lunes, 7 de noviembre de 2016

La casa de los Robles. A.

Laura era adicta al miedo. Le encantaba sentir terror. Cuando no había nada que hacer con sus amigos, siempre sugería contar historias de miedo.

Iba al cine a ver todos los estrenos del género y nunca se perdía los programas y películas de horror en la televisión. Visitaba con regularidad los foros y páginas webs de esoterismo, en los que siempre había secciones de relatos donde la gente contaba sus experiencias. En su cuarto tenía una pequeña biblioteca con los grandes autores de la narrativa del terror: Poe, Lovecraft, King, etc.

Lo único que le faltaba a Laura, y que deseaba más que nada en el mundo, era tener una verdadera experiencia paranormal. Había hecho todas las cosas que supuestamente atraían fantasmas. Decir el nombre de alguna muerta tres veces frente al espejo. Jugar a la guija con sus amigos en una noche tormentosa. Nada surtía efecto, ningún espectro, fantasma o demonio se había presentado ante ella.

Eso la frustraba. Por eso, cuando Sarah, una compañera de clase que conoció al entrar a la secundaria, le habló de la vieja casa de los Robles, le encantó. Había vivido toda su vida en esa ciudad, y nunca había escuchado hablar de esa casa. Había escuchado muchas veces de una casa en la calle Juárez, donde un hombre ambicioso había matado a sus tíos por dinero. Se sabía de memoria las historias del viejo hospital Civil, donde se aparecía una enfermera. Pero la historia de la casa de los Robles era nueva para ella.

Sarah le había contado con lujo de detalle la historia.

Era una casa enorme en la carretera 68. Cuando fue construida, en el siglo XIX, estaba a las afueras, pero la ciudad había crecido tanto que ahora estaba rodeada de otras construcciones. Los negocios y las casas de interés social construidas a su alrededor. Una urbanizadora había tratado de comprar la propiedad, para derribarla y construir un complejo de departamentos. No lo había conseguido. Los dueños no la quisieron vender, además, la casa era tan vieja que las leyes de protección de monumentos de la ciudad la protegían de ser alterada. La casa Robles permaneció de pie. Y se creía que sería así por otros cien años más.

—Pero —Laura había interrumpido a Sarah con impaciencia, mientras ella contaba la historia—, ¿cuál es el misterio de la casa?

Sarah se aclaró la garganta y le dedicó una mirada a Laura pidiéndole paciencia.

—A eso iba —dijo, y continuó con su relato.

La casa estuvo habitada, es obvio, por la familia Robles. Era una familia acaudalada de la ciudad, tenían muchas propiedades, y se sabía que invertían grandes sumas de dinero en algunos de los proyectos más importantes de construcción en el lejano siglo XIX.

Pero la familia había caído en desgracia. Sus proyectos no avanzaban, la inversión se perdía. Habían invertido en la construcción de un parque de diversiones, pero una fuerte tormenta había arrasado con la construcción, haciéndoles perder todo. Luego, les habían revocado permisos de construcción de un hotel de lujo que pronto terminarían. Según se dijo, una empresa rival había sobornado al alcalde para conseguir eso.

Víctor Robles, el jefe de la familia, había optado por invertir el poco dinero restante en un banco. Eso les permitió recuperarse. Viendo que la situación mejoraba, mandó a construir una magnífica casa en las afueras de la ciudad, a donde mudarse con su familia. La construcción tardó dos años, en los cuales los rumores de extraños sucesos llegaron. Dos trabajadores murieron, y algunos de sus compañeros aseguraban haber visto a sus fantasmas vagando por la casa antes y después de que fuera terminada.

Los Robles no creían esto. Era razonable, para ellos los fantasmas no existían. Se mudaron a la casa, y por un tiempo todo fue normal, hasta que su hija enfermó. La hija menor de la familia, tenía sólo seis años cuando se mudaron a la propiedad, y sólo seis meses después, comenzó a tener horribles pesadillas. Luego dejó de comer y jugar, y no salía de su habitación. Los médicos que la atendieron aseguraron que no tenía nada, que estaba sana, sólo era un capricho infantil. Pero ni los castigos ni las suplicas de sus padres hicieron que mejorara.

Finalmente sucedió lo peor. Luego de años en los que era alimentada a la fuerza, pues ella no quería comer, y en los que no consiguieron hacerla salir de su pieza; la niña, de entonces once años, se suicidó. Una noche, Clara, su nana, subió a su cuarto para llevarle la cena, como de costumbre. La encontró colgada de un viejo perchero. Su piel estaba púrpura y sus ojos en blanco parecían ver directo sobre el alma de quien la había encontrado.

Luego de los servicios funerarios, la familia volvió a su casa, y fue cuando sus tormentos comenzaron. La madre la vio primero, al pasar junto a su puerta. Luego la nana, y así todos los miembros de la familia. Por las noches se escuchaba su voz, mientras parecía jugar. No soportaron mucho tiempo, se devolvieron a la ciudad, cualquier cosa con tal de que el fantasma de su hija muerta no los atormentara.

Se dice que aún se le puede ver. Cuando los coches pasan por la carretera 68, a ciertas horas de la noche, si te vuelves a ver la vieja casa de los Robles, podrás ver al fantasma de la niña. Ésta allí de pie, junto a la ventana de la que fue su habitación. Si sólo pasas, ya sea en un carro o caminando, la verás fugazmente. Si te detienes, ella te devolverá la mirada. Si te quedas mucho tiempo, enloquecerás.

También se dice que se ven otras cosas. Un viejo albañil que martillea una pared. Es uno de los trabajadores muertos. Los vecinos, cuyas casas o negocios rodean la propiedad, afirman haber escuchado las risas infantiles y el sonido de las herramientas, en las noches más oscuras.

—Dime, Laura —terminó Sarah, mientras le dirigía una mirada siniestra—. ¿Te atreverías a ir a esa casa y quedarte observando a la ventana y ver si ella aparece?

Laura pareció pensarlo. La historia no era muy distinta a otras que había escuchado, bien podía ser una invención de Sarah, aunque la seriedad con la que hablaba le decía que no era así. Mordió su labio inferior, antes de contestar.

—Lo haré —dijo, después de todo no era tan distinto a decir tres veces el nombre de un fantasma frente al espejo del baño.

La tarde del sábado, Laura se escapó de casa. Se reunió con Sarah en la parada de autobuses. Tomaron la ruta 125, la cual pasaba justo por la carretera 68. Luego de treinta minutos de viaje, en los que ninguna de las dos habló (Sarah estaba muy seria, Laura emocionada ante la oportunidad de tener una experiencia real con lo sobrenatural), llegaron a su destino.

Laura contempló una casa magnifica, con grandes ventanales y un enorme jardín. De no ser por la pintura desgastada, la reja oxidada, las enredaderas que trepaban los muros y la hierba muy crecida, habría sido la casa más hermosa que nunca había visto.

—¿Cuál es la ventaba? —preguntó Laura impaciente.

—Es esa —respondió Sarah.

Señaló una ventana al lado izquierdo, la segunda antes de la esquina de la casa. Era una de las pocas que tenía aún cristales. Laura permaneció con la vista fija en la ventana, pero nada pasaba. No había movimiento ni fantasma alguno. Luego de unos veinte minutos, se decepcionó al ver que nada pasaba. Otra historia falsa hecha para asustar a los niños antes de dormir. De pronto, le pareció ver algo, algo blanco había pasado cerca de la ventana, aunque demasiado rápido para distinguir qué era. Su mente le dijo que tal vez era el reflejo de alguna luz cercana, como el faro de un coche, pero ella quería estar segura.

—Creo que vi algo —le dijo a Sarah.

Su amiga estaba de pie, apoyada en la reja a unos metros de Laura. Caminó hacía ella y alzó la vista hacía la ventana.

—¿No sería genial pode entrar a ver? —preguntó Laura.

Sarah sonrió ante la sugerencia de su amiga. Fue cuando Laura notó que Sarah traía consigo una mochila. Sarah metió la mano en esta y sacó dos linternas y un manojo de llaves.

—Mi padre es arquitecto —dijo—, los dueños lo contrataron para que restaure esta casa, fue así como supe de la historia. Bueno, los trabajos comenzarán la próxima semana, pero creí que podía explorar la casa antes de que se llene de gente.

Laura sonrió y con impaciencia le pidió a Sarah que abriera las puertas. El candado fue retirado, y la verja hizo un ruido chirriante y muy molesto, pues no había sido usada en muchos años. Lo mismo pasó con la puerta principal.

Las dos chicas se encontraron con un salón que en otro tiempo debió de haber sido todo lujos. Ahora estaba húmedo y lleno de moho. Por fortuna la escalera de madera parecía ser lo bastante solida. Sin perder mucho tiempo, y con las linternas iluminando su camino, subieron al segundo piso y se dirigieron a la habitación que había sido de esa niña, que debía de haber tenido su edad cuando se suicidó.

Sus linternas iluminaron una habitación vaciá sin nada interesante. Laura se acercó a la ventana, desde donde pudo ver el lugar donde momentos atrás habían estado de pie.

—No hay nada —dijo con decepción, sin dejar de ver por la ventana.

Sintió a Sarah acercarse por atrás. Luego, una gruesa cuerda se enredó en su cuello. Dejó caer la linterna, la cual se apagó al golpear el suelo. Se llevó las manos al cuello tratando de liberarse. Se volvió hacía Sarah, quien la veía con unos ojos tristes pero seguros de lo que hacia.

—He estado sola por años, más de un siglo —dijo con voz afligida, mientras arrastraba a Laura hacia la percha desde la que ella se había colgado muchos años atrás—, esos trabajadores rondan por aquí, pero no es lo mismo. Necesito a alguien de mi edad. Te necesito a ti, Laura, y ya que te encantan los fantasmas, supuse que no te molestaría tú misma ser uno.

Laura sintió el verdadero terror, ese que siempre había deseado, mientras su cuerpo colgaba inerte en esa vieja casa. Nadie sabía que estaba allí, nadie iría en su ayuda, moriría. Cuando ella había deseado tener una verdadera experiencia sobrenatural, no quería eso.

Laura finalmente murió.

El cuerpo jamás fue encontrado. Los padres de Laura pasaron años buscando, creyendo que había escapado. En su escuela nadie recordaba haber visto a nadie sospechoso hablando con ella, cuando la Policía había hablado con sus compañeros y maestros. Aunque una amiga suya, María, había notado que a veces se quedaba con la vista perdida. En un descanso, no había salido con el resto de los alumnos, entonces la había ido a buscar. La había encontrado viendo con la mirada perdida a un pupitre vacío, donde nadie se sentaba.

Las investigaciones habían quedado en un punto muerto. No había pistas ni nuevas líneas de investigación que seguir por la Policía.

Casi seis meses después, María se mudó a unas cuantas calles de la Casa Robles. Una noche, al pasar frente a ésta, sintió como si alguien la tocara en el hombro. Volvió la vista hacia una ventana del segundo piso, y allí vio a su amiga Laura haciéndole una señal para que entrara.

María no lo pensó ni un sólo momento. Se dirigió hacía la verja, que extrañamente estaba abierta, y se adentró en la vieja Casa Robles.

María... y su madre. A.

María era una niña de 9 años que un día iba en coche con su madre, y tuvieron un accidente. En el hospital, le comunicaron al padre de la niña que su hija se había quedado sin el brazo derecho, y que su mujer había muerto.

El padre propuso que le dieran el brazo de la madre a la niña, y ella aceptó. Ya en casa, todos acostados, María escuchó un murmullo, como si alguien cantase muy bajito, pero no le dio importancia. Unos segundos después lo escuchó de nuevo, y corrió hacia la habitación de su padre.

-Papá, ¿puedo quedarme a dormir en tu cuarto?

-María ya es muy tarde, vuelve a la cama.

La niña, llena de miedo, regresó a su cuarto y, antes de meterse en la cama, escuchó una voz muy seria que le decía algo al oído.

Al día siguiente, el padre se encontró a su hija en el jardín, se había caído la noche anterior…y le faltaba un brazo.

La catedral del la cripta. N.

Habían descubierto el lugar perfecto, nadie se acercaba a esas apartadas ruinas hace siglos olvidadas, se había convertido en el lugar de reunión de todas las tardes cuando caía el sol por el horizonte. Los dos se conocían desde hacía meses pero habían vivido juntos un sinnúmero de situaciones poco habituales para lo que suele ser una típica relación de la época, tan crítica para todo lo relacionado a la seriedad y tan formalizada para lo natural.

Él era una reminiscencia de una época anterior, su mente estaba admirada por antiguas costumbres y asqueada de las que imperaban en el momento sin perder nunca la mente en lo que se sale de la forma. Ella era una princesa que se escondía de la vida en la que no debía estar viviendo y soñaba con la que debía haber vivido. Eran los dos el ejemplo perfecto de lo que se puede llegar a ser si se posee la capacidad de comprender lo que uno mismo desea y se sabe cómo convertir lo vulgar en arte y lo obsceno en genialidad.

Estaban por tanto necesitados de un lugar, por lo menos tan espléndido como ellos lo eran, ya que otros habían pasado por sus manos y sin embargo no parecían querer quedarse. Al final la casualidad surgió del más largo de los días, justo cuando este se había convertido en noche sin luna.

Escapaban en ese momento de la vorágine de la urbe que los normalizaba, deseosos de un lugar tranquilo que se había aparecido ya en su subconsciente y en sus sueños. Entonces se encontraron con las ruinas de lo que parecía una antigua construcción en el casco antiguo, en la muralla de épocas pasadas. Parecía haber ardido hasta los cimientos y el suelo era nuevo, tapado con obra, al igual que unas antiguas escaleras cegadas con cemento, que ya nunca llevarían a ninguna parte. Ella entró por lo que antaño había sido el arco principal y subió al altar de la humilde construcción llamando a su amado que miraba todo con reparo.

Le preguntó por sus dudas, a lo que respondió que ese era lugar común para que se refugiaran todo tipo de personas non gratas para cualquier ciudadano honrado, pero cuando sus ojos no encontraron indicios de desperdicios, ni de destrozos, cuando todo le pareció suficientemente correcto, bajó la guardia y se relajó tumbándose con ella. Inevitablemente se encontraron hablando sobre el origen del edificio y concluyeron que se encontraban sobre el Altar Mayor de alguna pequeña capilla que ocupó su lugar en otros tiempos cercana a la muralla. En esa ocasión no se preguntaron más, pero a los pocos días se encontraron de nuevo ahí, en uno de sus paseos, al atardecer.
Aprovecharon el momento y ocuparon el lugar que parecía destinado para ellos, tras un rato de conversación y de abrazos se encontraron hablando de nuevo sobre las ruinas, imaginando, haciendo cábalas sobre el pasado de estas, imaginando que la iglesia había pertenecido a los Dominicos que protegían del Hereje al pueblo amado de Dios, que había sido la capilla destinada a honrar la memoria de una esposa querida del gobernador de la plaza en la antigüedad…

Y entonces ella sugirió la mas fantástica de las propuestas: Las escaleras llevaban a una cámara inferior, que había estado destinada a la práctica de la mas Heterodoxa de las artes, en la que se escondían primero aprendices de médicos y luego interesados en anatomía humana, cuando la Iglesia y el imperio prohibían esas investigaciones. Tras dar vueltas a la que parecía la más increíble de las fantasías, ella, cansada tras el largo día se acostó contra el pecho de su amado y cayó rendida durante unos cortos minutos.

Y soñó, pero parecía que era más real que la propia vida, soñaba que se levantaba, dejaba a su amado, que estaba dormido, y se paseaba por las ruinas. Entonces algo le pareció distinto, la luz era tenue, la iglesia se oscurecía, y cuando dejo de fijarse en el suelo que pisaba vio que no estaba en ruinas, había paredes y cristalería, un rosetón hacía pasar la luz sobre el altar, que parecía etéreo y espectral. Entonces cayó en la cuenta de que en el medio de la sala había una enorme piedra con una cruz pintada de color oscuro en el relieve, y vio que su emplazamiento natural era cubriendo el hueco oscuro de las escaleras. Con la inconsciencia y falta de preocupación de los sueños se acercó y se asomó a la oscuridad.

Se despertó de golpe y con cara de horror, no podía recordar más del sueño, el cual le parecía aun muy real, pero tenía la sensación de haber bajado las escaleras y haber visto algo al fondo. Se lo contó a él tal y como lo había vivido, pero omitió la sensación de que faltaba parte al final, sin embargo no miraba ya el antiguo templo con los mismos ojos, de hecho habría preferido no regresar. Sin embargo una casualidad tras otra, y el día siguiente acabaron encontrándose con el mismo lugar en el paseo habitual.

Esta vez fue él el que entró y insistió, y ella dudaba pero al final se encontraron tumbados sobre el antiguo altar. Ella hizo esfuerzo en tranquilizarse pero sin llegar a caer dormida hasta darse cuenta de que su amado dormía plácidamente. Con lo difícil que era que él durmiera! Eso la llevó a relajarse y al poco se entregaba al mundo de los sueños. Esta vez fue instantáneo pero ahora se encontraba en una oscuridad mayor, era la misma iglesia pero más irreal. Se fijó en la puerta entreabierta por la que entraba una luz tenue y la traspasó. Se encontró con la más increíble de las visiones, estaba fuera de la iglesia, pero la iglesia estaba dentro de algo, dentro de una inmensa y ciclópea estructura, levantada en una sillería de alabastro oscuro con reflejos tenues de un horrendo multicolor.

Fue tal el impacto de lo inmenso que se lanzó hacia dentro atravesando la puerta y corrió sin mirar donde pisaba hasta tropezar con las escaleras de la capilla, caer por ellas y llegar a una cámara iluminada por un rojo que se trasladaba en su luminosidad al propio aire haciendo efecto de una neblina fantasmal, de repente oyó un lamento, un llamar en una voz que le era conocida, era él su amado, se dio la vuelta rápidamente y se encontró tras un fuerte enrejado a su amor, encerrado, suplicante, destrozado, entonces despertó violentamente jadeando y sudando en medio de una noche sin luna, sólo plagada de estrellas titilantes.

Buscó a su amado, buscó a la única persona a la que entregaría su alma y se alivió enormemente al encontrarle ahí plácidamente tumbado, le agitó levemente para despertarlo, era tarde, no era hora para estar al frío de la piedra, y menos en aquel lugar. Sin embargo debía estar profundamente dormido, porque no despertaba, le agitó con más fuerza aún, pero no reaccionaba. Miró su cara y la encontró crispada de dolor, recordó el sueño, recordó su llamada de auxilio, su horror en la blanca tez, y se horrorizó, y si estaba atrapado?, y si había soñado y le habían, sabe dios con que arte, retenido preso en la inconsciencia?

Se sintió presa del dolor, del horror y salió corriendo en busca de ayuda, recorrió las calles sin rumbo gritando, pero tras un rato de inconsciencia se calmó y entró en una plaza. Su sorpresa fue inmensa cuando vio las ruinas de la antigua iglesia pero ahora no era antigua, estaba entera, las paredes se alzaban brillando a la luz de las estrellas, se dio la vuelta aterrada y corrió por las calles de nuevo, pero para volver a entrar a la misma plaza otra vez, parecía que el tiempo y el espacio se curvaban horrendamente para llevarla a la iglesia y a la plaza. Entonces cayó en la cuenta, su amado se encontraba allí dentro, y irrumpió en la negrura para encontrarlo en el altar, ensangrentado, clavado en una impía cruz de hierro negro que parecía absorber la luz, completamente blanco, sin vida. Sin poder soportar la visión, se desmayó.

A la mañana siguiente se encontraba en su cama al despertar, entonces le pareció imposible lo vivido el día anterior, creyó que era un mal sueño y sintió el mayor de los placeres cuando a su lado encontró a su amado tumbado junto a ella, mirándola con sus ojos que parecían no decir nada pero lo decían todo.

Inmediatamente le preguntó sobre la iglesia en la que habían estado el día anterior, pero él no parecía recordar nada, le describió el lugar con todo detalle y en la medida de lo posible, pero no hubo reacción, por último decidieron vestirse y salir a buscarlo por las calles.

Fue imposible encontrar el lugar, imposible, no había iglesia, no había plaza, estuvieron horas dando vueltas, incluso acudieron al archivo de los mapas del ayuntamiento, nada. Ella suspiró aliviada, pensando que todo había sido un mal sueño, comprendiendo que nada se interponía en su felicidad y abrazó a su amado y le besó las manos. Su sorpresa fue inmensa al observar unos enormes estigmas en las muñecas, justo donde en el sueño se clavaba el negro hierro en su carne. Le preguntó a él por las cicatrices, y sólo obtuvo una dudosa respuesta; al parecer era una marca de nacimiento, siempre habían estado ahí, pero ella no recordaba haberlas visto nunca. La miró entonces a los ojos, y se sintió morir, esos no eran los ojos de su amado, no eran los suyos, eran los de otro ser, no había ninguna duda…

El bebé del sendero. G.

En una profunda y fría noche de diciembre un señor va cabalgando tranquilamente por su ya varias veces transitado camino hacia su casa. Él entregaba leche solo en las mañanas y en las noches.

Él se encuentra ya retrasado porque en su casa lo esperan pero la neblina le hace imposible ver ese sendero lleno de piedras, en eso escucha a la lejanía un llanto que captó su atención. “Es el de un bebé”, piensa él y claro, es un pequeño abandonado en el camino.

Él saca un poco de leche para calmarlo mientras piensa qué hace con él y decide llevarlo a casa, en el camino el bebé deja de llorar y se queda dormido, nota el señor. En eso su caballo se espanta y el cae al suelo abrazando al bebé, se levanta para ver, pasa cargando al pequeño y escucha una voz que dice:

-Mira papá, me salieron mis dientes

El señor horrorizado mira al bebé y ve que tiene dientes parecidos a los de una piraña, él solo pierde el conocimiento y despierta en su casa en la mañana.

El señor recorrio ese sendero por años en la noche y veia llorar al bebe y lo pasaba por alto y a los metros de pasarlo se escuchaba una voz de ultratumba gritar:
-papa dame leche o ven al infierno-