he dicho, irrumpió en la iglesia e intentó destruirlo.

Y ahora te explicaré por qué he dicho que lo intentó. Cierto que a la mañana siguiente, cuando tu tío fue a la iglesia a decir maitines, lo encontró convertido en astillas y, sabiendo el miedo que provocaba el panel al Sr. Dooliss, se dirigió inmediatamente a la casa de la cantera y lo acusó de destructor. El hombre no lo negó; muy al contrario, se vanaglorió de lo hecho. Y aunque era temprano, continuó allí sentado bebiendo su whisky.

—¡Ya puedes ver que se ha hecho de la Cosa de que hablabas —le dijo— y también de tu sermón! ¡Ya ves que caso hago de las supersticiones!

Tu tío se fue sin responder a aquella blasfemia, con intención de dirigirse derecho a Penzance e informar a la policía de aquel ultraje a la iglesia; sin embargo, al salir de la casa de la cantera se metió de nuevo en la iglesia para poder dar detalles sobre los desperfectos, y se encontró con el panel en su sitio, intacto e ileso. Él, no obstante, lo había visto destrozado y el mismo Sr. Dooliss le había confesado que la destrucción era obra suya. Pero era un hecho que estaba allí, ¿y quién habría podido decir si había sido el poder de Dios o algún otro poder el que lo había recompuesto?

Así era Polearn verdaderamente, y era el espíritu de Polearn el que me hacía aceptar todo lo que me decía mi tía Hester como hecho comprobado. Había pasado de esa manera.

Y continuaba como si nada con aquella su voz tranquila:

—Tu tío reconocía que allí había intervenido algún poder que estaba por encima del de la policía y ya no fue a informar del hecho a Penzance porque habían desaparecido todas las pruebas.

Me cayó encima un súbito raudal de palabras.

—Debía haber algún error —dije— puesto que el panel no se había roto...
Ella sonrió.

—Has pasado mucho tiempo en Londres, querido sobrino...—me dijo—; déjame que te explique el resto de la historia. Aquella noche, por alguna razón, no pude dormir. Hacía mucho calor y parecía que me faltase aire. Supongo que debes pensar que el insomnio queda explicado con ese bochorno. De tanto en tanto me levantaba de la cama y me aproximaba a la ventana para intentar respirar un poco, y desde allí, la primera vez que me levanté de la cama vi que la casa de la cantera resplandecía. Pero la segunda vez me di cuenta de que estaba completamente a oscuras y, cuando me preguntaba cuál podría ser el motivo, escuché un grito terrible y, al poco, los pasos de alguien que caminaba muy deprisa por el camino que estaba al otro lado de la puerta. Mientras corría no paraba de chillar: «¡Luz, luz! ¡Dadme luz o me atrapará!». Era horrible el escucharlo y fui corriendo a despertar a mi marido, que dormía en el vestidor al otro lado del pasillo. No me demoré nada, si bien los gritos habían despertado todo el pueblo y, al llegar a la escollera, descubrió que todo había concluido. La marea se había retirado y, al pie de las rocas yacía el cuerpo del Sr. Dooliss. Seguramente debía haberse seccionado alguna arteria al chocar contra alguna de aquellas piedras tan angulosas. Se había desangrado hasta morir y, aunque era un hombre corpulento, su cuerpo parecía un saco de huesos. A pesar de todo, a su alrededor no había ningún charco de sangre, como sería de esperar. Solo la piel y los huesos, como si hubieran chupado hasta la última gota de sangre.

Me incliné hacia delante.

—Tanto tú como yo sabemos qué pasó, querido sobrino —continuó ella— o, al menos, nos lo imaginamos. Dios dispone de instrumentos para vengarse de quienes traen la maldad a lugares que son sagrados. Sus caminos son oscuros y misteriosos.

Imagino fácilmente qué hubiera pensado de tal historia si me la hubieran relatado en Londres. Existía una justificación obvia: el hombre en cuestión había sido un bebedor y, por tanto, no es extraño que los demonios del delirio lo persiguieran. Pero aquí, en Polearn, la situación era diferente.

—¿Y quién vive ahora en la casa de la cantera? —pregunté—. Hace muchos años los hijos de los pescadores me contaron la historia del hombre que la construyó y el espantoso fin que tuvo. Ahora ha sucedido lo mismo. No debe haber nadie que ose vivir allí de nuevo.

Le leí en la cara, incluso antes de formularle la pregunta, que sí existía tal persona.

—Sí, vuelven a habitarla —contestó ella—, dado que la ceguera no conoce freno... No sé si te acuerdas de él. Hace muchos años ocupó la vicaría.
—John Evans —dije yo.
—Sí, un hombre agradable, por cierto. Tu tío estaba muy satisfecho por tener un inquilino tan buena persona como él. Y ahora...
Se levantó.
—Tía Hester, no deberías dejar las frases a medio decir —le recriminé.
Ella negó con la cabeza.
—Es una frase que se acabará sola —replicó—. ¡Qué noche! Debo retirarme a dormir y tú también deberías hacerlo o pensarán que queremos tener la luz encendida cuando oscurece.
Antes de meterme en la cama, corrí las cortinas y abrí las ventanas de par en par para que así el aire tibio procedente del mar entrara en el dormitorio. Al contemplar el jardín, la luz de la luna iluminó el techo, brillante por el rocío, del cobertizo donde había vivido tres años. Como todo lo demás, me transportó a los viejos tiempos que ahora revivía, como si formaran una sola pieza con el presente y no existiera una laguna de más de veinte años separándolos. Estos dos espacios de tiempo se ajustaban como gomitas de mercurio que se reúnen para formar una luminosa esfera llena de misteriosas luces y reflejos.

Alzando un tanto los ojos, vi sobre la negra pared de la colina las ventanas de la casa de la cantera aún iluminadas.

La mañana, como suele pasar tantas veces, no rompió la ilusión. Cuando comencé a recobrar la consciencia, me imaginé que volvía a ser un niño y despertaba en el cobertizo del jardín y aunque, al despertarme completamente, aquella ilusión me hizo reír, el hecho en el que se basaba era real. Ahora como entonces, solo, era necesario hallarse aquí, recorrer de nuevo los acantilados y escuchar el estallido de las vainas entre los arbustos; pasearse por la costa hasta la cueva donde tomar el baño, flotar, dejarse llevar por el agua, nadar en la marea caliente y tostarse sobre la arena, contemplar las gaviotas que van pescando, vagar por la punta de la escollera con los pescadores, ver en sus ojos y escuchar en sus tranquilas palabras que hay cosas secretas que, sin ellos saberlo, forman parte de sus instintos y de su propia esencia. Había en mí poderes y presencias; los blancos chopos erguidos junto al riachuelo que borboteaba por el valle lo sabían y de tanto en tanto soltaban un centelleo, como la chispa de blancura que se observaba bajo las hojas, que lo demostraba; incluso las piedras que pavimentaban la calle estaban impregnadas de ello...

Yo no quería otra cosa que tenderme allí e impregnarme. Ya lo había hecho, de niño, de una manera inconsciente, pero ahora el proceso debía ser consciente. Debía saber qué sacudida de fuerzas, fructíferas y misteriosas, hervían al mediodía en las laderas de la colina y centelleaban de noche sobre el mar. Era factible conocerlas, incluso era posible dominarlas por quienes eran maestros en sortilegios, pero nunca podía hablarse de ellas, porque habitaban la parte más interior, estaban injertadas en la vida entera del mundo.

Existían oscuros secretos del mismo modo que hay poderes claros y amables, y sin duda pertenecía a esos aquel «Negotium perambulans in tenebris» que, aunque poseedor de una mortal malignidad, no podía ser considerado únicamente como un mal, sino como vengador de hechos sacrílegos e impíos... Todo esto formaba parte del hechizo de Polearn, y sus semillas hacía mucho tiempo que residían, aletargadas, en mí interior. Ahora, empero, rebrotaban. ¿Quién podía pronosticar qué extraña flor se abriría en sus tallos? No tardé mucho en encontrar a John Evans. Una mañana, mientras estaba tumbado en la playa, se me acercó arrastrando los pies por la arena un robusto hombre de mediana edad con rostro de Sileno. Al estar más cerca se paró, frunció las cejas y me miró fijamente.

—Vaya, ¿no eres aquel chico que vivía en el jardín del vicario? —me preguntó—.¿No sabes quién soy?

Lo supe al escuchar su voz. Esta fue la que me informó y, al reconocerla, vi los rasgos de aquel chico fuerte y despierto convertidos en grotesca caricatura.

—Sí, tú eres John Evans —le respondí—. Eras muy amable conmigo, solías hacerme dibujos.
—Así es y ahora te los volveré a hacer. ¿Te has bañado? Es algo arriesgado. Nunca se sabe qué anida en el mar, ni tampoco en tierra, la verdad sea dicha. No es que yo haga caso de esto. Me dedico sólo al trabajo y al whisky. ¡Ay, Dios mío! Desde la última vez que te vi he aprendido bastante a pintar, y también a beber, si te soy franco. Ya sabes que vivo en la casa de la cantera y debo decir que es un lugar que te provoca sed. Vente y le echarás un vistazo, si te parece bien. Te has instalado con tu tía, ¿no?. Podría pintarle un buen retrato, posee una cara interesante, y sabe un montón de cosas. Quienes viven en Polearn deben saber muchas cosas, aunque yo no haga demasiado caso de este tipo de asuntos.

No sabría decir si alguna vez había sentido repulsión y atracción al mismo tiempo como en esa ocasión. Tras aquel grosero rostro se escondía algo que horrorizaba y fascinaba a la vez. Con su hablar ceceante sucedía lo mismo. En cuanto a sus pinturas, ¿cómo debían ser éstas?

—Justamente pensaba en regresar a casa —le comenté—. Gustosamente me pasaría por allí, si no te importa.

A través del jardín descuidado y rebosante de vegetación me hizo entrar en aquella casa donde no había puesto los pies en toda mi vida. Un gato gris muy grande tomaba el sol en la ventana y una vieja servía la comida en un rincón de la helada estancia situada tras la puerta de entrada. Sus paredes eran de piedra, y unas molduras llenas de relieves se engastaban en los muros, fragmentos de gárgolas e imágenes escultóricas que testificaban su procedencia de la iglesia derruida. En un rincón se hallaba una tabla de madera oblonga y decorada con relieves, cargada con toda la parafernalia del oficio de pintor y, apoyadas en las paredes, un grupo de telas.

Acercó su dedo gordo a la cabeza de un ángel que formaba parte del anaquel de la chimenea y, riéndose dijo:

—Un aire de santidad, por eso intentamos atenuarlo por lo que respecta a los propósitos ordinarios de la vida con un arte de un tipo muy distinto. ¿Quieres beber algo? ¿No? Entonces puedes ir repasando mis pinturas mientras me acicalo un poco.

Tenía motivos para sentirse orgulloso de su talento: sabía pintar y, por lo que se veía, pintaba cualquier tema, pero no había visto yo nunca pinturas tan inexplicablemente malévolas. Había estudios exquisitos de árboles, pero te dabas cuenta que algo acechaba desde sombras temblorosas. Había un dibujo del gato tomando el sol en la ventana, tal como antes lo había visto y, a pesar de todo, no era un gato sino una bestia de espantosa malignidad. Había un chico desnudo tumbado en la arena y no era un ser humano, sino una ser maligno recién salido del mar. Había sobre todo pinturas del jardín rebosante de plantas, aquel jardín que parecía una selva, y vislumbrabas entre los arbustos presencias preparadas para arrojarse sobre ti...

—Bien, ¿te gusta mi estilo? —me preguntó levantándose con el vaso en la mano. No había diluido el vaso de alcohol que se había servido—. Intento captar la esencia de lo que veo, no simplemente la piel y la envoltura, sino la naturaleza, el centro de donde sale y aquello que lo origina. Tienen mucho en común un gato y una fucsia, si los observas con atención. Todo surgió del limo del pozo y todo retornará allí. Me gustaría pintar tu retrato algún día. Como dijo el loco, nada más debes sonreír al espejo porque en él se refleja la Naturaleza.

Tras aquel primer encuentro, lo vi de tanto en tanto durante los meses de aquel maravilloso verano. A menudo se encerraba en su casa y pintaba durante días y días; otras veces lo encontraba algún atardecer vagando por la escollera, siempre solo, y aquella repulsión y aquel interés que me inspiraba crecían a cada encuentro. Parecía avanzar más y más por aquel camino de conocimientos secretos que lo conducía al santuario del mal donde lo esperaba la iniciación completa... Y de pronto llegó el final.

Me tropecé con él un atardecer de octubre en los acantilados, cuando el sol de la tarde aún brillaba en el cielo, pero con sorprendente rapidez llegó desde el Oeste la negrura de una nube tan espesa como nunca nadie había visto. El cielo absorbió la luz, y la oscuridad cayó en capas cada vez más espesas. Súbitamente, él se dio cuenta.

—Debo volver tan rápido como pueda —me dijo—. Dentro de unos minutos será de noche y la criada esta fuera. No encenderá las luces.

Y marchó con una extraordinaria agilidad tratándose de una persona que camina arrastrando los pies y que a duras penas puede levantarlos. No tardó nada en ponerse a correr atropelladamente. En medio de la creciente oscuridad pude observar que tenía la cara húmeda por el sudor de un inexplicable terror.

—Debes acompañarme —me dijo jadeando—, porque cuanto antes encendamos las luces, mejor. No puedo permanecer sin luz.

Me esforcé en seguirlo, pues parecía que el terror le diera alas. A pesar de todo, fui tras él y, cuando llegué a la puerta del jardín, ya había recorrido la mitad del camino que conducía a la casa. Lo vi entrar, dejar la puerta bien abierta y hurgar en las cerillas. Pero la mano le temblaba de tal modo que era incapaz de trasladar la llama a la mecha de las
luces.

—Pero, ¿por qué tienes tanta prisa? —le pregunté.
De pronto observó la puerta abierta detrás mío y saltó de la silla que tenía al lado de la mesa —aquella mesa que en otro tiempo fuera altar de Dios— dejando escapar un bufido y un grito.
—¡No, no! —exclamó—. ¡Vete!...

Al girarme, vi lo que él estaba contemplando. La Cosa había entrado y ahora reptaba por el suelo dirigiéndose hacia él, como una oruga gigante. Emanaba una luz fosforescente y fría, y aunque la oscuridad exterior se había convertido en negrura, podía ver claramente a aquel ser gracias a la luz terrible de su propia presencia. Salía también de ella un olor de corrupción y putrefacción, de limo que ha permanecido largo tiempo bajo el agua. Parecía no tener cabeza, si bien delante se le apreciaba un orificio de piel arrugada que se abría y cerraba, todo lleno de babas en derredor. No tenía pelo y, respecto a la forma y la textura, parecía una babosa.

Cuando avanzaba, la parte delantera se alzaba del suelo, como una serpiente que se prepara a atacar, y se aprestaba a dirigirse hacia él...

Al ver aquello y al oír los alaridos agónicos que profería, el pánico que se había apoderado de mí se transformó en una valentía sin esperanza y, con manos impotentes y paralizadas, quise coger la Cosa. Pero no me fue posible: aunque allí había un elemento material, resultaba imposible sujetarlo y las manos se me hundían en un fango espeso. Era luchar contra una pesadilla.

Me parece que sólo transcurrieron escasos segundos antes de que todo terminara. Los gritos de aquel desgraciado se volvieron gemidos y murmullos cuando la Cosa le cayó encima. Todavía jadeó una o dos veces antes de quedar inmóvil.

Durante un momento más largo aún escuché ruidos de chapoteo y de sorber, hasta que la Cosa se deslizó silenciosamente por el suelo de la misma manera que había entrado. Encendí aquella luz donde había visto al hombre hurgando y allí en el suelo lo encontré: tan sólo un arrugado saco de piel que contenía unos puntiagudos huesos.

Necrofilia. Aldo Astete Cuadra.

Si me lo pregunta de esa manera, le responderé que siempre me han gustado pálidas, con ojeras violáceas y miradas perdidas. La falta de vitalidad es importante, jamás me fijaría en una mujer extrovertida.

Para dar con ellas, basta con caminar por el paseo peatonal al caer el crepúsculo, o ir a fiestas góticas donde es posible encontrar especímenes increíbles, delgadas, cadavéricas. Una vez establecido el contacto, les hablo y las seduzco con mis conocimientos en ocultismo y metafísica, luego las convido a mi casa; bebemos y nos drogamos hasta que se produce en ellas el sopor y la inconsciencia. A continuación, las llevo al cuarto de baño para desnudarlas, situándolas al interior de la gran tina de fierro enlozado que procedo a repletar de hielo. Así consigo emular el complejo rigor mortis.

Cuando parecen verdaderos fiambres, las traslado a mi lecho y las poseo tantas veces como puedo hasta quedar rendido junto a su cuerpo inerte. Me recobro cuando su temperatura aumenta y comienzan a temblar liberándose del ensueño. Como ve, mis relaciones no eran duraderas. Recobrada la conciencia, ellas me amenazaban y acusaban, yéndose enfurecidas y tristes, llorando desconsoladamente. ¡Yo no las obligué!

Debo confesarle que con el paso del tiempo, todo este rito y sus desagradables consecuencias produjeron en mí un tedio tremendo, haciendo de mis incursiones sexuales algo predecible y monótono al final; y producto de este desánimo me torné distraído, tanto así que en una ocasión olvidé, sin querer, a mi amante de turno en la tina de fierro enlozado. Sin proponérmelo había dado el paso definitivo, sin quererlo había traspasado el límite. El error y la casualidad me habían otorgado la esquiva felicidad. Con esto pude extender mis relaciones por unas semanas, sin mayores problemas.

Con el tiempo mejoré las técnicas de conservación, -ensayo y error creo que le llaman- un corte acá, un frío local allá. La palidez y el rigor son lo más importante a la hora de buscar la belleza suspensa.

De cómo me deshago de los cuerpos, eso no se lo voy a responder, prefiero no hablar. Es mejor no hablar de ciertas cosas, usted sabe. Pero sí puedo confesarle, con mucha franqueza, que mi vida se ha visto transformada ostensiblemente, de manera tal que ahora establezco relaciones que se extienden por un par de meses sin contratiempos de importancia.

Finalmente, puedo señalar que el sexo es la mejor experiencia de la vida, y por qué no decirlo, también de la muerte, y más aún, cuando se goza de él sin compromisos. Aunque, si usted me disculpa la infidencia, presiento que me estoy enamorando de mi última conquista.

La nieve a la deriva. August Derleth (1909-1971)

Los pasos de tía Mary se detuvieron en seco antes de llegar a la mesa y Clodetta se volvió para ver qué retenía a la anciana. Estaba quieta, rígida, con los ojos clavados en la cristalera que quedaba justo enfrente de la puerta por la que había entrado. Ante ella, bien derecho, el bastón que sujetaba. Clodetta lanzó una mirada fugaz al otro extremo de la mesa, hacia su marido. Él también miraba a la anciana; su rostro no dejaba entrever emoción alguna. Clodetta se volvió de nuevo y vio que ahora era ella quien centraba el interés de la anciana, que la contemplaba en silencio, impávida. Clodetta se sintió incómoda.

-¿Quién ha descorrido las cortinas de las ventanas que dan al oeste?
Al acordarse, Clodetta se sonrojó.
-He sido yo, tía. Disculpa. Me olvidé de que no querías que esas ventanas quedaran expuestas. La anciana emitió un sonido extraño semejante a un bufido y volvió a posar la mirada en la cristalera. A un movimiento suyo apenas perceptible, Lisa emergió de la penumbra del salón, desde donde había estado observando a los dos comensales con aire huraño y reprobador. La criada fue derecha a las ventanas del oeste y corrió las cortinas.

Tía Mary se acercó lentamente a la mesa y ocupó su lugar en la cabecera. Apoyó el bastón en su silla, tiró de la cadena que le colgaba del cuello para que los impertinentes descansaran en su regazo y transfirió la mirada de Clodetta a su sobrino, Ernest. Luego fijó los ojos en la silla vacía del otro extremo de la mesa y habló sin dar señales de estar viendo a sus dos acompañantes.

-Os he dicho a los dos que ni una sola de las cortinas de las ventanas que dan al oeste debía tocarse después de la puesta de sol, y habréis advertido que, por la noche, ninguna ventana ha quedado descubierta ni un instante. Me he cuidado de alojaros en las habitaciones que miran al este, y también es al este adonde mira el salón.
-Estoy convencido de que Clodetta no tenía intención de contravenir tus deseos, tía Mary -dijo Ernest bruscamente.
-No, claro que no, tía.
La anciana arqueó las cejas y continuó, impasible.
-No consideré conveniente dar explicaciones acerca del porqué de mi petición. No voy a daros ninguna. Pero lo que sí quiero decir es que descorrer las cortinas entraña un peligro seguro. Ernest ya conoce la historia, pero tú, Clodetta, no la conoces. Clodetta le dirigió a su marido una mirada espantada que la anciana advirtió.
-Por supuesto que sois libres de creer que se me va la cabeza y que estoy volviéndome excéntrica, pero no os aconsejo que lo hagáis. De repente, un joven entró en la habitación y se dirigió a la silla que quedaba frente a la cabecera de la mesa, sobre la que se abalanzó dedicando a los otros tres comensales un saludo casi inaudible.
-Has vuelto a retrasarte, Henry -dijo la anciana.

Henry farfulló algo y se dispuso a comer a toda prisa. La anciana suspiró y al momento empezó a comer, tras lo cual Clodetta y Ernest hicieron otro tanto. La vieja criada, que no se había movido de detrás de la silla de tía Mary, se retiró no sin antes dirigirle a Henry una mirada llena de desprecio. Al cabo de unos instantes, Clodetta levantó la vista y se aventuró a hablar.

-Aquí no estás tan aislada como yo pensaba, tía Mary.
-Claro que no, querida mía, con los teléfonos y los coches de ahora, no. Pero hace tan sólo veinte años era otra cosa, te lo aseguro.
-Los recuerdos arrancaron una sonrisa a la anciana, que miró a Ernest-. Entonces tu abuelo aún vivía, y fueron muchas las veces que se quedó aislado por la nieve sin poder avisar a nadie.
-Cuando en Chicago hablan de «allá, en el norte» o de los «bosques de Wisconsin», siempre tienes la impresión de que quedan muy lejos -dijo Clodetta.
-Es que quedan muy lejos -añadió Henry bruscamente-. Y espero que tengas algo previsto por si nos quedamos encerrados aquí un día o dos, tía. Parece que afuera nieva, y en la radio dicen que se avecina ventisca.

La anciana dio un bufido y lo miró.

-¡Ah! A mí me pareces excesivamente inquieto, Henry. Tengo la impresión de que en cuanto pusiste los pies en mi casa empezaste a arrepentirte de este viaje. Si te preocupa que se desate una tormenta de nieve, puedo pedirle a Sam que te lleve en coche a Wausau y mañana mismo estarás en Chicago.
-Por supuesto que no.
Se hizo el silencio.
-Lisa -la anciana llamó a la criada, que entró en el comedor para ayudarla a levantarse de su asiento, aunque como Clodetta ya le había dicho a su esposo, «No necesitaba ayuda».

Tía Mary les dio las buenas noches desde el umbral. Tenía un aspecto imponente, con el bastón en una mano y los impertinentes cerrados en la otra. Se desvaneció en la penumbra del pasillo, donde, al alejarse, el ruido de sus pasos se mezcló con el de los de la criada, que rara vez se separaba de la anciana. Casi siempre estaban solas en casa, y la plácida somnolencia de sus vidas tranquilas sólo se veía mitigada por las breves temporadas en las que la anciana recibía la visita de su sobrino Ernest, «el chico del querido John», o de Henry, de cuyo padre la anciana no hablaba jamás. Sam, que solía dormir en el garaje, no contaba. Clodetta miró a su marido con inquietud, pero fue Henry quien dijo lo que todos pensaban.

-Creo que está perdiendo la razón -declaró sin ambages. Dejando a Clodetta con la réplica en los labios, Henry se levantó y entró en la sala, donde no tardó en llegar la música de la radio. Clodetta jugueteó con la cuchara y finalmente dijo:
-Creo que es un poco rara, Ernest.
Él le dedicó una sonrisa paciente.
-No, yo creo que no. Lo de tener las ventanas que dan al oeste cubiertas lo entiendo. Mi abuelo murió ahí; una noche lo atrapó el frío y murió congelado en la cuesta de la colina. No sé cómo sucedió exactamente, yo no estaba aquí. Supongo que no querrá ver nada que se lo recuerde.
-¿Cuál es entonces el peligro al que se refería? Ernest se encogió de hombros.
-Tal vez ese peligro lo lleve dentro; tal vez la afecte y, a su vez, nos afecte a nosotros. -Se detuvo durante un instante y luego añadió-: Supongo que a ti sí que te parecerá rara, pero desde que tengo uso de razón, tía Mary siempre ha sido así. La próxima vez que vengas ya te habrás acostumbrado.

Clodetta se quedó mirando a su marido durante un momento antes de contestarle. Por fin, dijo:

-Bobadas, cariño.
Él hizo ademán de levantarse, pero Clodetta se lo impidió.
-Escucha, Ernest. Recordaba a la perfección que tía Mary no quiere que nadie descorra las cortinas, pero en ese momento sentí que debía hacerlo. Yo no quería, pero algo me obligó a hacerlo...
-La voz le temblaba.
- ¿Por qué, Clodetta? ¿Por qué no me lo contaste antes?
Ella se encogió de hombros.
-Tía Mary habría pensado que estoy tocada.
-Bueno, no es nada grave, pero has dejado que el asunto te preocupe, y eso no te conviene. Olvídalo, piensa en otra cosa. Ven a escuchar la radio.

Se levantaron y fueron a la sala juntos. Cuando entraban por la puerta se encontraron con Henry, que se hizo a un lado.

-Debí de haber supuesto que terminaríamos aislados aquí arriba. -Cuando Clodetta hizo ademán de replicar, añadió-: No nos pasará nada. Se ha levantado un vendaval y está empezando a nevar, y sé lo que eso significa.

Henry continuó su camino y entró en el comedor vacío, donde se detuvo un momento a mirar la mesa excesivamente larga. Luego se volvió a un lado, se dirigió a la cristalera, descorrió las cortinas y se quedó ahí, escudriñando la oscuridad. Desde la sala, Ernest lo vio de pie al lado de la puerta y protestó.

-Tía Mary no quiere que las cortinas queden descorridas, Henry.
-Bueno. Puede que a ella le parezca peligroso, pero yo me arriesgaré -contestó él tras volverse.

En vez de mirar a Henry, Clodetta tenía los ojos clavados en la noche que quedaba al otro lado de los cristales.

- ¡Ahí fuera hay alguien! -dijo de repente.
Henry echó un vistazo rápido afuera.
-No, es la nieve; está cayendo con fuerza y el viento la arrastra de aquí para allá.
Soltó las cortinas y se apartó de cristalera.
-Vaya, habría jurado que vi pasar a alguien por aquí afuera -dijo Clodetta, vacilante.
-Supongo que desde donde tú estás da esa impresión -apuntó Henry, que había vuelto a la sala-, pero lo que yo opino es que has dejado que las rarezas de tía Mary te afecten. Ernest replicó al comentario con un gesto impaciente, y Clodetta no respondió. Henry se sentó frente a la radio y fue girando el dial lentamente. Ernest había encontrado un libro que empezaba a despertar su interés, pero Clodetta mantenía los ojos clavados en las cortinas, que seguían moviéndose lentamente y ocultando la cristalera. Entonces Clodetta se levantó y salió de la sala; recorrió el pasillo en dirección al ala este y ahí llamó delicadamente a la puerta de tía Mary.
-Entra -dijo la anciana.

Clodetta abrió la puerta y entró; tía Mary estaba sentada, llevaba una bata. Su dignidad, en forma de unos impertinentes y un bastón, descansaba sobre la cómoda y en un rincón del cuarto. La anciana tenía un aspecto sorprendentemente benévolo, como Clodetta le confesó de inmediato.

-¡Ja! Pensabas que era un ogro disfrazado, ¿verdad? -dijo la anciana, sonriendo a su pesar-. Ya ves que no lo soy, pero las ventanas que miran al oeste me dan miedo, como habrás visto.
-Quería contarte una cosa acerca de esas ventanas, tía Mary -dijo Clodetta. Se detuvo bruscamente. La expresión que había adquirido el rostro de la anciana causaba una extraña desazón: no traslucía rabia ni disgusto, sino tan sólo una inquietud tensa ¡Vaya! ¡Que la vieja dama estaba asustada!
-¿Cómo? -le preguntó a Clodetta bruscamente.
-Estaba mirando por la cristalera, fue sólo un instante, y me pareció ver a alguien fuera.
-Por supuesto que no viste nada, Clodetta. Sería tu imaginación, o la nieve que arrastra el viento.
-¿Mi imaginación? Tal vez. Pero no había viento que pudiera arrastrar la nieve, aunque desde entonces se ha levantado ventisca.
-Yo también me he confundido a menudo, querida. En ocasiones he salido de buena mañana a buscar huellas; y no había ninguna, nunca. Estamos en mitad de una tormenta de nieve, y a pesar del teléfono y de la radio seguimos bastante lejos de la civilización. Nuestro vecino más cercano vive a más de tres millas de aquí, a los pies de la cuesta larga y empinada, y nos separa un trecho arbolado. La carretera más cercana queda a la misma distancia.
-Lo vi tan claramente que podría haberlo jurado.
-¿Quieres salir a buscar mañana por la mañana? -preguntó la anciana de repente.
-Por supuesto que no.
-¿No viste nada, entonces?
Las palabras de la anciana eran mitad pregunta, mitad ruego.
-¡Oh, tía Mary! Ahora estás sacando las cosas de quicio -dijo Clodetta.
-¿Viste o no viste algo, Clodetta? ¿Puedes asegurarlo?
-Supongo que no vi nada, tía Mary.
-Muy bien. Y ahora, ¿crees que podríamos hablar de algo más agradable?
-Claro que sí. Discúlpame, tía Mary. No sabía que el abuelo de Ernest hubiera muerto ahí fuera.
-Eso te ha contado, ¿verdad? Dime.
-Sí, Ernest dijo que por eso no te gustaba ver la cuesta después del anochecer, porque no querías que nada te lo recordara.

La anciana miró a Clodetta con aire impasible.

-Tal vez Ernest nunca llegue a saber cuánta verdad hay en lo que te dijo.
-¿Qué quieres decir, tía Mary?
-Nada que sea de tu incumbencia, querida. -Volvió a sonreír; había perdido su aire severo-. ¿Cómo está el tiempo?
-Está nevando, y mucho, dice Henry. Y sopla un vendaval. El desagrado con el que la anciana recibió la noticia se reflejó en su rostro.
-No me gusta la noticia, no me gusta nada. ¿Y si a alguien se le ocurriera asomarse a la cuesta esta noche? -Hablaba sola; parecía haber olvidado que Clodetta seguía en la puerta. Cuando volvió a verla, dijo-: Pero tú no sabes nada, Clodetta. Buenas noches. Clodetta apoyó la espalda en la puerta cerrada preguntándose qué habría querido decir la anciana. Pero tú no sabes nada, Clodetta. Qué curioso. Se diría que durante unos instantes la anciana se había olvidado de ella por completo.

Se alejó de la puerta y se topó con Ernest, que se dirigía al ala este.

-Por fin te encuentro -le dijo-. Me preguntaba dónde te habrías metido.
-Estaba hablando con tía Mary.
-Henry ha vuelto a la cristalera que da al oeste, y ahora es él quien cree que hay alguien afuera.

Clodetta se detuvo de repente.

-¿Lo cree de verdad?
Ernest asintió en silencio, muy serio.
-Pero la ventisca está arreciando; no me extrañaría nada que tus insinuaciones lo hubieran afectado.

Clodetta dio media vuelta y se marchó pasillo abajo.

-Voy a contárselo a tía Mary.

Ernest trató de disuadirla, pero no sirvió de nada: Clodetta se puso a llamar a la puerta de la anciana, y antes de que él hubiera podido formular una objeción adecuada ella ya había abierto la puerta y había entrado en la habitación.

-Tía Mary -dijo-, no quería volver a molestarte, pero Henry se ha acercado a la cristalera del comedor y dice que hay alguien fuera.

Aquello tuvo un efecto mágico sobre la anciana.

-¡Los ha visto! -exclamó. Entonces se puso en pie y se acercó a Clodetta apresuradamente-. ¿Cuánto hace de eso? Dímelo, rápido. ¿Cuánto hace que los ha visto? -le preguntó; la agarraba de los brazos, casi con violencia. El asombro le impidió hablar durante unos instantes, pero sintiendo cómo los ojos de la anciana se clavaban en ella, dijo finalmente:

-Hace un rato, tía Mary, después de cenar. Las manos de la anciana se relajaron, y con las manos también se relajó la tensión que la dominaba.
-¡Oh! -exclamó; dio media vuelta y, agarrando el bastón que había dejado en el rincón, volvió lentamente a su asiento.
-¿Entonces sí que hay alguien ahí fuera? -inquirió Clodetta, desafiante, cuando la anciana hubo alcanzado la silla.

A Clodetta le pareció que la respuesta tardaba en llegar. La anciana empezó a asentir suavemente, y de sus labios escapó un «sí» que apenas alcanzaba a oírse.

-Será mejor que les hagamos pasar, tía Mary. La anciana dirigió a Clodetta una mirada breve y seria; luego, con voz firme y suave, y los ojos clavados en la pared que quedaba detrás de la joven, replicó:

-No podemos hacerles pasar, Clodetta, porque no están vivos.

La nave que se encontró a sí misma. Rudyard Kipling (1865-1936)

Aquí estamos, ahora cautivos
a nuestro trabajo dispuestos, sin fatiga.
Ved ahora cómo es más de bendición,
hermanos, dar que recibir.
Mantened la confianza, do quiera que hayáis sido hechos.
Pagad lo que debéis;
pues un impulso claro y el acabado de la pala
nos llevarán a donde debemos ir.

-La canción de los motores-

Era su primer viaje, y aunque sólo se trataba de un vapor de carga de mil doscientas toneladas, era el mejor de los de su tipo, el resultado de cuarenta años de experimentos y mejoras en estructura y maquinaria; sus constructores y propietario le tenían tanta estima como si se tratara del Lucania. Cualquiera puede hacer un hotel flotante que sea rentable si se gasta el dinero suficiente en los salones y cobra por los baños privados, suites, etcétera; pero en estos tiempos de competencia y fletes de precios bajos cada centímetro cuadrado de un barco de carga debe estar construido para que resulte barato, tenga gran capacidad y una cierta velocidad uniforme. Este barco debía de tener unos setenta metros de largo y diez de ancho, y había sido organizado de manera que podía transportar ganado vacuno en la cubierta principal y ovejas en la superior si así lo quería; pero su mayor gloria era la cantidad de carga que podía almacenar en sus bodegas. Sus propietarios, una empresa escocesa muy conocida, lo acompañaron desde el norte, donde había sido botado, bautizado y equipado, hasta Liverpool, donde iba a coger carga para Nueva York, y la hija del dueño, la señorita Frazier, iba de aquí para allá sobre las limpias cubiertas, admirando la pintura nueva y los objetos de cobre, los elevadores abiertos y sobre todo la proa fuerte y recta sobre la que había roto una botella de champán cuando le puso al vapor el nombre de Dimbula. Era una hermosa tarde de septiembre y el barco, tan reciente, pintado de color plomizo con la chimenea roja, parecía realmente hermoso. Ondeaba su bandera de armador y contestaba de vez en cuando con el silbato a los saludos de barcos amigables que sabían que era nuevo en los mares altos y estrechos y deseaban darle la bienvenida.

-Ahora es ya un barco verdadero, ¿no es cierto? -preguntó complacida al patrón la señorita Frazier-. Parece que fue ayer cuando mi padre lo encargó, y ahora... ahora... ¡es tan bello!
La joven estaba orgullosa de la empresa y hablaba como si fuera el socio director.
-No es malo, no -respondió precavidamente el patrón-. Pero lo que yo digo es que, para que un barco se haga, hace falta algo más que bautizarlo. Según la naturaleza de las cosas, si me sigue, señorita Frazier, sólo son hierros, remaches y planchas puestos en forma de barco. Todavía tiene que encontrarse a sí mismo.
-Pensaba que mi padre había dicho que estaba excepcionalmente bien construido.
-Y lo está -intervino el patrón riendo-. Pero eso se refiere a la manera en que lo montamos, señorita Frazier. Todo está aquí, pero sus partes no han aprendido a trabajar juntas. No han tenido esa posibilidad.
-Las máquinas funcionan maravillosamente. Las puedo oír.
-Ciertamente, así es. Pero un barco tiene algo más que máquinas. Tiene que entender que cada centímetro de él ha de ser estimulado a trabajar con su vecino... podríamos decir que a congeniar técnicamente.
-Y cómo conseguirá eso? -preguntó la joven.
-Lo único que podemos hacer es impulsarlo y dirigirlo; ¡pero si en este viaje tenemos mal tiempo, como es probable que suceda, aprenderá el resto por sí solo! Pues observará, señorita Frazier, que un barco no es en absoluto un cuerpo rígido cerrado por ambos extremos. Es una estructura muy compleja de varias tensiones en conflicto, con tejidos que deben dar y recibir de acuerdo con sus módulos de elasticidad personales -en ese momento se acercaba a ellos el señor Buchanan, el primer maquinista-. Le estaba diciendo ahora mismo a la señorita Frazier que nuestro pequeño Dimbula todavía tiene que suavizarse, y que eso sólo lo logrará con una tempestad. ¿Cómo van tus motores, Buck?
-Bastante bien, todo a su nivel, desde luego; pero aún no existe espontaneidad -en ese momento se dirigió a la joven-. Acepte ahora mis palabras, señorita Frazier, pues probablemente las comprenderá más tarde; el hecho de que una guapa joven bautice un barco no significa que exista realmente un barco debajo de los pies de los hombres que en él trabajan.
-Eso mismo le estaba diciendo yo, señor Buchanan -interrumpió el patrón.
-Eso es más metafisico de lo que yo puedo entender -replicó la señorita Frazier echándose a reír.
-¿Y por qué? Es usted una buena escocesa, yo conocía al padre de su madre, que era de Dumfries, y tiene usted derecho de nacimiento a la metafisica, señorita Frazier, tanto como al Dimbula -dijo el maquinista.
-Bueno, tenemos que meternos en aguas profundas para ganarle los dividendos a la señorita Frazier. ¿Querrá venir a mi camarote para el té? -preguntó el patrón-. Estaremos en el muelle para la noche, y cuando regrese usted a Glasgie podrá pensar en nosotros cargando el barco y conduciéndolo lejos... todo en su beneficio.

En los siguientes días estibaron unas dos mil toneladas de carga fija en el Dimbula y partieron de Liverpool. En cuanto encontró la elevación del mar abierto, como era natural el barco empezó a hablar. Si la próxima vez que esté usted en un vapor pega el oído al costado del camarote, escuchará cientos de vocecitas procedentes de todas las direcciones, que se estremecen, zumban, susurran, chasquean, gorgotean y sollozan exactamente igual que un teléfono en una tormenta con aparato eléctrico. Los barcos de madera chillan y gruñen, pero los de hierro palpitan y se estremecen a lo largo de sus cientos de cuadernas y miles de remaches. El Dimbula estaba fuertemente construido, y cada una de sus piezas tenía una letra o número, o ambas cosas, para describirla; y cada una había sido colocada a martillazos, o forjándola, o había sido taladrada o enroscada por el hombre, y había vivido durante meses en el estruendo y el fragor del astillero. Por ello cada una de las piezas tenía su voz distinta en proporción exacta con los esfuerzos que había costado. Como norma general el hierro colado dice muy poco; en cambio las planchas de acero suave y las vigas y cuadernas de hierro forjado que han sido sometidas a muchas flexiones, soldaduras y remaches hablan continuamente. Evidentemente su conversación no es la mitad de sabia que la humana, pues aunque las piezas no lo sepan todas están unidas la una con la otra en una negra oscuridad, donde no pueden saber lo que está sucediendo cerca de ellas ni lo que pasará en el momento siguiente.

En cuanto se alejó de la costa irlandesa una ola atlántica hosca y de cresta gris se subió pausadamente sobre su proa recta y se aposentó sobre el cabrestante de vapor que se utilizaba para izar el ancla. El cabrestante y el motor que lo movía acababan de ser pintados de rojo y de verde, y además, a nadie le gusta que le den un chapuzón.

-No vuelva a hacer eso -barbotó el cabrestante a través de sus dientes de ruedas.
La ola se había caído hacia un lado con un gorgoteo y una risa ahogada.
-Pero hay muchas más allí de donde yo vengo -dijo una ola hermana cayendo sobre el cabrestante, el cual estaba firmemente atornillado sobre una plancha de hierro situada en el bao de cubierta inferior.
-¿Es que no os podéis estar quietos allá arriba? -preguntaron las vigas del bao de cubierta-. ¿Pero qué es lo que os pasa? ¡Un momento pesáis el doble de lo que deberíais, y al momento siguiente ya no!
-No es culpa mía -contestó el cabrestante-. Ahí fuera hay un animal de color verde que viene y me golpea en la cabeza.
-Eso se lo cuentas a los carpinteros de ribera. Llevabas en tu puesto varios meses sin que nunca te hubieras meneado así. Si no eres cuidadoso nos deformarás.
-Hablando de deformar -intervino una voz baja, ronca y desagradable-. ¿Os dais cuenta alguno de vosotros, me refiero a las vigas del bao, de que vuestras feísimas rodillas da la casualidad de que están remachadas en nuestra estructura... la nuestra?
-¿Y quién eres tú? -preguntaron las vigas del bao.
-Oh, nadie en particular -respondió-. Sólo somos las traviesas de babor y estribor de la cubierta superior; y si persistís en izaros y levantaros de ese modo, sintiéndolo mucho nos veremos obligadas a tomar medidas.

Las traviesas del barco son unas vigas de hierro alargadas, por así decirlo, que corren longitudinalmente de popa a proa. Mantienen en su sitio las estructuras de hierro (lo que llamamos las cuadernas de un barco de madera, y ayudan también a sujetar los extremos de las vigas del bao, que van de un lado a otro del barco. Las traviesas, por ser tan alargadas, se creen siempre las más importantes).

-Así que vais a tomar medidas, ¿no es así? -preguntó un rumor que produjo un largo eco. Procedía de las estructuras, de las que había docenas y docenas cada una separada por unos doscientos cincuenta metros de la siguiente, y remachada en las traviesas por cuatro sitios-. Pues nos parece que en ese caso vas a tener algunos problemas.
En ese momento miles y miles de remaches que lo mantenían todo unido susurraron:
-Los tendréis. ¡Los tendréis! Dejad de temblar y quedaos quietas. ¡Sujetad, hermanos! ¡Sujetad! ¡Ponches! ¿Qué es eso?

Como los remaches no tenían dientes, no podían castañetear de miedo; pero se esforzaron para producir una agitada sacudida que recorrió el barco de popa a proa moviéndolo como si fuera una rata en la boca de un terrier. Un cabeceo inusualmente fuerte, pues el mar estaba creciendo, había levantado la enorme y palpitante hélice casi hasta la superficie y ahora giraba en una especie de agua de soda, mitad agua y mitad aire, a mucha mayor rapidez de lo que era adecuado porque no tenía agua profunda en la que trabajar. Cuando volvió a hundirse, los motores -que eran de triple expansión, con tres cilindros en fila, resoplaron a través de sus tres pistones.

-Eh, el de ahí fuera, ¿ha sido eso una broma? Pues es inusualmente mala. ¿Cómo vamos a realizar nuestro trabajo si sueltas el mango de esa manera?
-No lo solté -respondió la hélice dando vueltas en seco al final del eje-. Si lo hubiera hecho, ahora seríais chatarra. El mar desapareció debajo de mí y no tenía nada adonde agarrarme. Eso es todo.
-¿Que eso es todo, dices? -preguntó la chumacera de empuje, que es la que se encarga de impulsar la hélice; pues si una hélice no tuviera nada que la sujetara por detrás acabaría metiéndose en la sala de máquinas. (Esa sujeción por detrás de la acción de la hélice es la que da el impulso a un barco)-. Sé que hago mi trabajo aquí abajo, sin que nadie me vea, pero te advierto que espero justicia. Lo único que pido es simple justicia. ¿No podrías impulsarte hacia adelante de manera uniforme, en lugar de zumbar como un tiovivo produciendo calor debajo de mis cilindros?

La chumacera de empuje tenía seis cilindros, todos ellos revestidos de metal, y no le gustaba que se calentaran. En ese momento, todos los cojinetes que servían de apoyo a los quince metros del eje de la hélice cuando ésta se metía en la popa susurraron:

-Justicia: danos justicia.
-Sólo puedo daros lo que yo consigo -respondió la hélice-. ¡Cuidado! ¡Vuelve otra vez!
Se elevó con un estruendo mientras el Dimbula se sumergía y los motores seguían adelante furiosamente con un «chaf.. paf... chaf.. chaf, pues encontraban poca resistencia.
-Soy el más noble resultado del ingenio humano; así lo dice el señor Buchanan -gritó el cilindro de alta presión-. ¡Esto resulta verdaderamente ridículo! -si¬guió gritando salvajemente el pistón, ahogándose, pues la mitad del vapor que tenía detrás se había mezclado con agua sucia-. ¡Ayuda! ¡Aceitador! ¡Ajustador! ¡Fogonero! Me ahogo -añadió jadeando-. Jamás en la historia de la invención marítima le ha sucedido tal calamidad a alguien tan joven y fuerte. Y si yo me mue¬ro, ¿quién impulsará el barco?
-¡Chis, chis! -susurró el vapor, quien desde luego ya había estado en el mar muchas veces antes. Solía pasar sus horas de ocio en tierra en una nube, un arroyo, un macetero o una tormenta eléctrica, o en cualquier otro lugar en el que se necesitara agua-. Sólo es un poco de preparación, un poco de resistencia tal como lo llaman. Estará así toda la noche. No digo que sea agradable, pero es lo mejor que podemos hacer dadas las circunstancias.
-¿Y qué importancia pueden tener las circunstancias? Yo estoy aquí para hacer mi trabajo con un vapor limpio y seco. ¡Que el viento se lleve las circunstancias! -rugió el cilindro.
-Las circunstancias asistirán al viento. He trabaja¬do en el Atlántico Norte muchas veces y va a ponerse feo antes de la mañana.
-Pues no es que ahora haya una calma penosa -intervinieron las estructuras extrafuertes (recibían el nombre de bulárcamas) de la sala de motores-. Hay un impulso ascendente que no entendemos, y un torcimiento que es muy malo para nuestras fijaciones y chapas romboidales, y después del torcimiento viene una especie de tirón oeste-norte oeste que nos molesta seriamente. Mencionamos esto porque resulta que hemos costado muchísimo dinero, y estamos convencidos de que al propietario no le gustará que seamos tratados de esta manera tan frívola.
-Me temo que por el momento el asunto está fuera de las manos del propietario -intervino el vapor deslizándose en el condensador-. Estáis en vuestras propias manos hasta que mejore el tiempo.
-A mí el tiempo no me importa-dijo desde abajo una voz baja y plana-. Lo que me está rompiendo el corazón es esta maldita carga. Soy la traca de aparadura, y debo saber algo puesto que mi tamaño dobla el de casi todas las otras.

La traca de aparadura es la plancha más baja del fondo del barco, y la del Dimbula era de acero suave y media casi veinte milímetros.

-El mar me empuja hacia arriba de una manera que nunca habría esperado -gruñó la traca-, pero la carga me empuja hacia abajo, y entre los dos no sé lo que se supone debo hacer.
-En caso de duda, resiste -rugió el vapor dirigiéndose a las calderas.
-Sí, pero aquí abajo sólo hay oscuridad, frío y apresuramiento; ¿cómo voy a saber si las otras planchas están cumpliendo su deber? He oído decir que las chapas de amurada no tienen más que ocho milímetros de espesor... yo diría que resulta escandaloso.
-Estoy de acuerdo contigo -dijo una enorme bulárcama de la escotilla de carga principal. Era más alta y gruesa que las demás, y se curvaba en la mitad del barco en forma de medio arco sujetando la cubierta donde había estado el bao cuando la carga subía y bajaba-. Trabajo sin el menor apoyo, y observo que soy la única fuerza de este barco hasta donde me alcanza la vista. Te aseguro que la responsabilidad es enorme. Creo que el valor de la carga en dinero supera las ciento cincuenta mil libras. ¡Piensa en ello!
-Y cada una de las libras depende de mi esfuerzo personal -intervino una válvula de toma de aguas marina que comunicaba directamente con el agua exterior y estaba asentada no muy lejos de la traca de aparadura-. Me regocijo al pensar que soy una válvula Prince-Hyde, con las mejores cubiertas de caucho Pará. Me protegen cinco patentes, esto lo menciono sin orgullo, cinco patentes diferentes, cada una mejor que la otra. De momento estoy atornillada. Si me abriera, os hundiríais inmediatamente. ¡Esto es incontrovertible!

Los objetos patentados utilizan siempre las palabras más largas que pueden. Es un truco que han aprendido de sus inventores.

-Eso sí que es nuevo -exclamó una gruesa bomba de sentina centrífuga-. Pues yo tenía la idea de que te empleaban para limpiar la cubierta y cosas así. Al menos yo te he utilizado para eso más de una vez. He olvidado el número exacto de litros, varios miles, que se me permite arrojar por hora; pero os aseguro, mis quejosos amigos, que no existe el menor peligro. Yo sola soy capaz de eliminar toda cantidad de agua que pueda llegar hasta aquí. ¡Por las Máximas Entregas, la arrojaremos!

El mar se estaba poniendo a punto. Soplaba un fuerte viento del oeste bajo jirones de cielo verde estrechados por todas partes por gruesas nubes grises; y el viento mordía como pinzas, desgastando la espuma y convirtiéndola en encaje en los costados de las olas.

-Te digo que es eso -telefoneaba el trinquete a sus refuerzos metálicos-. Estoy aquí arriba y puedo tener una visión desapasionada de las cosas. Se trata de una conspiración organizada contra nosotros. Estoy seguro de ello porque todas y cada una de estas olas se dirigen hacia nuestra proa. El mar entero está comprometido en ello, lo mismo que el viento. ¡Es horrible!
-¿Qué es lo que es horrible? -preguntó una ola ahogando al cabrestante por centésima vez.
-Esta conspiración que habéis organizado -con¬testó ahogándose el cabrestante y poniéndose de parte del mástil.
-¡Burbujas y rocío marino organizados! Ha habido una depresión en el Golfo de México. ¡Excusadme!
Saltó por encima de la borda, pero sus amigas se fueron pasando la historia unas a otras.
-Que ha avanzado... -dijo una ola que elevó sus aguas verdes por encima de la chimenea.
-Hasta el Cabo de Hatteras... -añadió anegando el puente.
-Y ahora va al mar... al mar... al mar -la tercera se convirtió en tres oleadas que hicieron un barrido limpio de un barco, el cual se puso boca abajo y se hundió en la oscuridad de cabo a rabo mientras las cascadas que se formaron azotaban los pescantes.
-Esto es todo lo que hay -dijo el agua blanca, como hirviendo, rugiendo a través de los imbornales-. En nuestros actos no hay intención alguna. Tan sólo somos corolarios meteorológicos.
-¿Y va a ponerse peor? -preguntó el ancla de proa encadenada a la cubierta, donde sólo podía respirar una vez cada cinco minutos.
-No lo sabemos, es imposible decirlo. El viento puede soplar un poco a medianoche. Pero muy agradecida. Adiós.
La ola que hablaba con tanta cortesía recorrió alguna distancia y se encontró revuelta en el centro de cubierta, una especie de depresión entre las altas amuras. Una de las planchas de amura, que oscilaba sobre goznes para abrirse hacia el exterior, se había abierto y con un chasqueo limpio devolvía al mar el agua que había entrado.
-Es evidente que me han hecho para esto -dijo la plancha volviendo a cerrarse con un chasquido de orgullo-. ¡Oh no, por favor no lo hagas, amiga mía!
La cresta de una ola intentaba penetrar desde el exterior, pero como la plancha no podía abrirse en esa dirección, el agua, derrotada, retrocedió.
-No está mal para tener un grosor de ocho milímetros -comentó la plancha de amura-. Veo que mi trabajo está pensado para la noche -añadió y empezó a abrirse y cerrarse con el movimiento del barco, tal como tenía que hacer.
-No podrás decir que estamos ociosas -gruñeron todas las estructuras juntas cuando el Dimbula se subió sobre una ola grande, quedó de costado sobre la cresta y se lanzó sobre la depresión siguiente, girando en el descenso. El agua creció enormemente bajo su área media, por lo que proa y popa quedaron libres sin nada que les apoyara. Entonces, una ola juguetona le empujó por la proa, y otra por la popa, mientras el resto del agua se apartaba de debajo sólo para ver cómo actuaba; de modo que quedó sostenida sólo por los dos extremos, y el peso de la carga y la maquinaria recayó sobre las vagras de pantoque.
-¡Aflojad! ¡Aflojad los que estáis ahí! -rugió la traca de aparadura-. Quiero tres milímetros de juego limpio. ¿Me oís, remaches?
-¡Aflojad! ¡Aflojad! -gritaron las vagras de panto¬que-. ¡No nos empujéis con tanta fuerza contra las estructuras!
-¡Aflojad! -gruñeron las tablas del bao de cubierta cuando el Dimbula empezó a girar de manera temible-. Nos aplastáis las rodillas contra las vagras, y no podemos movernos. Aflojad, estorbos de cabeza plana.
En ese momento dos mares convergentes chocaron contra la proa, uno por cada lado, dividiéndose en torrentes estruendosos.
-¡Aflojad! -rugió el mamparo de colisión delantero-. Quiero recogerme, pero me encuentro atrapado en todas las direcciones. Aflojad, sucias virutas de forja. ¡Dejadme respirar!

Los cientos de planchas que están sujetos con remaches a las estructuras, y forman la piel exterior de un vapor, repitieron como un eco la llamada, pues cada plancha quería moverse y deslizarse un poco, y cada plancha, de acuerdo con su posición, se quejaba contra los remaches.

-¡No podemos evitarlo! ¡No podemos! -murmura¬ron los remaches a modo de respuesta-. Estamos aquí para manteneros fijas, y vamos a hacerlo; nunca tiráis de nosotros dos veces en la misma dirección. Si nos dijerais qué es lo que ibais a hacer en el momento siguiente, trataríamos de adaptarnos a vuestras ideas.
-Por lo que yo puedo sentir, cada hierro que está cerca de mí empuja o tira en direcciones opuestas -dijo la plancha de la cubierta superior, y eso que tenía un espesor de cien milímetros-. ¿Qué sentido tiene eso? Amigos míos, tiremos todos juntos.
-Tira en la dirección que más te guste, con tal de que no trates de experimentar sobre mí-rugió la chimenea-. Para mantenerme fija necesito siete cuerdas metálicas tirando de mí en direcciones distintas. ¿No es así?
-¡Te creemos, joven! -silbaron los refuerzos de la chimenea por entre sus dientes apretados, vibrando por causa del viento desde la parte superior de la chimenea hasta la cubierta.
-¡Absurdo! Debemos tirar todos juntos -repitieron las cubiertas-. Tirar todos juntos a lo largo.
-Muy bien, entonces deja de tirar hacia los lados cada vez que te entra agua -dijeron los trancaniles-. Contentaos con ir graciosamente hacia delante y atrás y curvaos en los extremos como hacemos nosotros.
-¡No, sin curvas en los extremos! Una curva muy ligera y bien hecha de un lado al otro, con un buen agarre en cada rodilla, y pequeñas piezas soldadas encima-dijeron las vigas de cubierta.
-¡Qué disparate! -gritaron las columnas de hierro de la bodega profunda y oscura-. ¿Quién ha oído hablar nunca de curvas? Hay que estar bien rectos; ser una columna absolutamente redonda y soportar toneladas de peso sólido... ¡así! ¡Atención allí! -exclamaron cuando la mar gruesa chocó con la cubierta superior y las columnas se pusieron rígidas por la carga.
-Estar rígido de arriba abajo no está mal -intervinieron las estructuras que iban en esa dirección a los lados del barco-, pero también hay que expandirse hacia los lados. La expansión es la ley de la vida, hijos. ¡Abiertos hacia fuera! ¡Abiertos hacia fuera!
-¡Regresad! -dijeron con un grito salvaje las vigas de cubierta cuando el impulso ascendente del mar trataba de abrir las estructuras-. ¡Regresad a vuestros cojinetes, hierros de mandíbulas flojas!
-¡Rigidez! ¡Rigidez! ¡Rigidez! -aporreaban los motores-. ¡Una rigidez absoluta e invariable! ¡Rigidez!
-¡Ya veis! -gimieron a coro los remaches-. No hay dos de vosotros que hayan tirado nunca así, y.. y nos culpáis de todo a nosotros. Lo único que sabemos es cómo traspasar una plancha y agarrar por ambos lados para que no pueda moverse, no deba moverse y no se mueva.
-En todo caso sólo tengo de huelgo una fracción de pulgada -dijo triunfante la traca de aparadura. Así que tenía huelgo, y todo el fondo del buque se sintió más tranquilo por ello.
-Pues nosotros no servimos -sollozaron los remaches del fondo-. Se nos había ordenado... ordenado, que no cediéramos nunca; ¡y estamos cediendo, así que el mar entrará y nos iremos todos juntos al fondo! Primero se nos culpaba de todo lo desagradable, y ahora no tenemos el consuelo de haber hecho nuestro trabajo.
-No digáis que no os lo dije-susurró consoladoramente el vapor-. Pero, entre vosotros y yo y la última nube de la que procedo, tenía que suceder más pronto o más tarde. Teníais que ceder una fracción, y la habéis cedido sin saberlo. Ahora, a sujetar como antes.
-¿Y de qué va a servir? -preguntaron varios cientos de remaches-. Hemos cedido... hemos cedido; y cuanto antes confesemos que no podemos mantener unido el barco, y nos salgamos de nuestras pequeñas cabezas, más sencillo será todo. No hay remache forjado que pueda soportar esta tensión.
-Un remache solo no está pensado para eso. Compartidlo entre todos -respondió el vapor.
-Los otros pueden quedarse con mi parte. Yo voy a salirme -dijo un remache situado en una de las planchas delanteras.
-Si lo haces, los otros te seguirán -silbó el vapor-. En un barco no hay nada tan contagioso como el que los remaches empiecen a salirse. Conocí a un chavalillo como tú -aunque tenía un grosor de tres milímetros- que estaba en un vapor -me acuerdo con certeza de que era sólo de novecientas toneladas, ahora que pienso en ello- situado exactamente en el mismo lugar que tú. Se salió en medio de una burbuja marina, ni la mitad de mala que ésta, y entonces empezaron a hacer lo mismo todos sus amigos de la misma cubrejunta, con lo que las planchas se abrieron como la puerta de un horno y yo tuve que ascender al banco de niebla más cercano mientras el barco se sumergía.
-Eso sí que resulta especialmente desagradable -dijo el remache-. ¿Más grueso que yo y en un vapor de la mitad de nuestro tonelaje? ¡Valiente clavija delgaducha! Siento vergüenza por la familia, señor -añadió asentándose con mayor firmeza que nunca en su lugar, mientras el vapor sofocaba una risa.
-Ya ves -siguió diciendo con gravedad-, un ribete, y sobre todo uno que esté en tu posición, realmente es la única parte indispensable del barco.

El vapor no añadió que le había susurrado lo mismo a cada una de las piezas metálicas que había a bordo. No tenía sentido decir excesivamente la verdad. Todo ese rato el vendaval llegó a su peor estado, por lo que el pequeño Dimbula amuraba y viraba, se mecía, se lanzaba mortalmente y se abandonaba como si fuera a morir, para luego levantarse como si le hubieran picado y empezar a dar vueltas y vueltas por el morro en círculos media docena de veces mientras se sumergía. A pesar de la espuma blanca de las olas estaba negro como el carbón, y para colmo la lluvia comenzó a caer fuertemente hasta el punto de que no era posible ver la mano que tenías delante del rostro. Eso no importaba mucho para las piezas metálicas de abajo, pero inquietaba muchísimo al trinquete.

-Ahora todo ha terminado -dijo éste con tristeza-. La conspiración es demasiado fuerte para nosotros. No nos queda más que...
-¡Hurra!¡Brrrraah!¡Brrrrrrp!-rugió el vapor a través de la sirena hasta que las cubiertas se estremecieron-. No os asustéis los de ahí abajo. Sólo soy yo que estoy lanzando unas cuantas palabras por si acaso algún otro barco va rodando por ahí esta noche.
-No querrás decir que puede haber alguien además de nosotros en el mar con este tiempo -dijo la chimenea con un gangueo seco.
-Docenas de ellos -contestó el vapor aclarándose la garganta-. ¡Rrrrrraaa! ¡Brraaaaa! ¡Prrrrp! Hace un poco de viento aquí arriba; ¡y por las grandes calderas, cómo llueve!
-Nos estamos ahogando -dijeron los imbornales. No habían estado haciendo otra cosa en toda la noche, pero esa fuerte cortina de lluvia sobre ellos parecía ser el fin del mundo.
-No pasa nada. Será mas fácil dentro de una o dos horas. Primero llega el viento y luego la lluvia: ¡Pronto podréis haceros a la vela de nuevo! ¡Grrraaaaah!¡Drrrraaaa! ¡Drrrp!Me parece que el mar ya se está calmando. Si lo hace aprenderéis algo sobre el balanceo. Hasta ahora sólo hemos cabeceado. A propósito, vosotros, los de la bodega, ¿no os encontráis ahora un poco más cómodos?

Había tantos gemidos y tensiones como siempre, pero ahora el tono no era tan fuerte o chirriante; y cuando el barco se estremecía no se sacudía con rigidez, como un atizador al golpear en el suelo, sino que cedía con un balanceo pequeño y flexible como un palo de golf perfectamente equilibrado.

-Hemos hecho un descubrimiento de lo más sorprendente -se decían las vagras unas a otras-. Un des¬cubrimiento que cambia totalmente la situación. Hemos descubierto, por primera vez en la historia de la construcción de buques, que el tirón interior de las vigas de cubierta y el empuje exterior de las estructuras nos encierra, por así decirlo, mucho mejor en nuestros lugares, y nos permite soportar una tensión que carece de paralelo en los registros de la arquitectura marina. Rápidamente el vapor convirtió una risotada en un estruendo a través de la sirena:

-Qué intelecto tan desarrollado tenéis las vagras -dijo suavemente cuando la sirena dejó de sonar.
-También nosotros somos descubridores y genios -intervinieron las vigas de cubierta-. Somos de la opinión de que el apoyo de los pilares de la bodega nos ayuda realmente. Vemos que nos ajustamos sobre ellos cuando el peso del mar arriba resulta especialmente fuerte y singular.
En ese momento el Dámbula se lanzó sobre una depresión que había casi a su costado enderezándose abajo del todo con un tirón y un espasmo.
-¿Y te das cuenta, vapor, de que en estos casos las planchas de proa, y sobre todo las de popa, aunque también mencionaríamos el suelo que tenemos debajo, nos ayudan a resistir cualquier tendencia a combarnos? -dijeron las estructuras con esa voz solemne y respetuosa que utiliza la gente que acaba de encontrar por primera vez algo absolutamente nuevo.
-Sólo soy un pobre y pequeño oscilador hinchando -contestó el vapor-, pero en mi negocio tengo que resistir muchísima presión. Todo esto es de lo más interesante. Decidnos algo más, vosotros sois tan fuertes.
-Obsérvanos y verás -dijeron las planchas de proa orgullosamente-. ¡Preparados ahí atrás! ¡Aquí vienen el padre y la madre de todas las olas! ¡Sujetaos todos los remaches!
Atronó una imponente ola encrestada, pero entre la refriega y la confusión, el vapor pudo escuchar los gritos bajos y rápidos de los metales cuando les atacaban las diversas tensiones, gritos como éstos:
-¡Aflojad ahora, aflojad! ¡Ahora empujad con toda la fuerza! ¡Resistid! ¡Ceded una fracción! ¡Empujad hacia arriba! ¡Tirad hacia adentro! ¡Impulso a través! ¡Prestad atención a la tensión de los extremos! ¡Sujetad ahora! ¡Tensad! ¡Que salga el agua de abajo... ahí va!
La ola se perdió en la oscuridad gritando:
-¡No está mal para ser vuestro primer viaje!

El barco, zambullido y empapado, palpitaba con el latido de las máquinas de su interior. Los tres cilindros estaban blancos por la espuma salada que había caído por la escotilla de la sala de máquinas: había una capa blanca sobre las tuberías de vapor envueltas en lienzo, e incluso estaban manchadas las piezas de latón de la zona más inferior; pero los cilindros habían aprendido a obtener el máximo partido de un vapor que era agua a medias, lo que les permitía seguir golpeando alegremente.

-¿Cómo le va al más noble resultado del ingenio humano? -preguntó el vapor mientras giraba a través de la sala de máquinas.
-Nada es gratis en este mundo de aflicción -con¬testaron los cilindros como si llevaran trabajando varios siglos-. Aunque es muy poco para una culata de setenta y cinco libras. ¡En la última hora y cuarto hemos hecho dos nudos! Bastante humillante para ochocientos caballos de potencia, ¿no te parece?
-Bueno, en cualquier caso es mejor que ir a la deriva. Parecéis menos... ¿cómo lo diría?... Menos rígidos ahí atrás de lo que estabais.
-Si te hubieran martilleado como a nosotros esta noche, tampoco estarías muy ríg-ríg-rígido. Teóri-teóri-camente, desde luego, lo importante es la rigidez. Pero prácti-prácticamente tiene que haber un poco de ceder y recibir. Hemos descubierto eso trabajando sobre nuestros costados durante cinco minutos se-seguidos. ¿Cómo está el tiempo?
-El mar se calma rápidamente -contestó el vapor. -Buen asunto -dijo el cilindro de alta presión-. A vapulearla, chicos. Nos dan cinco libras más de vapor. -Y empezó a tararear los primeros compases de «Said the young Obadiah to the old Obadiah), que ya os habréis dado cuenta de que se trata de una de las melodías favoritas de los motores que no han sido construidos para la máxima velocidad. Los vapores de carreras con tripulación doble cantan «The Turkish Patrol» y la obertura de «Bronze Horse» y «Madame Angot» hasta que algo va mal, y entonces entonan la «Marcha funeral de Marionette» de Gounod, pero con algunas variaciones.
-Un buen día aprenderéis a cantar una canción propia -dijo el vapor mientras ascendía por la sirena en un último bramido.

Al siguiente día se aclaró el cielo y el mar mejoró un poco, de modo que el Dimbula empezó a mecerse de un lado a otro hasta que todos y cada uno de los centímetros de metal que llevaba se sintieron enfermos y mareados. Pero por suerte no se marearon todos al mismo tiempo: de haber sido así se habría abierto como una caja de papel mojado. El vapor silbó diversas advertencias mientras seguía con sus asuntos: en este mecimiento rápido y breve que sigue a la mar gruesa es cuando se producen la mayoría de los accidentes, pues entonces todo el mundo piensa que lo peor ha pasado y baja la guardia. Así que charló y conversó hasta que las vigas, las estructuras, los suelos y las vagras y todas las cosas habían aprendido a abrirse y cerrarse unos sobre otros, para soportar así aquel tipo nuevo de tensión. Tuvieron mucho tiempo para practicar, pues estuvieron dieciséis días en el mar, y el tiempo fue malo hasta cien millas antes de Nueva York. El Dimbula recogió al práctico y entró en el puerto cubierto de sal y óxido rojizo. Su chimenea era de un color gris sucio de arriba abajo; se habían perdido dos botes; tres ventila¬dores de cobre parecían sombreros después de un enfrentamiento con la policía; el puente tenía un hoyuelo en su mitad; la cabina que cubría el mecanismo de gobierno de vapor parecía haber sido partida con hachas; había una lista de reparaciones pequeñas de la sala de máquinas que era casi tan larga como el eje de la hélice; cuando quitaron el enrejado de hierro que la cubría, la escotilla de carga delantera se deshizo en astillas del tamaño de duelas; el cabrestante de vapor parecía arrancado de cuajo. En resumen, tal como dijo el patrón, consiguió «una buena media general».

-Pero ha perdido la rigidez -le dijo al señor Bucha¬nan-. Pese a toda la carga fija, navegó como un yate. ¿Recuerda ese último golpe de viento en los Banks? Estoy orgulloso del barco, Buck.
-Es muy bueno -añadió el jefe de máquinas contemplando las deshechas cubiertas-. Un hombre que juzgara las cosas superficialmente diría que somos una ruina, pero nosotros sabemos que no es así... por experiencia.

Como es natural, todo en el Dimbula parecía bastante estirado por el orgullo, y el trinquete y el mamparo de colisión delantero, que son seres de empuje, rogaban al vapor que advirtiera de su llegada al puerto de Nueva York:

-Díselo a esos grandes barcos que nos rodean. Parecen considerarnos como algo normal.
Era una mañana tranquila, clara y gloriosa, y en fila de a uno, con menos de un kilómetro de distancia en los intervalos, tocaban las bandas y los remolcadores gritaban y se ondeaban pañuelos mientras el Majestic, el París, el Touraine, el Servia, el Kaiser Wilhelm Hy el Werkendam salían todos majestuosamente al mar. Cuando el Dimbula viró el timón para dejar paso a los grandes barcos, el vapor (que sabe demasiado como para que no le importe hacer una exhibición de vez en cuando) gritó:

-¡Oíd! ¡Oíd! ¡Oíd! ¡Príncipes, duques y barones de los mares abiertos! ¡Sabed que somos el Dimbula, tras quince días y nueve horas desde Liverpool, que hemos cruzado el Atlántico con tres mil toneladas de carga por primera vez en nuestra vida! No hemos zozobrado. Estamos aquí. ¡Eer!¡Eer! No hemos sido desaparejados. ¡Y hemos tenido un tiempo que carece de igual en los anales de la construcción de barcos! ¡Nuestras cubiertas fueron barridas! ¡Amorramos y cabeceamos! ¡Creímos que íbamos a morir! ¡Ja, ja! Pero no fue así. Deseamos dar a conocer que hemos llegado a Nueva York a través del Atlántico con el peor tiempo del mundo. ¡Y somos el Dimbula! ¡Somos... ja, ja, ja...!

La hermosa línea de barcos siguió adelante tan majestuosamente como la procesión de las estaciones. El Dimbula oyó que el Majestic decía «¡HmpM>, el Paris gruñía «¡How!», y el Touraine decía «¡Oui!» con un poco de la vacilación coqueta de un vapor; y el Servia decía «iHaw!», y el Kaiser y el Werkendam añadían «¡Hoch!» a la manera holandesa, y eso fue todo.

-Hice todo lo posible, pero creo que no han que¬dado muy impresionados con nosotros -explicó con gravedad el vapor-. ¿No os parece?
-Es verdaderamente desagradable -intervinieron las planchas de proa-. Podían haber visto lo que hemos hecho. No hay un solo barco en el mar que haya sufrido como nosotros, ¿no te parece?
-Bueno, yo no llegaría a decir tanto -respondió el vapor-, pues he trabajado en alguno de esos barcos y les he hecho avanzar con un tiempo tan malo como el que tuvimos esta quincena durante seis días; y creo que algunos de ellos apenas sobrepasan las diez mil toneladas. Por ejemplo he visto al Majestic sumergido desde la proa hasta la chimenea; y he ayudado al Arizo¬na, creo que era ése, para alejarse hacia atrás de un iceberg con el que se encontró una noche oscura; y un día tuve que escapar de la sala de máquinas del Paris porque allí dentro había treinta pies de agua. Evidentemente, no niego...

El vapor se calló de repente cuando un remolcador que llevaba un club político y una banda de música, que había acudido para despedir a un senador de Nue va York que se iba a Europa, cruzó la proa dirigiéndose a Hoboken. Se produjo un largo silencio que llegó, sin pausa alguna, desde la punta del barco hasta las hojas de la hélice del Dimbula. Después una voz nueva y potente dijo lentamente, como si el propietario acabara de despertar:

-Estoy convencido de que he sido un estúpido.

El vapor se dio cuenta enseguida de lo que había su¬cedido; pues cuando un barco se encuentra a sí mismo toda la conversación de las distintas piezas cesa para convertirse todo en una sola voz, que es el alma del barco.

-¿Quién eres? -preguntó riendo.
-Soy el Dimbula, desde luego. Nunca he sido otra cosa más que eso... ¡salvo un estúpido!

El remolcador, que había dado lo mejor de sí mismo para evitar la colisión, se apartó justo a tiempo mientras su banda tocaba con vehemencia, pero poca armonía, una melodía popular pero poco refinada:

En los tiempos del viejo Ramsés: ¿estás de acuerdo?
En los tiempos del viejo Ramsés: ¿estás de acuerdo?
En los tiempos del viejo Ramsés,
esa historia tenía paresia,
¿estás de acuerdo, estás de acuerdo, estás de acuerdo?

-Bien; me alegro de que te hayas encontrado a ti mismo -dijo el vapor-. La verdad es que estaba un poco cansado de tener que hablar con todas esas cuadernas y vagras. Ahora viene la cuarentena. Después iremos a nuestro muelle a limpiar un poco y.. el próximo mes volveremos a hacerlo.

La ninfa, un cuento parisiense. Rubén Darío (1867-1916)

En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar como niña golosa un terrón de azúcar húmedo, blanco entre las yemas sonrosadas. Era la hora del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una disolución de piedras preciosas, y la luz de los candelabros se descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro hirviente del champaña, de las líquidas esmeraldas de la menta.

Se hablaba con el entusiasmo de artista de buena pasta, tras una buena comida. Éramos todos artistas, quién más, quién menos, y aun había un sabio obeso que ostentaba en la albura de una pechera inmaculada el gran nudo de una corbata monstruosa.

Alguien dijo: -¡Ah, sí, Fremiet! -Y de Fremiet se pasó a sus animales, a su cincel maestro, a dos perros de bronce que, cerca de nosotros, uno buscaba la pista de la pieza, otro, como mirando al cazador, alzaba el pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló de Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte: Pastor, lleva a pastar más lejos tu boyada no sea que creyendo que respira la vaca de Mirón, la quieras llevar contigo.

Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada argentina:

-¡Bah! Para mí, los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si esto fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os advierto que más que a los sátiros adoro a los centauros; y que me dejaría robar por uno de esos monstruos robustos, sólo por oír las quejas del engañado, que tocaría su flauta lleno de tristeza.

El sabio interrumpió:

-¡Bien! Los sátiros y los faunos, los hipocentauros y las sirenas han existido, como las salamandras y el ave Fénix.

Todos reíamos; pero entre el coro de carcajadas, se oía irresistible, encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro encendido, de mujer hermosa, estaba como resplandeciente de placer.

-Si- continuó el sabio -:¿con qué derecho negamos los modernos, hechos que afirman los antiguos? El perro gigantesco que vio Alejandro, alto como un hombre, es tan real, como la araña Kreken que vive en el fondo de los mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años, fue en busca del viejo ermitaño Pablo que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías. Iba el santo por el yermo, apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar a quien buscaba. A mucho andar, ¿sabéis quién le dio las señas del camino que debía seguir? Un centauro, medio hombre y medio caballo - dice un autor; - hablaba como enojado; huyó tan velozmente que presto le perdió de vista el santo; así iba galopando el monstruo, cabellos al aire y vientre a tierra.

En ese mismo viaje San Antonio vio un sátiro, «hombrecillo de extraña figura, estaba junto a un arroyuelo, tenía las narices corvas, frente áspera y arrugada, y la última parte de su contrahecho cuerpo remataba con pies de cabra». -Ni más ni menos- dijo Lesbia. -¡M. de Cocureau, futuro miembro del Instituto!

Siguió el sabio:

-Afirma San Jerónimo que en tiempos de Constantino Magno se condujo a Alejandría un sátiro vivo, siendo conservado su cuerpo cuando murió.

Además, vióle el emperador de Antioquía.

Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía la lengua en el licor verde como lo haría un animal felino.

-Dice Alberto Magno que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los montes de Sajonia. Enrico Zormano asegura que en tierras de Tartaria había hombres con sólo un pie y sólo un brazo en el pecho. Vicencio vio en su época un monstruo que trajeron al rey de Francia, tenía cabeza de perro; (Lesbia reía) los muslos, brazos y manos tan sin vellos como los nuestros; (Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen cosquillas), comía carne cocida y bebía vino con todas ganas.
-¡Colombine!- grito Lesbia. Y llegó Colombine, una falderilla que parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de risa de todos:
-¡Toma, el monstruo que tenía tu cara!

Y le dio un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba las naricitas como lleno de voluptuosidad.

-Y Filegón Traliano- concluyó el sabio elegantemente -afirma la existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas como elefantes. Además...
-Basta de sabiduría- dijo Lesbia. Y acabó de beber la menta.

Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios -¡Oh!, exclamé para mi, ¡las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques y de las fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros. Pero las ninfas no existen.

Concluyó aquel concierto alegre, con una gran fuga de risas y de personas.

-¡Y qué!- me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con voz callada como para que sólo yo la oyera. -¡Las ninfas existen, tú las veras!

Eran un día primaveral. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire de un soñador empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas nuevas y atacaban a los escarabajos que se defendían de los picotazos con sus corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas el carmín, el bermellón, la onda penetrante de perfumes dulces: más allá las violetas, en grandes grupos, con su color apacible y su olor a virgen. Después, los altos árboles, los ramajes tupidos llenos de mil abejas, las estatuas en la penumbra, los discóbolos de bronce, los gladiadores musculosos en sus soberbias posturas gímnicas, las glorietas perfumadas, cubiertas de enredaderas, los pórticos, bellas imitaciones jónicas, cariátides todas blancas y lascivas, y vigorosos telamones del orden atlántico, con anchas espaldas y muslos gigantescos. Vagaba por el laberinto de tales encantos cuando oí un ruido, allá en lo oscuro de la arboleda, en el estanque donde hay cisnes blancos como cincelados en alabastro y otros que tienen la mitad del cuello del color del ébano, como una pierna alba con media negra.

Llegué más cerca. ¿Soñaba? ¡Oh, Numa! Yo sentí lo que tú, cuando viste en su gruta por primera vez a Egeria.

Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los cisnes espantados, una ninfa, una verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa en el agua cristalina. La cadera a flor de espuma parecía a veces como dorada por la luz opaca que alcanzaba a llegar por las brechas de las hojas. ¡Ah!, yo vi lirios, rosas, nieve, oro; vi un ideal con vida y forma y oí entre el burbujeo sonoro de la linfa herida, como una risa burlesca y armoniosa, que me encendía la sangre.

De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos que goteaban brillantes, corrió por los rosales tras las lilas y violetas, más allá de los tupidos arbolares, hasta ocultarse a mi vista, hasta perderse, ¡ay!, por un recodo; y quedé yo, poeta lírico, fauno burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas como mofándose de mí, tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo brillaba bruñida el ágata de sus picos.

Después, almorzábamos juntos aquellos amigos de la noche pasada, entre todos, triunfante, con su pechera y su gran corbata oscura, el sabio obeso, futuro miembro del Instituto.

Y de repente, mientras todos charlaban de la última obra de Fremiet, en el salón, exclamó Lesbia con su alegre voz parisiense:

-¡Te!, como dice Tartarín: ¡el poeta ha visto ninfas!...

La contemplaron todos asombrados, y ella me miraba, me miraba como una gata, y se reía, se reía como una chicuela a quien se le hiciesen cosquillas.