miércoles, 30 de noviembre de 2016

Maniquí. Ana María Ardón.

Ostentosa bella glacial te exhiben
en los aparadores de las tiendas
tu mirada perdida en el vacío
tu cuerpo escultural

Tus tejidos firmes
la ropa muy cuidada
la sonrisa cuajada
siempre vas a la moda

Permaneces anclada
desvalida
te untan color en las mejillas
en los labios un poco de carmín

Cuando los especialistas
dictaminan
y desgarran tus vestiduras
los ves
indiferente

Ves pasar
los últimos días
de tu vida
en un triste rincón
de la basura.

Cazador de fortuna. Ana María Ardón.

Dormida está tu bestia
aburrida tu vida
amodorrado tu ángel

Apagada tu risa
tu deseo atontado
indiferente

Escaso de pulsiones
se te pasa la vida

A ratos te preguntas con dejo de nostalgia
dónde se fue tu juventud
y una vocecita chillona
en tu interior responde:
"ascendiendo"
"ascendiendo"

No hay duda eres insensible
está hueco
vacío
me das hueva.

Tan sólo somos las mujeres. Ana María Ardón.

Tan sólo somos las mujeres;
Santas madres vírgenes
dulces comprensivas,
viscerales emocionales
brujas neuróticas histéricas
sensibileras ingenuas liberales
o putas.

Según el diccionario
de la Real Academia
de los Machos.

Pero, de humanidad
¿Qué saben los castrados?

Hay días. Ana María Ardón.

Hay días
que no soporto el mundo.

Y me dan ganas
de bajarme
de una vez por todas
del columpio.

Que el cansancio
me come
y la gente
me pudre el horizonte.

Hay días
en que pienso
si no sería bueno
estallar
reventar
de una maldita vez
eternamente.

Caza. Ana María Ardón.

Me gusta verte desde lejos
acecharte discretamente
provocarte
Reinventar cada encuentro
adivinarte

Sigilosa encenderte
disfrutar el placer
de enamorarte

y como leona
echada
verte llegar
a mí
muy lentamente

No te amo. Ana María Ardón.

A la ligera
aunque te diera
mi cuerpo de inmediato

Tampoco en las mañanas
(soy noctámbula)

Te amo
impregnada
total
de cigarrillos

Cicatrizada
en este duelo íntimo

Con rabia
por ocupar
un diminuto espacio
dentro
de ese miserable corazón
que posees.

Follaje interno (XX). Ana María Ardón.

Se alimentan las víboras
con lengua puntiaguda.
Deshaciendo,
rumiando odios estériles
que engendran nuevos odios.

Envenenando la penumbra de los días;
retrasando aún más, nuestra miseria.
Esculpiendo un futuro retorcido,
condenando, acechando,
haciendo del descrédito y la envidia,
su profesión y su filosofía.

Cana. Ana María Ardón.

Plateada solitaria tenaz
emerges por sorpresa
como estrella fugaz
en medio de la noche
intransigente y obcecada
remembrando las horas derramadas

Sedosa
hebra
invicta
primeriza
profética

De nada serviría revelarme
arrancarte con un tijeretazo
ocultarte dentro de mi pelambre

Estás allí altiva amenazante
deslizándote por mis sienes
victoriosa

Te observo
no tengo más alternativa
que peinarte.

martes, 29 de noviembre de 2016

Oficios de la muerte. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

La veo
trabajar en cal pensante
como si su lujuria de tinieblas le permitiese
inscribir en tierra todos los nombres
de la soledad.


Pero aún no pudo enterrar
mi sombra.


Tampoco
la ración de sangre sola
que cada muerto cava en humildad.

La inadvertencia. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

(a María Rosa Lojo)

Hemos hablado de los hombres y de cuanto les ocurre a los hombres,
como si la humanidad fuese un planeta inmerso en nuestra sombra.

Hemos creído despoblar el silencio
nombrando cada cosa, encadenándola y encadenándonos
a su significado.
Sin advertir que cada ser genera mundos breves que huyen hacia la libre
prisión del universo.

Génesis. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

Después de Dios.


Después
de padecerlo en la humana versión
de sus sosías
vislumbramos un dios que se transforma
en soledad de dios
luego de serlo.


Sólo resta
dejar en paz y firmes las heridas.


Desnudarnos de Dios.


Y contemplarlo.
Desnudo.


A nuestra propia semejanza.

El cuerpo. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

A Jorge García Sabal y Alfredo Veiravé

Asumo
en huesos frágiles
el esplendor del ser y su destierro
mi médula salvaje
mi ambigüedad
tajeada por las uñas de Dios.


1

El cuerpo.

Sólo somos
su huésped transitorio.

Su más desheredado habitante
mortal.


2

Desde
el alba del hueso
la carne
es un latido anterior a sí misma.


3

La carne
sólo piensa cuando el pulso vacila
y en su lugar se instalan
los enigmas.


4

Cuando la carne aúlla
o se desangra
el hombre resplandece en su verdad
de sed
de lumbre y brama.


5

Entre la carne altiva
y sus jirones
un cielo sumergido todavía
sin playas.


6

La carne.

Su batalla
entre la seducción y el desengaño.

De lo humano
hereda la imprudencia y el goce
de exponer su intemperie desnuda
ante los astros.

Como único escudo
la piel.

Ese milagro.


7

Mis pieles sucesivas
obsesivas
fueron aniquilándome
devastándome
al parecer en apariencia
y rescatarme luego
en carne viva.


8

Nuestros pequeños universos
huyen
como huyó todo lo que sombra tuvo
y fue
bajo la piel.


9

Llevo
en carne abierta
los trofeos
de la resurrección y el desarraigo.

Y en los cuerpos ajenos
el gran riesgo
de amarlos.


10

Amo
esta carnadura
que sigue contemplándome
debajo de mis párpados.
Amo
esta muerte viva
clandestina
que siempre se me muere antes de tiempo
y siempre resucita.


11

Quizá
tras evadirme de las venas
y el tiempo
sueñe volver a ser junto a mi sombra
el reverso del fuego.


12

El fuego.
Siempre el fuego.

Nadie
podrá jamás avasallar
su llama
sin apagar el mundo.


13

La carne
es una amante
que hasta el fin se desnuda.

En ella
hasta el dolor se asemeja
al deseo.


14

Los instantes
son ya evanescencia.

Si nos desintegramos
es para asir mejor la madera
infinita.


15

Agotado el combate
la soledad nos nace como una herrumbre
estéril abierta impredecible
en su aire de piedra.


16

Como zona de riesgo
elijo el espejismo de mi primera
eternidad.

Amantes clandestinos. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

Uno
va internándose
en la fatiga horizontal que llega
a seducir los huesos
y el silencio
como si fuesen huéspedes fugaces
o amantes clandestinos.
Y un día
nos sorprende descubrirnos
dueños de una morada
abierta a la intemperie de toda soledad.


Vamos tendiéndonos
junto a nuestra sombra arropándonos con ella.


Hay un cambio de piel
que nos desnuda.


Y la fatiga invade.
Murmura otros idiomas
que no son extranjeros pero emplean
sin voz
otras palabras.


Para no herirnos.
Para no decirnos que hemos comenzado
a habitar el adiós.

Señales. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

Aquellos
padres hondos
de que habla Valery
siguen interrogándonos.


Nuestra orfandad
responde desde su alta mudez.


Eterno diálogo.


Quizá el más cercano
de nuestros habitantes sin rostro
el más cauto
sabe que traficamos con la idoneidad
de un Judas
que sonríe a la hora de los pactos.

La niña extraña. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

Tenía un grillo entre las sienes
y sabía decir mariposa.
Lo demás lo ignoraba.
Un día descubrió que Dios no era una alondra.
Otro día
les dijo a las simientes
que sería más lindo brotar alas.
Al fin
se convenció de que en el mundo
hay demasiadas cosas sabias.
Y se fue despacito,
caminando,
caminando hasta el alba.

Huida. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

(a Elizabeth Azcona Cranwell)

("la verdad que se busca se pierde, se hace libre" Edgar Bayley)

Con la mitad de mi cerebro
hice un ala de sol para la noche.

Guardo la otra mitad
celosamente: así podré creer
que ya no existo.

Desde el adiós
un ciervo echa a correr
llevándose el vacío.

Exorcismos. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

("La realidad, sí, la realidad
ese relámpago de lo imposible
que revela en nosotros la soledad de Dios."
Olga Orozco)

Cerebro
el exorcismo
del regreso a casa.

Pero ¿quién vuelve en mí?

¿Aceptarán los muros
la soledad
baldada?

Cetrería. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

Liebre, venado, faisán.


No me atrae la caza
ni me gusta alinear la carne roja
en bandejas de plata.


Pero el halcón
acaba de traerme tus ojos.


Amo la cetrería.


Mañana
ha de traerme tu mirada.

Altri Tempi. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

Las salas enfundadas como inmensas corolas. Y un secreto soleado:
el país de los patios. (Se decía glicina, heliotropo, diamela,
como hoy se dice ADN, sidaico). Aquel cielo privado,
con chicos y canarios y huertos y murales de macetas pintadas,
era de veras cielo. (Entonces lo ignorábamos).
Nunca imaginamos que lo fuese, hasta ahora, en que hemos
cumplido nuestros propios infiernos. Aquellos cielos
bajos, a ras de tierra, humanos. Todavía a salvo. Allí donde ser niño
era tener abuelos en la casa y amarlos,
dejándolos vivir libres de vaciaderos de viejos:
adiestrados espectros que siempre se demoran demasiado
en morir y dejar limpio el mundo,
que ya no tiene patios, ni destino, ni tiempo.

Ser niño era pedirles que nos dieran la mano, porque teníamos miedo.
Y volver a pedirles que nos contaran cuentos, (que eran verdad,
ahora lo sabemos). Y llorar junto a ellos penitencias y encierros:
?había que educarnos...? (Se decía señor y plegaria,
respeto, con manso olor a incienso y a sopa obligatoria,
a almidones y ungüentos).

Se decía Maestro y en el cuaderno único cabía el universo.
El padre, con arrestos de patriarca doméstico, tenía ?autoridá?.
Y la madre, dulzura (por amor o por tedio).
Lo cierto es que la casa nunca estaba vacía
(la mesa familiar, otra inútil reliquia) y la abuela, el abuelo
?una especie de puerto del buen regreso?
eran sencillamente viejos: con todos los derechos a morir
en su casa, en su cama, en su llaga, en su pulso, en su tiempo.
Sin adiós intensivo. Sin pactos terminales de abandono y silencio.
En fin, sólo fantasmas de cielos y otros tiempos.

Posdata. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

La toma de conciencia
de haber sido burlados a destiempo
llega después
cuando el morir se ha vuelto
un latido obsesivo.
y acompaña los pasos.

La jaula. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

Quién soy,
sola de mí, para violarme
con verdades ajenas
si aún las propias no han sido
deslindadas.

Quién se interna en la palma de mis
manos
luego de cercenarlas.

Quién me vacía, huye y no regresa
sin despojarme de la amarra.

Quién seduce mi cólera,

penitencia incendiada.

Me atrevo a liberar en mis arterias
los ángeles salvajes
que fueron propiedad natal del alba.

Enclaustrada
en una libertad que me condena
a su sed cavernaria
abruman las respuestas.

Entreabro la jaula.

Gironsiglos. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

(a Enrique Molina)



Junto al manso D´Amicis de mi infancia / recela el siglo en celo de sus Emmas rapaces / de sus hembras con filo de alhucema. / El Flaubert de mi madre / huele a hastío / a musgo / a discreción. / Huele a cuero de Rusia el D´Annuncio vedado. / (La decencia era un rito / un embrión de sándalo. / Era indecente el sexo de Picasso) / Todo gime clausura / humedad de gusanos pulcramente engendrados. / Nuestra noche estrellada incuba radioactivos / girasoles de llanto.

Escucha los colores de Trakl / las aguas vivas de su incesto. / Hay llagas que jadean / desalojan el Duino. / ?Todo ángel es terrible?.../ Escucha los mandalas de Pessoa / el dios cojo de Artaud / el sur de Gelman. / Paren de pie palabras terminales / que jamás nacerán / aunque renazcan de la muerte de todos. / La cacería humana ignora esas palabras / su proa de mandrágoras. / Nunca comprenderán / que ante huesos que piensan / callar es una fragua.

Sofismas de Claudel anunciar a María. / Marilyn se desnuda en nalgas del verano. / Fue una cortesía de Sartre / convocarnos para entrar en la nada. / Nos autoconvocamos para entrar a Ana Frank / a Biafra / a Chernobyl / enfundados de amianto. / Borges entró en la muerte como en una fiesta. / No fuimos conjurados.

Desdeñada por Joyce / seducida por Marx / violada por Freud / Scherezade se ahorca con albatros. / Marguerite Yourcenar se opusnigra para sus funerales aún lejanos. / Su ardilla memoriosa / le sugiere morir / cuando Adriano ya no lea el silencio. / Duras-Resnais / procuran convencerme de que el sol de Hiroshima / no habrá de aniquilarnos. / La nuestra sigue siendo una raza en exilio. / Sólo el Mono Gramático está a salvo. / Quedan abiertas tumbas. / Los muertos desertaron.

Corroe el arco iris la ausencia de los pájaros. / En las computadoras / el amor se oruga kafkianamente / en textos para incautos. / El tiempo ya no existe / no ha existido nunca. / ¿Saberlo es necesario? / El hombre / ese quasars apagado. / Filma Visconti. / Mahler resplandece / junto al intocado candor de los pantanos.

El suéter de Fedorio. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

En los bordes raídos del suéter
de Fedorio
se arremansa la vida y sus historias.


Jamás
me atrevería a proponerle restañar
esos hilos desgastados
reavivar los colores
las zonas percudidas como un abecedario
para ciegos.


Quitárselo
sería desollarlo.


El suéter de Fedorio
es una hogaza
un libro de bitácora un sol un campanario
alguna melodía que se canta
sin que nadie la escuche.
Su intemperie
anuda cuanto ha sido algo más
que un adiós
menos que un llanto
algo que sólo cabe en el hueco secreto
de la mano.


Si otra piel respira
debajo de mandala de su suéter gastado
será sólo el sudario
que busca convertirse en el revés cereal
de esa coraza
hilada por los pájaros.

Aprendizajes. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

Comienzo
a perder instantes.

A perderme.

Una décima de segundo.
Un milésimo de silencio.

Nada me despoja.
Todo me desnuda.


Es lo infinito que regresa.


Aprendo
a habitar el esplendor
de mi sombra.

Algunas maneras de ensayar el adiós. Ana Emilia Lahitte (1921-2013)

1
Cada latido,
pendular, descalzo, regresa al universo.

2
Somos lo que no vemos.
Somos lo que ignoramos. La sombra es la única constancia
del aún estar después de haber huído.

4
Amo
el temblor radiante de mi propia intemperie.

5
La desnudez
fue siempre mi guarida secreta.

6
Costó tanto
inventarse, cavarse, mutilarse,
antes de regresar al fondo del espejo.


10
Lo importante es la sed.
Ser un mismo desierto.

13
Fascina
Este límite
Donde el haber vivido se desprende
como la piel de una serpiente.

18
Sí,
las heridas son el mejor manuscrito.

32
Envejecer es esto,
recordar vagamente la piel de los amantes.

37
Sólo creo
en los ángeles heridos,
en su examen de luz en los infiernos.

38
La duda es un extraño paraíso
donde Dios puede al fin dejar de ser eterno.

42
Amo secretamente el casos que me ama.

44
Es difícil morir.
Más difícil aún saber si estamos vivos.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Un nuevo cuento de Navidad. Arthur Machen (1863-1947)

Sin lugar a dudas, la vida de Scrooge se había encendido. Diez años habían pasado desde que el espíritu del viejo Jacob Marley le había visitado, y que los Fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras le habían demostrado el error de su forma de vida mezquina, ruín y grosera, convirtiéndole en el anciano más feliz del pueblo y siendo apodado "el Viejo Entrometido" por los viejos amargos que nunca reverenciaron a nada ni a nadie.

Y, sin duda alguna, los viejos estaban acertados. Ebenezer Scrooge había sido un entrometido. Siempre había estado huroneando en los asuntos de los demás; así que pudo descubrir las consecuencias de sus actos sobre los demás. Muchos hombres de negocios duros se suavizaban ante la idea de Scrooge rondando en sus despachos, creyendo que la ruina se les acerca.

"Mi estimado Sr. Hardman," decía el viejo Scrooge, "ni una palabra más. Tome este giro de 300 libras y úselo como mejor sepa. Usted lo podrá duplicar por mí en el plazo de 6 meses."

Podría irse riendo de ello, y Charles el camarero, en la vieja taberna de la ciudad, donde Scrooge cenaba, siempre decía que Scrooge le traía suerte a él y a la taberna. Todos ordenaban una buena ración de brandy caliente cuando su alegre y sonrosada cara aparecía en el lugar. Estaban en Navidad. Scrooge estaba sentado frente a su crujiente fuego, bebiendo algo tibio y confortable y discurriendo la mejor manera de llevar la felicidad al resto de la gente.

"No voy a soportar la obstinación de Bob," se decía a sí mismo - la firma de la empresa era Scrooge & Cratchit ahora - "él hace todo el trabajo, y no es justo que un viejo inútil como yo tome más que un cuarto de los beneficios."

Un lúgubre sonido resonó a través de la vieja casa. El aire resopló heladamente y lo cálido y confortable se tornó en frío y incómodo. Scrooge bebió nerviosamente. La puerta se abrió y una forma vaga y espantosa surgió en el umbral.

"Sígueme," dijo.

Scrooge no supo con seguridad que pasó luego. Estaba en la calle. Recordaba que quería comprar algunas golosinas para sus pequeños sobrinos y sobrinas, y fue a una tienda.

"Disculpe, pero pasadas las ocho," dijo el encargado, "no podemos atenderlo, señor."

Vagó a través de otras calles que parecían extrañamente alteradas. Se dirigía hacia el lado oeste, y comenzó a sentir frío y debilidad. Creyó que sería conveniente tomar una pequeña copa de brandy con agua, y justo estaba doblando la esquina de la vieja taberna cuando salían las últimas personas y le cerraban las metálicas puertas prácticamente en la cara.

"¿Qué es lo que pasa?" preguntó débilmente al hombre que cerraba las puertas.
"Las diez pasadas," dijo secamente el tipo, y apagó las últimas luces.

Scrooge ya creía que la segunda porción de pastel de carne le había dado indigestión, y que todo aquello era una mera pesadilla. Le parecía como que había caído en un profundo abismo de oscuridad en el que todo le era negado. Cuando volvió en sí, era el día de Navidad, y la gente estaba caminando por las calles. Scrooge se encontró en esa calle y la gente se sonreía y saludaba entre sí con calidez, pero era evidente que no eran felices. Había señales de preocupación en sus rostros, señales que evidenciaban problemas del pasado y ansiedades futuras. Scrooge escuchó a un hombre suspirar al siguiente instante de desearle Feliz Navidad a un vecino. Había lágrimas en el rostro de una mujer que caminaba frente a una iglesia, toda de negro.

"¡Pobre John!" murmuraba ella. "Estoy segura que lo que lo mató fueron los problemas de dinero. Ahora está en el cielo. Pero el vicario dijo en el sermón que el cielo era un mero cuento de hadas." Ella gimió nuevamente.

Todo esto perturbó la paz de Scrooge. Algo parecía estar pujando en su corazón.

"Pero," dijo él, "debo olvidar todo esto cuando me siente a cenar con mis sobrinos y sus jóvenes hijos."

Eran las últimas horas de la tarde; las cuatro en punto y caían las sombras. Era la hora de la cena. Scrooge encontró la casa de su sobrino. Ni una ventana tenía luces y todo estaba oscuro. El corazón de Scrooge se heló."

Golpeó una y otra vez, y jaló la campana que resonó tan lánguidamente que parecía tener un pie en el sepulcro. Al final, una vieja mujer de aspecto miserable, abrió la puerta solo unas pulgadas y miró con desconfianza.

"¿El sr. Fred?" dijo. "Él y sus señora salieron al Hotel Splendid, y no volverán hasta medianoche. Los chicos están fuera, en Eastbourne."
"¡Cenando en una taberna el día de Navidad!" murmuró Scrooge. "¿Qué terrible sino es ese? ¿Quién es tan miserable y tan desolado como para cenar en una taberna en Navidad? ¡Y los niños en Eastbourne!"

El aire se tornó pesado y le pareció escuchar desde una gran distancia la voz de Tiny Tim, diciendo "¡Dios nos ayude, a todos y a cada uno de nosotros!"

De nuevo, el Espíritu apareció. Scrooge cayó de rodillas.

"¡Terrible Fantasma!" exclamó. "¿Quién eres y que quieres? Habla, te lo suplico."
"Ebenezer Scrooge," replicó el Fantasma en un timbre abominable. "Soy el fantasma de las Navidades de 1920. Conmigo traigo la nota del Impuesto sobre la Renta."

El cabello de Scrooge se erizó ante esa visión. Pero se sintió peor cuando vio que la Aparición tenía huellas como las de un gigantesco gato.

"Mi nombre es Pussyfoot. También me llaman Ruina y Desesperanza," dijo el Fantasma, y desapareció.

Luego de esto Scrooge despertó y descorrió los cortinados de su cama.

"¡Gracias a Dios!" exclamó de corazón. "¡Solo fue un sueño!"

La nueva catacumba. Arthur Conan Doyle (1859-1930)

Escuche, Burger: yo quisiera que usted tuviera — confianza en mí —dijo Kennedy.

Los dos célebres estudiosos que se especializaban en las ruinas romanas estaban sentados a solas en la confortable habitación de Kennedy, cuyas ventanas daban al Corso. La noche era fría, y ambos habían acercado sus sillones a la imperfecta estufa italiana que creaba a su alrededor una zona más bien de ahogo, que de tibieza. Del lado de fuera, bajo las brillantes estrellas de un cielo invernal, se extendía la Roma moderna, con su larga doble hilera de focos eléctricos, los cafés brillantemente iluminados, los coches que pasaban veloces y una apretada muchedumbre desfilando por las aceras. Pero dentro, en el interior de aquella habitación suntuosa del rico y joven arqueólogo inglés, no se veía otra cosa que la Roma antigua. Frisos rajados y gastados por el tiempo colgaban de las paredes, y desde los ángulos asomaban los antiguos bustos grises de senadores y guerreros con sus cabezas de luchadores y sus rostros duros y crueles. En la mesa central, entre un revoltijo de inscripciones, fragmentos y adornos, se alzaba la célebre maqueta en que Kennedy había reconstruido las Termas de Caracalla, obra que tanto interés y admiración despertó al ser expuesta en Berlín. Del techo colgaban ánforas y por la lujosa alfombra turca había desparramadas las más diversas rarezas. Y ni una sola de todas esas cosas carecía de la mayor inatacable autenticidad, aparte de su insuperable singularidad y valor; porque Kennedy, a pesar de que tenía poco más de treinta años, gozaba de celebridad europea en esta rama especial de investigaciones, sin contar con que disponía de esa abundancia de fondos que en ocasiones resulta un obstáculo fatal para las energías del estudioso, o que, cuando su inteligencia sigue con absoluta fidelidad el propósito que la guía, le proporciona ventajas enormes en la carrera hacia la fama. El capricho y el placer habían apartado frecuentemente a Kennedy de sus estudios; pero su inteligencia era agresiva y capaz de esfuerzos largos y concentrados, que terminaban en vivas reacciones de laxitud sensual. Su hermoso rostro de frente alta y blanca, su nariz agresiva y su boca algo blanda y sensual, constituían un índice justo de aquella transacción a que la energía y la debilidad habían llegado dentro de su persona.

Su acompañante, Julius Burger, era hombre de un tipo muy distinto. Llevaba en sus venas una mezcla curiosa de sangre: el padre era alemán, y la madre italiana y le trasmitieron las cualidades de solidez propias del norte, junto con un mayor atractivo y simpatía característicos del sur. Unos ojos azules teutónicos iluminaban su rostro moreno curtido por el sol y se elevaba por encima de ellos una frente cuadrada, maciza, con una orla de tupidos cabellos rubios que la enmarcaban. Su mandíbula de contorno fuerte y firme estaba completamente rasurada, dando con frecuencia ocasión a que su acompañante comentase lo mucho que hacía recordar a los antiguos bustos romanos que acechaban desde las sombras en los ángulos de su habitación. Bajo su dura energía de alemán se percibía siempre un asomo de sutileza italiana; pero su sonrisa era tan honrada, y su mirada tan franca, que todos comprendían que aquello era sólo un índice de su ascendencia, sin proyección real sobre su carácter. Por lo que se refiere a años y celebridad se encontraba a idéntico nivel que su compañero inglés, pero su vida y su tarea habían sido mucho más difíciles. Llegado doce años antes a Roma como estudiante pobre, vivió desde entonces de pequeñas becas que la Universidad de Bonn le otorgaba para sus estudios. Lenta, dolorosamente y con tenacidad porfiada y extraordinaria, guiado por una sola idea, había escalado peldaño a peldaño la escalera de la fama, llegando a ser miembro de la Academia de Berlín, y tenía, en la actualidad, toda clase de razones para esperar verse pronto elevado a la cátedra de la más importante de las universidades alemanas. Ahora bien; lo unilateral de sus actividades, si por un lado lo había elevado al mismo nivel que el rico y brillante investigador inglés, había hecho que quedase infinitamente por debajo de éste en todo lo que caía fuera del radio de su trabajo. Burger no dispuso nunca en sus estudios de un paréntesis que le permitiese cultivar el trato social. Únicamente cuando hablaba de temas que caían dentro de su especialidad, el rostro de Burger adquiría vida y expresión. En los demás momentos permanecía silencioso y molesto, con excesiva conciencia de sus propias limitaciones en otros temas más generales, y sentía impaciencia ante la cháchara sin importancia, que es un refugio convencional para todas aquellas personas que no tienen ninguna idea propia que expresar.

A pesar de todo eso, Kennedy y Burger mantuvieron trato por espacio de algunos años, y al parecer ese trato maduró poco a poco hasta convertirse en una amistad de los dos rivales, de personalidad tan diferente. La base y el arranque de esa situación residían en que tanto el uno como el otro eran, dentro de su especialidad, los únicos de la generación joven con saber y entusiasmo suficientes para valorarse mutuamente. Su interés y sus actividades comunes los habían puesto en contacto, y ambos habían sentido la mutua atracción de su propio saber. Este hecho se había ido luego completando con otros detalles. A Kennedy le divertían la franqueza y la sencillez de su rival, y Burger, en cambio, se había sentido fascinado por la brillantez y vivacidad que habían convertido a Kennedy en uno de los hombres más populares entre la alta sociedad romana. Digo que le habían convertido, porque, en ese preciso momento, el joven inglés estaba algo oscurecido por una nube. Un asunto amoroso, que nunca llegó a saberse con todos sus detalles, pareció descubrir en Kennedy una falta de corazón y una dureza de sentimiento que sorprendieron desagradablemente a muchos de sus amigos. Ahora bien, dentro de los círculos de estudiosos y de artistas solterones, en los que el inglés prefería desplazarse, no existia, sobre estos asuntos, un código de honor muy severo, y aunque más de una cabeza se moviese con expresión de desagrado o más de unos hombros se encogiesen al referirse a la fuga de dos y al regreso de uno solo, el sentimiento general era probablemente de simple curiosidad y quizá de envidia, más bien que de censura.

—Escuche, Burger: yo querría que usted tuviese confianza en mí —dijo Kennedy, mirando con dura expresión el plácido semblante de su compañero.

Al decir estas palabras con un vaivén de su mano señaló hacia una alfombra extendida en el suelo. Encima de ella había una canastilla, larga y de poca profundidad, de las que se usan en la campaña para la fruta y que están hechas de mimbre ligero. Dentro de la canastilla se amontonaha un revoltijo de cosas: baldosines con rótulos, inscripciones rotas, mosaicos agrietados, papiros desgarrados, herrumbrosos adornos de metal, que para el profano producían la sensación de haber sido sacados de un cajón de basura, pero en los que un especialista habría reconocido rápidamente la condición de únicos en su clase. Aquel montón de objetos variados contenidos en la canastilla de mimbre, proporcionaba justo uno de los eslabones que faltaban en la cadena del desenvolvimiento social, y ya es sabido que los estudiosos sienten vivísimo interés por esa clase de eslabones perdidos. Quien los había traído era el alemán, y el inglés los contemplaba con ojos de hambriento. Mientras Burger encendía con lentitud un cigarro, Kennedy prosiguió:

—Yo no quiero inmiscuirme en este hallazgo suyo, pero sí que me agradaría oírle hablar sobre él. Se trata, evidentemente, de un descubrimiento de máxima importancia. Estas inscripciones producirán sensación por toda Europa.
—¡Por cada uno de los objetos que hay aquí se encuentran allí millones! —dijo el alemán—. Abundan tanto, que darían materia para que una docena de sabios dedicasen toda su vida a su estudio y se crearan así una reputación tan sólida como el castillo de St. Angelo.
Kennedy permaneció meditando con la frente contraída y los dedos jugueteando en su largo y rubio bigote. Por último dijo:
—¡Burger, usted mismo se ha delatado! Esas palabras suyas sólo pueden referirse a una cosa. Usted ha descubierto una catacumba nueva.
—No he dudado ni por un momento de que usted llegaría a esa conclusión examinando estos objetos.
—Desde luego, parecían apuntar en ese sentido; pero sus últimas observaciones me dieron la certidumbre. No existe lugar, como no sea una catacumba, que pueda contener una reserva de reliquias tan enorme como la que usted describe.
—Así es. La cosa no tiene misterio. En efecto, he descubierto una catacumba nueva.
—¿Dónde?
—Ese es mi secreto, querido Kennedy. Basta decir que su situación es tal, que no existe una probabilidad entre un millón de que alguien la descubra. Pertenece a una época distinta de todas las catacumbas conocidas, y estuvo reservada a los enterramientos de cristianos de elevada condición, y por eso los restos y las reliquias son completamente distintos de todo lo que se conoce hasta ahora. Si yo ignorara su saber y su energía, no vacilaría, amigo mío, en contárselo todo bajo juramento de guardar secreto. Pero tal como están las cosas, no tengo más remedio que preparar mi propio informe sobre la materia antes de exponerme a una competencia tan formidable.

Kennedy amaba su especialidad con un amor que llegaba casi a la monomanía, con un amor al que se mantenía fiel en medio de todas las distracciones que se le brindan a un joven rico y disoluto. Era ambicioso, pero su ambición resultaba cosa secundaria, frente al simple gozo abstracto y al interés en todo aquello que guardaba relación con la vida y la historia antigua de Roma. Anhelaba ya el ver con sus propios ojos este nuevo mundo subterráneo que su compañero había descubierto, y dijo con vivacidad:

—Escuche, Burger; le aseguro que puede tener en mí la más absoluta confianza en este asunto. Nada será capaz de inducirme a poner por escrito cosa alguna de cuanto vean mis ojos hasta que usted me autorice de una manera explícita. Comprendo perfectamente su estado de ánimo y me parece muy natural, pero nada puede temer realmente de mí. En cambio, si usted no me explica el asunto, esté seguro de que realizaré investigaciones sistemáticas al respecto, y de que sin la menor duda, llegaré a descubrirlo. Como es natural, si tal cosa ocurriese y no estando sujeto a compromiso alguno con usted, haría de mi descubrimiento el uso que bien me pareciera.

Burger contemplaba reflexivo y sonriente su cigarro y le contestó:
—Amigo Kennedy, he podido comprobar que cuando me hacen falta datos sobre algún problema, no siempre se muestra usted dispuesto a proporcionármelos.
—¿Cuándo me ha planteado alguna pregunta a la que yo no haya contestado? Recuerde, por ejemplo, cómo le proporcioné los materiales para su monografía referente al templo de las vestales.
—Bien, pero se trataba de un tema de poca importancia. No estoy seguro de que usted me contestase si yo le hiciera alguna pregunta sobre asuntos íntimos. Esta catacumba nueva es para mí un asunto de la máxima intimidad, y a cambio tengo yo derecho a esperar que usted me dé alguna prueba de confianza.
El inglés contestó:
—No veo adónde va usted a parar; pero si lo que quiere dar a entender es que responderá a mis preguntas relativas a la catacumba si yo contesto a cualquiera de las suyas, puedo asegurarle que así lo haré.
Burger se recostó cómodamente en su sofá, y lanzó al aire un árbol de humo azul de su cigarro. Luego dijo:
—Pues bien; dígame todo lo que hubo en sus relaciones con miss Mary Saunderson.
Kennedy se puso de pie de un salto y clavó una mirada de irritación en su impasible acompañante. Luego exclamó:
—¿Adónde diablos va usted a parar? ¿ Qué clase de pregunta es ésa? Si usted ha pretendido hacer una broma, de verdad que jamás se le ha ocurrido otra peor.
—Pues no, no lo dije por bromear —contestó Burger con inocencia. La verdad es que tengo interés por conocer el asunto en detalle. Yo estoy en la más absoluta ignorancia en todo cuanto se refiere al mundo y a las mujeres, a la vida social y a todas esas cosas, y por eso un episodio de esa clase ejerce sobre mí la fascinación de lo desconocido. Lo conozco a usted, la conocía de vista a ella. Llegué incluso en una o dos ocasiones a conversar con esa señorita. Pues bien, me agradaría muchísimo oír de sus propios labios y con toda exactitud, cuanto ocurrió entre ustedes.
—No le diré una sola palabra.
—Perfectamente. Fue solo un capricho mío para ver si usted era capaz de descubrir un secreto con la misma facilidad con que esperaba que yo le descubriese el de la catacumba nueva. Yo no esperaba que usted revelase el suyo, y no debe esperar que yo revele el mío. Bueno, el reloj de San Juan está dando las diez. Es ya hora de que me retire a mi casa.
—No, Burger. Espere un poco —exclamó Kennedy—. Es verdaderamente un capricho ridículo suyo el querer saber detalles de un lío amoroso que acabó hace ya meses. Ya sabe que al hombre que besa a una mujer y lo cuenta, lo consideramos como el mayor de los cobardes y de los villanos.
—Desde luego —dijo el alemán, recogiendo su canastilla de antigüedades—, y lo es cuando se refiere a alguna muchacha de la que nadie sabe nada. Pero bien sabe usted que el caso del que hablamos fue la comidilla de Roma, y que con aclararlo no perjudica en nada a miss Mary Saunderson. De todos modos, yo respeto sus escrúpulos. Buenas noches.
—Espere un momento, Burger—dijo Kennedy, apoyando su mano en el brazo del otro—. Tengo un interés vivísimo en el asunto de esa catacumba y no renuncio así como así. ¿Por qué no me pregunta sobre alguna otra cosa? Sobre algo que no resulte tan fuera de lugar.
—No, no. Usted se ha negado, y no hay más que hablar—contestó Burger con la canastilla bajo el brazo—. Tiene usted mucha razón en no contestar, y yo también la tengo. Buenas noches, pues, otra vez, amigo Kennedy.

El inglés vio cómo Burger cruzaba la habitación; pero hasta que el alemán no tuvo la mano en el picaporte no le gritó, con el acento de quien se decide de pronto a sacar el mejor partido de algo que no puede evitar.

—No siga adelante, querido amigo. Creo que eso que hace es una ridiculez; pero, puesto que es usted así, veo que no tendré más remedio que pasar por su exigencia. Me repugna hablar acerca de ninguna muchacha; pero, como usted bien dice, el asunto ha corrido por toda Roma, y no creo que usted encuentre novedad alguna de cuanto yo pueda contarle. ¿Qué es lo que quería saber?
El alemán volvió a aproximarse a la estufa, y dejando en el suelo la canastilla, se arrellanó nuevamente en su sofá, diciendo:
—¿Puedo servirme otro cigarro? ¡Muchas gracias! Nunca fumo mientras me dedico al trabajo; pero saboreo mucho más una charla si saboreo al mismo tiempo un cigarro. A propósito de esa señorita con la que tuvo su pequeña aventura, ¿qué diablos ha sido de ella?
—Está en Inglaterra, con su familia.
—¡Vaya! ¿De modo que en Inglaterra y con su familia?
—Sí.
—¿En qué parte de Inglaterra? En Londres, quizá.
—No, en Twickenham.
—Mi querido Kennedy, tendrá que saber disculpar mi curiosidad, y atribúyala a mi ignorancia del mundo. Desde luego que resulta asunto sencillo el convencer a una señorita joven de que se fugue con uno durante tres semanas y entregarla luego a sus familiares de.... ¿cómo dijo que se llama la población?
—Twickenham.
—Eso es; Twickenham. Pero es algo que se sale tan por completo de todo lo que yo he hecho, que no consigo imaginarme siquiera cómo se las arregló usted. Por ejemplo, si hubiese estado enamorado de esa joven, es imposible que ese amor desapareciese en tres semanas, de modo que me imagino que nunca la amó. Pero si no la amaba, ¿para qué levantó usted semejante escándalo, que ha redundado en su propio daño y que ha arruinado la vida de ella?
Kennedy contempló malhumorado el rojo de la estufa y dijo:
—Desde luego que hay lógica en esa manera de encarar el problema. La palabra amor es de mucha envergadura y corresponde a muchísimos matices distintos del sentimiento. La muchacha me gustó. Ya sabe todo lo encantadora que podía parecer, puesto que la conoció y le habló. La verdad es que, volviendo la vista hacia el pasado, estoy dispuesto a reconocer que nunca sentí por ella un verdadero amor.
—Pues entonces, mi querido Kennedy, ¿por qué lo hizo.
—Por lo mucho que la cosa tenía de aventura.
—¡Cómo! ¿Tanta afición tiene usted a las aventuras?
—¿Qué es lo que quita monotonía a la vida sino ellas? Si empecé a galantearla fue por puro afán de aventura. Hubo tiempos en que perseguí mucha caza mayor, pero le aseguro que no hay caza como la de una mujer bella. En este caso estaba también la pimienta de la dificultad, porque, como era la acompañante de lady Emily Rood, resultaba casi imposible entrevistarse con ella a solas. Y para colmo de obstáculos que daban atractivo a la empresa, ella misma me dijo a la primera de cambio que estaba comprometida.
—Mein Gott!¿Con quién?
—No dio el nombre.
—Yo no creo que nadie esté enterado de ese detalle. ¿De modo que fue eso lo que dio mayor fascinación a la aventura?
—La salpimentó, por lo menos. ¿No opina usted lo mismo?
—Le vuelvo a decir que yo estoy en ayunas en esos asuntos.
—Mi querido camarada, usted puede recordar por lo menos que la manzana que hurtó del huerto de su vecino le pareció siempre más apetitosa que la del suyo propio. Y después de eso, me encontré con que ella me quiso.
—¿Así? ¿De sopetón?
—¡Oh, no! Me llevó por lo menos tres meses de labor de zapa y ataque. Pero la conquisté, por fin. La muchacha comprendió que el estado de separación judicial en que me encuentro con respecto a mi esposa, me imposibilitaba para entrar con ella por el camino legal. Pero se fugó conmigo, a pesar de todo, y mientras duró la aventura lo pasamos estupendamente.
—Pero ¿y el otro?
Kennedy se encogió de hombros, y contestó:
—Yo creo que es un caso de supervivencia de los mejores. Si él hubiese sido el mejor de los dos, ella no lo habría abandonado. Pero basta ya del tema, porque ha llegado a hastiarme.
—Sólo otra pregunta: ¿cómo se desembarazó de ella a las tres semanas?
—En ese tiempo, como usted comprenderá, ya había bajado un poco nuestra temperatura. Ella se negó a regresar a Roma, no queriendo reanudar el trato con quienes la conocían. Pues bien; Roma es una cosa indispensable para mí, y ya me dominaba la nostalgia de volver a mis tareas. Como verá, existía una razón potente para separamos. Aparte de eso, y cuando estábamos en Londres, su anciano padre se presentó en el hotel, y tuvimos una escena desagradable. Total, que la aventura tomó el peor cariz, y yo me alegré de darla por terminada, aunque al principio eché terriblemente de menos a la muchacha. Bien, ya está. Cuento con que usted no repetirá ni una palabra de lo que acabo de contarle.
—Ni en sueños se me ocurriría tal cosa, Kennedy. Pero todo eso me ha interesado mucho, porque me proporciona una visión de las cosas completamente distinta dc la que yo acostumbro, debido a que conozco poco la vida. Y después de eso, querrá que yo le hable de mi catacumba nueva. No merece la pena de que yo trate de describírsela, porque con mis datos verbales jamás llegaría usted a encontrarla. Lo único que viene al caso es que le lleve a ella.
—Sería una cosa magnífica.
—¿Cuándo le gustaría ir?
—Cuanto antes, mejor. Me muero por visitarla.
—Pues bien; hace una noche espléndida, aunque un poquitín fría. Podemos emprender la excursión dentro de una hora. Es preciso que adoptemos toda clase de precauciones para que el descubrimiento no trascienda de nosotros dos. Si alguien nos viera salir en pareja a explorar, sospecharía que algo está en marcha.
—Desde luego—contestó Kennedy—. Toda precaución es poca. ¿Queda lejos?
— A unas millas de aquí.
—¿No será mucha distancia para hacerla a pie?
—Al contrario, podemos ir paseando sin dificultad.
—Entonces, eso es lo mejor. Si un cochero nos dejara a noche cerrada en algún sitio solitario, le entrarían recelos.
—Así es. Creo que lo mejor que podemos hacer es citarnos para las doce de la noche en la Puerta de la Vía Appia. Yo necesito regresar a mi domicilio para proveerme de cerillas, velas y todo lo demás.
—¡Magnífico, Burger! Es usted verdaderamente amable en acceder a revelarme este secreto, y le prometo no escribir nada al respecto hasta después de que haya publicado su memoria. ¡Hasta luego, pues! A las doce me encontrará en la puerta.

Cuando Burger, embozado en un capote de estilo italiano y con una linterna colgando de su mano derecha, llegó al lugar de la cita, vibraban por la fría y clara atmósfera de la noche, las notas musicales de las campanas de aquella ciudad de los mil relojes. Kennedy salió de la oscuridad y se le acercó. El alemán le dijo riendo:

—Es usted tan apasionado para el trabajo como para el amor.
—Tiene razón, porque llevo esperándolo casi media hora.
—Espero que no habrá dejado ninguna clave que permita a otros suponer a qué lugar nos dirigimos.
—No soy tan estúpido como para eso. Además, el frío se me ha metido hasta los huesos. Vamos andando, Burger, y entremos en calor con una rápida caminata.

Las pisadas de ambos resonaban ágiles sobre el tosco pavimento de piedra de la lamentable vía, único resto que queda de la carretera más célebre del mundo. No tuvieron mayores encuentros que el de un par de campesinos que marchaban de la taberna a su casa, y algunos carros de otros que llevaban sus productos al mercado de Roma. Avanzaron, pues, con rapidez por entre las tumbas colosales que asomaban de entre la oscuridad a uno y otro lado. Cuando llegaron a las Catacumbas de San Calixto y vieron alzarse frente a ellos, sobre el telón de fondo de la luna naciente, el gran bastión circular de Cecilia Metella, se detuvo Burger, llevándose la mano a un costado.
—Sus piernas son más largas que las mías y está más acostumbrado a caminar—dijo riéndose—. Me parece que el sitio en que tenemos que desviarnos queda por aquí. Sí, en efecto, hay que doblar la esquina de esa trattoria. El sendero que sigue es muy estrecho, de manera que quizá sea preferible que yo marche adelante.

Había encendido su linterna. Alumbrados por su luz pudieron seguir por una huella angosta y tortuosa que serpenteaba por las tierras pantanosas de la campaña. El enorme Acueducto de Roma se alargaba igual que un gusano monstruoso por el claro de luna, y su camino pasaba por debajo de uno de los descomunales arcos, dejando a un lado la circunferencia del muro de ladrillos en ruinas de un viejo anfiteatro. Burger se detuvo, al fin, junto a un solitario establo de madera, y sacó de su bolsillo una llave. Kennedy, al verlo, exclamó:

—¡No es posible que su catacumba esté dentro de una casa!
—La entrada sí que lo está. Eso es precisamente lo que evita el peligro de que nadie la descubra.
—¿Está enterado el propietario?
—Ni mucho menos. Él fue quien hizo un par de hallazgos por los que yo deduje, casi con seguridad, que la casa estaba construida sobre la entrada de una catacumba. En vista de eso, se la alquilé y realicé yo mismo las excavaciones. Entre usted, y cierre luego la puerta.
Era una construcción larga y vacía, con los pesebres de las vacas a lo largo de una de las paredes. Burger depositó su linterna en el suelo y la tapó con su gabán, salvo en un solo sentido, diciendo:
—Podría llamar la atención, si alguien viese luz en un lugar abandonado como éste. Ayúdeme a levantar esta plataforma de tablas.

Entre el suelo y las tablas había, en el ángulo, algo de holgura, y los dos sabios fueron levantándolas una a una y colocándolas de pie, apoyadas en la pared. Se veía en el fondo una abertura cuadrada y una escalera de piedra antigua, por la que se descendía a las profundidades de la caverna.

—¡Tenga cuidado! —gritó Burger, al ver que Kennedy, aguijoneado por la impaciencia, se lanzaba escaleras abajo—. Es una verdadera madriguera de conejos, y quien se extravíe en su interior, tiene cien probabilidades contra una de quedarse dentro. Espere a que yo traiga la luz.
—Si tan complicada es, ¿cómo se las arregla para orientarse?
—Pasé al principio verdaderos momentos de angustia, pero poco a poco he aprendido a ir y venir con seguridad. Las galerías están construidas con cierto sistema, pero una persona desorientada y sin luz no sabría salir. Aun ahora llevo mis prevenciones hasta el punto de que, cuando me adentro mucho, voy soltando un rollo de cable fino. Usted mismo puede ver, desde donde está, que la cosa es complicada. Pues bien, cada uno de esos pasillos se divide y subdivide en una docena más antes de las próximas cien yardas.

Habían bajado unos veinte pies desde el nivel de los establos y se encontraban dentro de una cámara cuadrada, excavada en la blanda piedra caliza. La linterna proyectaba sobre las agrietadas paredes una luz oscilante, intensa en el suelo y débil en lo alto. De este centro común irradiaban negras bocas en todas las direcciones. Burger dijo:

—Sígame de cerca, amigo mío. No se entretenga mirando nada de lo que se ofrece en nuestro camino, porque en el sitio al que lo conduzco encontrará todo lo que por aquí pueda ver y otras muchas cosas. Ahorraremos tiempo marchando hasta allí directamente.

Avanzó Burger con resolución por uno de los pasiIlos, y detrás de él Kennedy, pisándole los talones. De trecho en trecho, el pasillo se bifurcaba; pero era evidente que Burger seguía algún propio sistema suyo de señales secretas, porque nunca se detenía ni dudaba. Por todas partes, a lo largo de las paredes, los cristianos de la antigua Roma yacían en huecos que recordaban las literas de un buque de emigrantes. La amarilla luz se proyectaba vacilante sobre los arrugados rasgos faciales de las momias, resbalando sobre las redondeces de los cráneos y de las canillas, largas y blancas, de los brazos cruzados sobre los descarnados pechos. Kennedy miraba con ojos ansiosos, sin dejar de avanzar, las inscripciones, los vasos funerarios, las pinturas, las ropas y los utensilios que seguían en el mismo sitio en que los colocaron manos piadosas muchos siglos antes. Comprendió con toda claridad, sólo con esos ojeadas que lanzaba al pasar, que aquella catacumba era la más antigua y la mejor, y que encerraba una cantidad de restos romanos superior a todo lo que hasta entonces se había podido ofrecer en un mismo lugar a la observación en los investigadores.

—¿Que ocurriría si se apagara la luz? —preguntó, mientras avanzaba apresuradamente.
—Tengo de reserva en el bolsillo una vela y una caja de cerillas. A propósito, Kennedy, ¿tiene usted cerillas?
—No, sería bueno que usted me diese algunas.
-¡Bah!, no es necesario, porque no hay ninguna posibilidad de que nos separemos el uno del otro.
—¿Vamos a penetrar muy adentro? Creo que llevamos ya avanzado por lo menos un cuarto de milla.
—Yo creo que más. La verdad es que el espacio que ocupan las tumbas no tiene límites o, por lo menos, yo no he encontrado todavía el final. Este sitio en que ahora entramos es muy complicado, de modo que voy a emplear nuestro rollo de cuerda fina.

Ató una extremidad de la soga a una piedra saliente y puso el rollo en el pecho de su chaqueta, dando cuerda a medida que avanzaban. Kennedy comprendió el requerimiento, porque los pasillos eran cada vez más complicados y tortuosos, formando una perfecta red de galerías cortadas entre sí. Desembocaron, por fin, en un amplio salón circular en el que se veía un pedestal cuadrado de toba, recubierta en la parte superior con una losa de mármol. Burger hizo balancear su linterna sobre la superficie marmórea, y Kennedy exclamó como en un éxtasis:

—¡Por Júpiter! Éste es un altar cristiano. Probablemente el más antiguo de cuantos existen. He aquí, grabada en un ángulo, la crucecita de la consagración. Este salón circular sirvió sin duda de iglesia.
—¡Exactamente! —dijo Burger—. Si yo dispusiera de más tiempo, me gustaría enseñarle todos los cuerpos enterrados en los nichos de estas paredes, porque son de los primeros papas y obispos de la iglesia, y fueron enterrados con sus mitras, báculos y todas sus insignias canónicas. Acérquese a mirar ése que hay allí.
Kennedy cruzó el salón y se quedó contemplando la fantasmal cabeza, que quedaba muy holgada dentro de la mitra hecha jirones y comida por la polilla.
—Esto es interesantísimo —exclamó, y pareció que su voz resonaba con fuerza en la concavidad de la bóveda—. En lo que a mí concierne, es algo único. Acérquese con la linterna, Burger, porque quiero examinar todos estos nichos.
Pero el alemán se había alejado hasta el lado contrario de aquel salón, y estaba de pie en el centro de un círculo de luz.
—¿Sabe usted la cantidad de vueltas y más vueltas equivocadas que hay desde aquí hasta las escaleras? —preguntó—. Son más de dos mil. Sin duda, los cristianos recurrieron a ese sistema como medio de protección. Hay dos mil probabilidades contra una de que, incluso disponiendo de una luz, consiga una persona salir de aquí; pero si tuviese que hacerlo moviéndose entre tinieblas, le resultaría muchísimo más difícil.
—Así lo creo también.
—Además, estas tinieblas son cosa de espanto. En una ocasión quise hacer un experimento para comprobarlo. Vamos a repetirlo ahora.

Burger se inclinó hacia la linterna, y un instante después Kennedy sintió como que una mano invisible le oprimía con gran fuerza los dos ojos. Hasta entonces no había sabido lo que era oscuridad. Esta de ahora parecía oprimirlo y aplastarlo. Era un obstáculo sólido, cuyo contacto evitaba el avance del cuerpo. Kennedy alargó las manos como para empujar lejos de él las tinieblas, y dijo:

—Basta ya, Burger. Encienda otra vez la luz.
Pero su compañero rompió a reír, y dentro de aquella habitación circular, la risa parecía proceder de todas partes al mismo tiempo. El alemán dijo después:
—Amigo Kennedy, parece que se siente usted inquieto.
—¡Venga ya, hombre, encienda la luz! —exclamó Kennedy con impaciencia.
—Es una cosa extraña, Kennedy, pero yo sería incapaz de decir en qué dirección se encuentra usted guiándome por la voz. ¿Podría usted decir dónde me encuentro yo?
—No, porque parece estar en todas partes.
—Si no fuese por esta cuerdecita que tengo en mi mano, yo no tendría la menor idea del camino que debo seguir.
—Lo supongo. Encienda una luz, hombre, y dejémonos ya de tonterías.
—Pues bien, Kennedy, tengo entendido que hay dos cosas a las que es usted muy aficionado. Una de ellas es la aventura, y la otra, el que tenga obstáculos que vencer. En este caso, la aventura ha de consistir en que usted se las arregle para salir de esta catacumba. El obstáculo consistirá en las tinieblas y en los dos mil ángulos equivocados que hacen difícil esa empresa. Pero no necesita darse prisa, porque dispone de tiempo en abundancia. Cuando haga un alto de cuando en cuando para descansar, me agradaría que usted se acordase precisamente de miss Mary Saunderson, y que reflexionara en si se portó usted con ella con toda decencia.
—¿A dónde va usted a parar con eso, maldito demonio?—bramó Kennedy.

Había empezado a correr de un lado para otro, moviéndose en pequeños círculos y aferrándose con ámbas manos a la sólida oscuridad.

—Adiós—dijo la voz burlona, ya desde alguna distancia—. Kennedy, basándome en su misma exposición del asunto, la verdad es que no creo que usted hizo lo que debía en lo relativo a esa muchacha. Sin embargo, hay un pequeño detalle que usted, por lo visto, no conoce, y que yo estoy en condiciones de proporcionárselo. Miss Saunderson estaba comprometida para casarse con un pobre diablo, con un desgarbado investigador que se llamaba Julius Burger.

Se oyó en alguna parte un rozamiento, un vago sonido de un pie que golpeaba en una piedra, y de pronto cayó el silencio sobre aquella iglesia cristiana de la antigüedad. Fue un silencio estancado, abrumador, que envolvió por todas partes a Kennedy, lo mismo que el agua envuelve a un hombre que se está ahogando.

Unos dos meses después corrió por toda la prensa europea el siguiente relato: El descubrimiento de la catacumba nueva de Roma es uno de los más interesantes entre los de los últimos años. La catacumba se encuentra situada a alguna distancia, hacia el Oriente, de las conocidas bóvedas de San Calixto. El hallazgo de este importante lugar de enterramientos, extraordinariamente rico en interesantísimos restos de los primeros tiempos del cristianismo, se debe a la energía e inteligencia del joven especialista alemán doctor Julius Burger, que se está colocando rápidamente en primer lugar como técnico en los temas de la Roma antigua. Aunque el doctor Burger haya sido el primero en llevar al público la noticia de su descubrimiento, parece que otro aventurero con menos suerte se le adelantó. Unos meses atrás desapareció repentinamente de las habitaciones que ocupaba en el Corso, el conocido investigador inglés míster Kennedy. Se hicieron conjeturas asociando esa desaparición con el escándalo social que tuvo lugar poco antes, suponiéndose que se habría visto por ello impulsado a abandonar Roma. Por lo que ahora se ve, dicho señor fue víctima del fervoroso amor a la arqueología, que lo había elevado a un plano distinguido entre los investigadores actuales. Su cadáver ha sido descubierto en el corazón de la catacumba nueva, y del estado de sus pies y de sus botas se deduce que caminó días y días por los tortuosos pasillos que hacen de estas tumbas subterráneas un lugar peligroso para los exploradores. Por lo que se ha podido comprobar, el muerto, llevado de una temeridad inexplicable, se metió en aquel laberinto sin llevar consigo velas ni cerillas, de modo que su lamentable desgracia fue un resultado lógico de su propia precipitación. Lo más doloroso del caso es que el doctor Julius Burger era íntimo amigo del difunto, por lo que su júbilo ante el extraordinario descubrimiento que ha tenido la suerte de hacer se ha visto grandemente mellado por el espantoso final de su camarada y compañero de trabajos.

Los nuevos Adán y Eva. Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

Nosotros, que hemos nacido dentro del sistema artificial del mundo, nunca podremos saber adecuadamente lo poco que hay de natural en nuestro estado y circunstancias presentes, y cuánto se debe simplemente la interpolación de la mente y el corazón pervertidos del hombre. El arte se ha convertido en una segunda naturaleza, más potente; es una madrastra cuya ternura astuta nos ha enseñado a despreciar los servicios bondadosos y sanos de nuestros padres auténticos. Sólo mediante la imaginación podemos debilitar esos grilletes de hierro, a los que llamamos verdad y realidad, y darnos cuenta aunque sólo sea parcialmente de hasta qué punto somos prisioneros. Por ejemplo, supongamos que se ha demostrado cierta la interpretación que de las profecías hacía el buen padre Miller. El día del Juicio Final ha estallado sobre el globo barriendo por completo la raza de los hombres. En las ciudades y en los campos, en las costas y en las regiones montañosas del interior, en los vastos continentes y hasta en las islas más remotas de los océanos han desaparecido todos los seres vivos. Ningún aliento de un ser creado turba esta atmósfera terrenal. Pero las moradas del hombre y todo lo que éste ha logrado, las huellas de sus andaduras y los resultados de su trabajo, los símbolos visibles de su esfuerzo intelectual y su progreso moral —en resumen, todo lo físico que puede dar prueba de su posición actual— permanecerá sin ser tocado por la mano del destino. Entonces, para que hereden y vuelvan a poblar esta tierra desértica y vacía, supongamos que han sido creados un nuevo Adán y una nueva Eva con pleno desarrollo de la mente y el corazón, pero sin el conocimiento de sus predecesores ni de las circunstancias enfermas que se han incrustado a su alrededor. Esa pareja distinguiría enseguida entre arte y naturaleza. Su instinto e intuición reconocerían inmediatamente la sabiduría y simplicidad de la última; mientras que la primera, con sus perversidades elaboradas, les ofrecería una continua sucesión de enigmas.

Intentemos, mitad como diversión y mitad seriamente, seguir a esos herederos imaginarios de nuestra mortalidad a lo largo de su experiencia del primer día. Sólo ayer se extinguió la llama de la vida humana; una noche entera ha transcurrido sin aliento; y ahora se acerca otra mañana esperando encontrar la tierra tan desolada como en la tarde anterior.

Ha amanecido. El este adopta su rubor inmemorial aunque ningún ojo humano lo esté contemplando; pues todos los fenómenos del mundo natural se renuevan a pesar de la soledad que se extiende ahora por el globo. Todavía hay belleza en la tierra, el mar y el cielo, por la belleza misma. Pero pronto habrá espectadores. Exactamente cuando el primer rayo de sol cubre de oro las cumbres de las montañas de la tierra, cobran vida dos seres, pero no en un edén que ha florecido para dar la bienvenida a nuestros primeros padres, sino en el corazón de una ciudad moderna.

Descubren que existen y se miran a los ojos. Su emoción no es asombro; tampoco se sienten perplejos por el esfuerzo de descubrir qué son, de dónde vienen y por qué están ahí. Cada uno se satisface con el hecho de ser, porque el otro existe igualmente; y su primera conciencia es de calma y gozo mutuo, que no les parece haber nacido en ese mismo momento, sino prolongarse desde una eternidad pasada. Así, contentos con una esfera interior que habitan conjuntamente, de inmediato el mundo exterior no les turba en esa observación.

Sin embargo, muy pronto sienten la necesidad invencible de esta vida terrenal y empiezan a reconocer los objetos y circunstancias que les rodean. Quizás el paso más decisivo que tengan que dar se produzca cuando por primera vez se apartan de la realidad de su mirada mutua para pasar a los sueños y sombras que les confunden en todos los otros lugares.

—Dulcísima Eva, ¿dónde estamos? —pregunta el nuevo Adán, pues el lenguaje, o algún modo de expresión equivalente, ha nacido con ellos y se produce tan naturalmente como la respiración—. Creo que no reconozco este lugar.

—Tampoco yo, querido Adán —contesta la nueva Eva—. ¡Y qué extraño es! ¡Permite que me acerque a tu lado para contemplarte sólo a ti; pues todo lo demás que veo turba y confunde mi espíritu!
—No, Eva —contesta Adán, que parece tener una tendencia más fuerte hacia el mundo material—. Será bueno que aprendamos un poco de estas cosas. Aquí nos encontramos en una situación extraña. Observemos lo que nos rodea.

Seguramente lo que ven es suficiente para colocar a los nuevos herederos de la tierra en un estado de perplejidad sin esperanza. ¡Las largas líneas de edificios, con las ventanas brillando en el amanecer amarillo, y la calle estrecha en medio, con su pavimento vacío que había sido recorrido y golpeado por ruedas que ahora traquetean en un pasado irrevocable! ¡Las señales, jeroglíficos ininteligibles! ¡La deformidad cuadrada y fea, regular o irregular, de todo lo que encuentra el ojo! ¡Las marcas de desgaste y de decadencia y falta de renovación que distinguen las obras del hombre del crecimiento de la Naturaleza! ¿Qué hay en todo esto que sea capaz de producir el más ligero significado en unas mentes que no saben nada del sistema artificial implicado en cada farol o en cada ladrillo de las casas? Además, la soledad y el silencio absolutos en un escenario que originalmente surgía del ruido y el ajetreo tiene que producir necesariamente un sentimiento de desolación incluso en Adán y Eva, que no pueden sospechar que pertenecen a la existencia humana recientemente extinta. En un bosque, la soledad sería vida; pero en una ciudad es muerte.

La nueva Eva mira a su alrededor con una sensación de duda y desconfianza, lo mismo que una dama de ciudad, hija de innumerables generaciones de ciudadanos, experimentaría si de pronto se viera transportada al jardín del Edén. Finalmente, bajando la mirada descubre una pequeña mata de hierba que empieza a brotar entre las piedras del pavimento; la coge ilusionada y se da cuenta de que esa pequeña mata de hierba despierta alguna respuesta dentro de su corazón. La Naturaleza no encuentra ninguna otra cosa que ofrecerle. Adán, tras mirar la calle arriba y abajo sin detectar un solo objeto que pueda entender, vuelve finalmente su r frente hacia el cielo. Allí hay, ciertamente, algo que su alma interior reconoce.

—Mira allí, Eva mía —grita—. Seguramente deberíamos habitar entre esas nubes de tonos dorados o en el azul profundo que hay tras ellas. No sé cómo ni cuándo, pero evidentemente nos hemos alejado de nuestra casa; pues aquí no veo nada que parezca pertenecemos.
—¿Y no podremos subir allí? —pregunta Eva.
—¿Por qué no? —contesta Adán con esperanza—. Pero no; hay algo que nos sujeta aquí abajo a pesar de nuestros esfuerzos. Quizás después podamos encontrar un camino.

Con la energía de la nueva vida la ascensión al cielo no parece una hazaña imposible. Pero ya han recibido una triste lección que puede acabar por reducirles al nivel de la raza desaparecida, cuando reconozcan la necesidad de seguir los caminos de tierra batida. Comienzan a pasear por la ciudad con la esperanza de encontrar la salida de esa esfera desagradable. A pesar de la elasticidad reciente de sus espíritus, han descubierto ya la idea del aburrimiento. Les observamos entrar en algunas tiendas y edificios públicos o privados; pues todas las puertas, ya sean de un concejal o de un mendigo, de una iglesia o de un edificio estatal, han quedado totalmente abiertas por el mismo agente que acabó con quienes en ellas vivían.

Sucede entonces que hacen la primera visita a unos almacenes de artículos de moda, lo que es afortunado pues Adán y Eva siguen llevando unos vestidos más convenientes para el Edén. No hay dependientes corteses pero inoportunos que se apresuren a recibir sus pedidos; no hay una multitud de damas revolviendo entre las elegantes telas parisinas. Todo está desértico; el comercio se ha detenido y ni siquiera un eco del santo y seña nacional, el «¡pasen ustedes!» perturba la tranquilidad de los nuevos clientes. Pero hay muestras de las últimas modas terrenales, sedas de todos los tonos, y lo que hay de más delicado o espléndido para la decoración de la forma humana esparcido por alrededor con la misma abundancia que las hojas brillantes del otoño en un bosque. Adán examina algunos artículos, pero los aparta descuidadamente con cualquier exclamación que en el nuevo vocabulario de la Naturaleza corresponda a un «¡puaf!» o un «¡bah!». Sin embargo Eva —y dicho sea esto sin ofender a su pudor original— examina estos tesoros de su sexo con un interés más pronunciado. Sobre el mostrador había un par de corsés; los examina con curiosidad, pero no sabe qué puede hacer con ellos. Coge luego una seda de moda mientras en la oscuridad se mueven a tientas anhelos oscuros, pensamientos que van de aquí para allá, instintos.

—En general no me gusta —comenta ella dejando sobre el mostrador la tela brillante—. Pero es muy extraño, Adán. ¿Qué pueden significar estas cosas? Seguramente debería saberlo; es como si me introdujeran en un laberinto.
—¡Bah! Mi querida Eva, ¿por qué inquietar tu cabecita con esas tonterías? — pregunta Adán en un ataque de impaciencia—. Vayámonos a otra parte. Pero un momento... ¡fíjate qué hermoso! ¡Mi queridísima Eva, qué encanto has dado a esa túnica sólo con ponértela por encima de los hombros!

Pues Eva, con el gusto que la Naturaleza había introducido en su composición, se ha envuelto en unos restos de esa exquisita gasa plateada, produciendo un efecto que da a Adán su primera idea acerca del embrujo del vestido. Contempla a su esposa bajo una luz nueva y con una admiración renovada; pero difícilmente se acomodaba con algo que no fuera los cabellos dorados de Eva. No obstante, emulando el ejemplo de ésta coge un manto de terciopelo azul y se lo pone tan pintorescamente que podría parecer que le había caído desde el cielo sobre su imponente figura. Así vestidos, salieron en busca de nuevos descubrimientos.

Entraron después en una iglesia, pero no para exhibir sus hermosas ropas, sino atraídos por su aguja que señalaba hacia el cielo, al que deseaban ya ascender. Al cruzar la puerta un reloj, al que había dado cuerda el sacristán en su último acto terrenal, dio la hora con tono profundo y reverberante; pues el tiempo ha sobrevivido a su anterior progenie y con la lengua de hierro que le dio el hombre está hablando ahora a sus dos nietos. Ellos le escuchan, pero no le entienden. La Naturaleza mediría el tiempo por la sucesión de pensamiento y actos que constituyen la vida real, y no por las horas de vaciedad. Ascienden por la nave lateral de la iglesia y elevan la mirada al techo. Si nuestro Adán y Eva hubieran sido mortales de alguna ciudad europea y se hubieran perdido en la amplitud y en lo sublime de una catedral antigua, habrían reconocido el propósito con el que la levantaron sus fundadores de almas profundas. Lo mismo que el horror oscuro de un bosque antiguo, su misma atmósfera les habría incitado a rezar.

Pero no podía darse esa influencia dentro de las pequeñas paredes de una iglesia metropolitana. Sin embargo, alguna fragancia de la religión permanece todavía allí, el legado de las almas piadosas que recibieron la gracia de disfrutar de un anticipo de la vida inmortal. Quizás alentaron la profecía de un mundo mejor para sus sucesores, aunque les habrían resultado detestables todas las preocupaciones y calamidades del mundo presente. Eva, hay algo que me impulsa a mirar hacia arriba; pero me inquieta ver ese techo entre nosotros y el cielo. Sigamos avanzando y quizás vislumbremos un Gran rostro mirándonos.

—Sí; un Gran rostro con un haz de amor brillante sobre él, como la luz de sol. —respondió Eva—. Seguramente hemos visto ese semblante en alguna parte.

Salieron de la iglesia y, arrodillándose en el umbral, dieron salida al natural instinto de adoración del espíritu hacia un Padre benefactor. Pero en realidad su vida había sido hasta entonces una oración continua. La pureza y la simplicidad mantienen una conversación constante con su Creador.

Les vemos entrar ahora en un Tribunal de Justicia. Pero ¿pueden tener la más remota concepción de los propósitos de tal edificio? ¿Cómo puede ocurrírseles la idea de que sus hermanos humanos, de naturaleza semejante a la de ellos, e incluidos originalmente en la misma ley del amor que es la única norma de su vida, hubieran necesitado alguna vez un refuerzo exterior de la verdadera voz interior de sus almas? ¿Y qué podrían enseñarles los tristes misterios del crimen salvo una experiencia triste, resultado oscuro de muchos siglos? ¡Ay, Sede del Juicio, no fuiste establecida para los puros de corazón, ni para la simplicidad de la Naturaleza, sino para los hombres duros y llenos de arrugas, y para el montón acumulado de los errores terrenales. Tú eres el símbolo mismo del estado pervertido del hombre.

En un paseo vano, nuestros caminantes visitan después una Cámara Legislativa, y Adán coloca a Eva en la silla del portavoz, sin darse cuenta de la moral que de ese modo ejemplifica. ¡El intelecto del hombre moderado por la ternura y el sentido moral de la mujer! Si de esa manera se legislara el mundo no habría necesidad de cámaras legislativas, capitolios, parlamentos y ni siquiera de esas pequeñas asambleas de patriarcas que se celebraban bajo la sombra de los árboles y por medio de las cuales la libertad fue interpretada por primera vez a la humanidad en nuestras costas nativas.

¿Adónde fueron después? Un destino perverso parece confundirlos presentándoles uno tras otro los acertijos que la humanidad plantea al universo errante, y deja sin resolver tras su propia destrucción. Entran en un edificio de severa piedra gris que está aislado en medio de los otros, triste incluso bajo la luz del sol, a la que apenas deja penetrar a través de las ventanas enrejadas. Es una prisión. El carcelero ha abandonado el puesto al ser llamado por una autoridad superior a la del comisario. Pero ¿y los prisioneros? ¿Cuando el mensajero del destino abrió todas las otras puertas respetó la advertencia del magistrado y la sentencia del juez, y dejó que los internos de los calabozos fueran entregados para que siguiera su curso la ley terrenal? No; un juicio nuevo se había celebrado en un tribunal superior, que puede poner juntos al juez, al jurado y al prisionero, quizás encontrando que ninguno de ellos es menos culpable que los otros. La cárcel, como la tierra entera, es ahora soledad, y así ha perdido parte de su lóbrega tenebrosidad. Pero están allí las celdas estrechas como tumbas, aunque más resecas y mortales, porque en ellas el espíritu inmortal fue enterrado con el cuerpo. En las paredes aparecen inscripciones garabateadas con un lápiz o rascadas con una uña sucia; breves palabras de dolor, quizás, o el desafío desesperado del culpable contra el mundo, o simplemente el registro de una fecha con la que el autor se esforzaba por mantener la cuenta de la marcha de la vida. Ya no existe una mirada viva que pueda descifrar esos recuerdos.

Y salidos tan recientemente de la mano de su Creador, los nuevos habitantes de la tierra, y también sus descendientes durante mil años, no pueden descubrir que ese edificio fue un hospital para la peor enfermedad que podía afligir a sus predecesores.

Sus pacientes llevaban las marcas externas de esa lepra con la que todos estaban infectados en mayor o menor medida. Estaban enfermos, y eran los más puros de sus hermanos, con la plaga del pecado. ¡Una enfermedad ciertamente mortal! Sintiendo sus síntomas dentro del pecho, los hombres los ocultaban con miedo y vergüenza, mostrándose más crueles con aquellos desgraciados cuyas llagas pestíferas eran evidentes para el ojo común. Nada, salvo un vestido rico, podía ocultar la plaga. En el curso de la vida del mundo, se intentaron todos los remedios para curarla y extirparla, salvo el único, la flor que crecía en el cielo y era soberana sobre todas las miserias de la tierra. ¡El hombre no había intentado nunca curar el pecado por medio del AMOR! Si sólo una vez hubiera hecho ese esfuerzo, quizás no habría habido necesidad de ese lazareto oscuro por el que deambulaban Adán y Eva. ¡Apresuraos en vuestra inocencia para que las manchas húmedas de estas paredes todavía conscientes no os infecten y se propague así otra raza caída!

Pasando del interior de la prisión al espacio existente dentro de su muro exterior, Adán se detiene bajo una estructura de lo más simple, pero que para él es totalmente inexplicable. Se compone sólo de dos postes erguidos que sirven de apoyo a una viga transversal de la que cuelga una cuerda.

—¡Eva, Eva! —grita Adán estremeciéndose con un horror inexpresable— ¿Qué puede ser esto?
—No lo sé —responde Eva—. ¡Pero Adán, mi corazón se siente enfermo! ¡Parece como si no existiera ya el cielo... no hubiera luz del sol!

Bien podía Adán estremecerse, y la pobre Eva sentirse enferma, pues ese objeto misterioso era el símbolo del sistema de la humanidad para enfrentarse a las grandes dificultades que Dios le había dado para que solucionara: un sistema miedo y venganza, que nunca tuvo éxito pero que fue seguido hasta el final. A en la mañana de la cita final, un criminal —un criminal, cuando no había nadie que careciera de culpa—había muerto en la horca. Si el mundo hubiera oído los pasos que se acercaban de su propio destino, no habría sido inapropiado cerrar así, registro de sus actos con uno tan característico.

Los dos peregrinos se alejaron entonces presurosamente de la cárcel. Si hubieran sabido que los antiguos habitantes de la tierra estaban encerrados en un error artificial, inmovilizados y encadenados por sus perversiones, habrían comparado todo el mundo moral con una prisión, y habrían considerado que la eliminación de la raza era una libertad general en las cárceles.

Entraron después sin anunciarse, aunque habrían podido tocar en vano en el timbre de la puerta, en una mansión privada, una de las más majestuosas de Beacon Street. Unos compases musicales salvajes y quejumbrosos tiemblan por la casa, elevándose a veces como un sonido solemne de órgano, y otras disminuyendo hasta, convertirse en el más débil murmullo, como si algún espíritu interesado por la familia desaparecida se quejara en la soledad del salón y la cámara. Quizás una virgen, la más pura de la raza mortal, ha quedado atrás para cantar un réquiem por toda la humanidad. No es así. Son los tonos de un arpa eólica a través de la cual la Naturaleza vierte la armonía que yace oculta en cada aliento, ya sea una brisa veraniega o una tempestad. Adán y Eva se pierden en un embeleso que no se mezcla con la sorpresa. El viento pasajero que agitó las cuerdas del arpa se ha callado antes de que puedan pensar en examinar los muebles espléndidos, las alfombras vistosas y la arquitectura de las habitaciones. Estas cosas distraen sus ojos carentes de práctica, pero no evocan nada en sus corazones. Ni siquiera los cuadros que hay sobre las paredes excitan apenas un interés más profundo; pues en la pintura hay algo radicalmente artificial y engañoso con lo que no pueden simpatizar las mentes de simplicidad primigenia. Los huéspedes sin invitación examinan una fila de retratos familiares, aunque demasiado sombríos para reconocerlos como hombres y mujeres bajo el disfraz de un ropaje absurdo, y con los rasgos y la expresión degradados que han heredado a través de generaciones de decadencia física y moral.

Sin embargo el azar les presenta cuadros de belleza humana recién salidos de la mano de la Naturaleza. Al entrar en un magnífico apartamento se sorprenden, sin asustarse, al ver dos figuras que avanzan hacia ellos. ¿No resulta horrible imaginar que en el ancho mundo quedara alguna vida que no fuera la de ellos?

—¿Cómo es esto? —exclama Adán—. Mi hermosa Eva, ¿estás en dos sitios al mismo tiempo?
—¡Y tú también, Adán! —responde Eva, con vacilación, pero encantada—Seguramente esa forma noble y encantadora es la tuya. Y sin embargo, estás aquí a mi lado. Me contento con uno. Creo que no debería haber dos.

El milagro lo ha producido un espejo alto cuyo misterio enseguida descubren, pues la Naturaleza crea un espejo para el rostro humano en cada estanque de agua, y para sus propios y amplios rasgos en los lagos tranquilos. Complacidos y satisfechos de mirarse a sí mismos, descubren ahora en una esquina del salón la estatua de mármol de un niño tan exquisitamente idealizado que casi es digno de asemejarse proféticamente a su primer hijo. La escultura en su más alto grado de excelencia es más auténtica que la pintura y puede parecer que ha evolucionado de un germen natural, por la misma ley que una hoja o una flor. La estatua del niño impresiona a la pareja solitaria como si se tratara de un compañero; asimismo sugiere secretos del pasado y del futuro.

—¡Esposo mío! —susurra Eva.
—¿Qué dices, queridísima Eva? —pregunta Adán.
—Me pregunto si estaremos solos en el mundo —contesta ella con una sensación semejante al miedo al pensar en otros habitantes—. ¡Qué cuerpo tan pequeño y encantador! ¿Respiró alguna vez? ¿O es sólo la sombra de algo real, como nuestras imágenes en el espejo?
—¡Resulta extraño! —contesta Adán apretándose la frente con la mano—. Todo está lleno de misterios a nuestro alrededor. Hay una idea que pasa continuamente ante mí: ¡ojalá pudiera agarrarla! Eva, Eva ¿estamos pisando las huellas de seres que se asemejaban a nosotros? Si es así, ¿adónde han ido? ¿Y por qué su mundo es tan poco adecuado para que nosotros vivamos en él?
—Sólo nuestro gran Padre lo sabe —contesta Eva—. Pero algo me dice que no siempre estaremos solos. ¡Y qué dulce sería que otros seres nos visitaran en la forma de esa bella imagen!

Recorren después la casa y encuentran por todas partes señales de la vida humana, que ahora, con la idea que recientemente se les ha sugerido, provoca una curiosidad más profunda en sus pechos. La mujer ha dejado allí rastros de su delicadeza y refinamiento, y de sus amables trabajos. Eva registra una cesta de trabajo e instintivamente introduce en un dedal la punta rosácea de su dedo. Coge una pieza de encaje, en el que resplandecen flores de imitación, en una de las cuales ha dejado su aguja una hermosa dama de la raza desaparecida. ¡Qué pena que el Día del Juicio se hubiera anticipado a la finalización de una tarea tan útil! Eva se siente casi consciente de la habilidad para terminarla. Un piano ha quedado abierto. Pasa la mano descuidadamente sobre las teclas y toca repentinamente una melodía no menos natural que los compases del arpa eólica, pero gozosa con la danza de su vida todavía sin carga alguna. Cruzando una oscura entrada encuentran una escoba tras la puerta; y Eva, que comprende toda la naturaleza de la feminidad, tiene una idea oscura de que es un instrumento apropiado para su mano. En otra estancia ven una cama con dosel, y todos los instrumentos de un lujoso reposo. Un montón de hojas del bosque les serviría para ello más adecuadamente. Entran en el cuarto de los niños y se quedan perplejos al ver los pequeños batines y gorras, los zapatos diminutos y una cuna entre cuyos ropajes todavía puede verse la impresión de la forma de un bebé. Adán apenas si se da cuenta de esas menudencias, pero Eva entra en una especie de reflexión muda de la que apenas es posible sacarla.

Por una situación de lo más desafortunada iba a darse una gran fiesta en esa mansión el mismo día en el que toda la familia humana, incluyendo los invitados, fueron convocados a las desconocidas regiones del espacio ilimitado. En el momento fatal la mesa estaba ya puesta y el grupo a punto de sentarse. Sin que les hubieran invitado, Adán y Eva acuden al banquete; lleva ya algún tiempo frío, aunque les proporciona muestras espléndidas de la gastronomía de sus predecesores. Es difícil imaginar la perplejidad de esa pareja no pervertida al tratar de encontrar alimentos adecuados para su primera comida en una mesa en la que el apetito cultivado de un grupo selecto iba a ser gratificado. ¿Les enseñará la Naturaleza el misterio de un plato de sopa de tortuga? ¿Les dará la audacia de atacar una pata de carne de venado? ¿Les iniciará en los méritos de la pastelería parisina traída en el último vapor que cruzó el Atlántico? ¿O más bien no les hará apartarse con desagrado del pescado, las aves y la carne, que para su olfato puro exhalan un desagradable olor de muerte y corrupción?

¿Comida? El menú de ésta no contiene nada que ellos reconozcan como tal. Afortunadamente, sin embargo, el postre está preparado en una mesa vecina. Adán, en quien el apetito y los instintos animales son más rápidos que los de Eva, descubre ese banquete apropiado.

—Aquí, querida Eva —exclama—. Aquí hay comida.
—Estupendo —responde ella con el germen de un ama de casa agitándose en su interior—. Hemos estado tan atareados hoy que cualquier cosa nos servirá para la cena.

Eva se acerca a la mesa y recibe de la mano de su esposo una manzana roja como compensación del regalo fatal de su predecesora a nuestro antepasado común. La come sin pecado, y esperemos que sin consecuencias desastrosas para sus descendientes futuros. Toman una comida abundante aunque moderada de frutas, que si bien no han sido recogidas en el Paraíso, derivan legítimamente de las semillas que allí se plantaron. Su apetito principal ha quedado satisfecho.

—¿Qué beberemos, Eva? —pregunta Adán.

Eva mira entre algunas botellas y frascos que, al contener líquidos, piensa que es natural que resulten adecuados para apagar la sed. Pero jamás antes el clarete, el vino del Rin y el de Madeira, de ricos y raros perfumes, provocaron tal desagrado como ahora.

—¡Puah! —exclama tras oler varios vinos—. ¿Qué es lo que contendrán? Los seres que estuvieron antes que nosotros no debían poseer la misma naturaleza que la nuestra: pues ni su hambre ni su sed eran como las nuestras.
—Por favor, pásame esa botella —dice Adán—. Si un mortal puede beberla, humedeceré con ella mi garganta.

Tras algunas protestas, ella coge una botella de champán, pero se asusta por la explosión repentina del corcho y la deja caer al suelo. Allí efervece el licor que aún no han probado. De haberlo bebido habrían experimentado ese breve delirio con el que, excitado por causas morales o físicas, el hombre trataba de recompensarse por los placeres tranquilos y largos que había perdido al rebelarse contra la Naturaleza. Finalmente, en un refrigerador Eva encuentra una jarra de cristal de agua tan pura, fresca y brillante como la que salió nunca de una fuente entre las colinas. Los dos beben, y tan refrescados se sienten que se preguntan el uno al otro si ese líquido precioso no será idéntico al de la corriente de la vida que hay dentro de ellos.

—Y ahora tenemos que intentar descubrir qué tipo de mundo es éste, y por qué hemos sido enviados aquí —comenta Adán.
—¿Por qué? Para amarnos el uno al otro —contesta Eva—. ¿No es ésa tarea suficiente?
—Cierto que lo es —responde Adán besándola—. Pero aun así... no sé... algo nos dice que hay un trabajo que hacer. Quizás la tarea que se nos ha asignado no sea otra que la de ascender al cielo, que es mucho más hermoso que la tierra.
—Entonces estaríamos ya allí —murmura Eva—. ¡Esa tarea o deber habremos de realizarlo entre nosotros!

Abandonan la hospitalaria mansión y les vemos bajar por State Street. El reloj de la Cámara Legislativa marca más del mediodía, cuando la Bolsa debería estar en su gloria y presentar el símbolo más vivo de lo que era la única empresa de la vida, tal como la consideraban una multitud de personas mundanas desaparecidas. Ya ha pasado. El Sabat de la eternidad ha cubierto la calle con su quietud. Ni siquiera un vendedor de prensa asalta a los dos viandantes solitarios con un periódico extra de un penique recién salido de las oficinas del Times o el Mail, que contiene un relato completo de la terrible catástrofe de ayer. De todos los tiempos oscuros que han conocido comerciantes y especuladores, éste es el peor; pues por lo que a ellos concierne la creación misma ha optado por el beneficio de la bancarrota. Al fin y al cabo, es una pena. ¡Todos esos poderosos capitalistas que acababan de alcanzar la riqueza ansiada! ¡Esos perspicaces hombres del comercio que habían dedicado tantos años a la más intrincada y artificial de las ciencias, y apenas la habían dominado cuando la bancarrota universal fue anunciada con toque de trompeta! ¿Pudieron ser tan poco precavidos como para no proporcionar moneda del país adonde habían ido, ni facturas de cambios ni cartas de crédito de los necesitados en la tierra a los cajeros del cielo?

Adán y Eva entran en un banco. ¡No os sobresaltéis, los que tenéis allí atesorados vuestros fondos! Ahora ya no los necesitaréis nunca. No llaméis a la policía. Las piedras de la calle y las monedas de la bóveda valen igual para esa simple pareja. ¡Qué visión tan extraña! Cogen el oro brillante a puñados y lo arrojan por diversión al aire sólo para ver eso que brilla y que carece de valor descender de nuevo como si fuera lluvia. No saben que cada uno de esos pequeños círculos amarillos fue en otro tiempo un hechizo mágico, potente para influir en los corazones de los hombres y engañar su sentido moral. Dejémosles detenerse aquí en la investigación del pasado. Han descubierto la fuente principal, la vida, la esencia misma del sistema que se había convertido en vital para la humanidad, sofocando con su apretón mortal la naturaleza original de aquella.

¡Y qué falto de poder sobre estos jóvenes herederos de las riquezas acaparadas en la tierra! Y allí hay también enormes paquetes de billetes de banco, esas hojas de papel como talismanes que en otro tiempo tenían la eficacia de construir palacios encantados como exhalaciones, y fabricar todo tipo de maravillas peligrosas, y sin embargo no eran más que fantasmas del dinero, las sombras de una sombra. ¡Cómo se asemeja esa bóveda a la cueva de un mago cuando la varita de poder se ha roto, el esplendor visionario ha desaparecido, y el suelo se ha cubierto con los fragmentos de encantamientos despedazados y de formas sin vida que en otro tiempo estaban animadas por demonios!

—Por todas partes, mi querida Eva, encontramos montones de basura de un tipo u otro —comenta Adán—. Estoy convencido de que alguien se esforzó por coleccionarlas, ¿pero con qué propósito? Quizás más tarde nosotros hagamos lo mismo. ¿Es posible que sea ésa nuestra tarea en el mundo?
—¡Oh no, no, Adán! —responde Eva—. Sería mucho mejor sentarnos tranquilamente y mirar hacia el cielo.

Salen del banco, y a tiempo, pues si se hubieran retrasado más probablemente se habrían encontrado con algún duende viejo y gotoso de un capitalista cuya alma ya no podía estar en otra parte que no fuera la cámara acorazada en donde estaba su tesoro. Entran después en el taller de un joyero. Les gusta el brillo de las gemas; Adán entrelaza una cuerda de hermosas perlas alrededor de la cabeza de Eva, y se cierra su manto con un magnífico broche de diamantes. Eva se lo agradece y se mira con placer en el espejo más cercano. Poco después, observando un ramo de rosas y de otras flores brillantes en un jarrón con agua, tira las valiosísimas perlas y se adorna con esas gemas de la Naturaleza, más atractivas. Éstas satisfacen su sentimiento tanto como su belleza.

—Seguramente son seres vivos —comenta a Adán.
—Así lo creo —responde éste—. Y parecen encontrarse tan poco a gusto en el mundo como nosotros.

No debemos intentar seguir cada paso de estos investigadores, a quien su Creador ha encargado, sin que lo sepan, que juzguen las obras y los modos de la raza desaparecida. Para entonces, como están dotados de percepciones rápidas y precisas, empiezan a entender el propósito de muchas cosas que les rodean. Por ejemplo, conjeturan que los edificios de la ciudad fueron levantados no por la mano inmediata que hizo el mundo, sino por seres similares a ellos que buscaban abrigo y comodidad.

Pero ¿cómo explicarán la magnificencia de una morada en comparación con la miseria escuálida de otra? ¿Por qué medio podrá entrar en su mente la idea de la servidumbre? ¿Cuándo comprenderán el hecho importante y desgraciado —cuyas evidencias apelan a sus sentidos en todas partes— de que una parte de los habitantes perdidos de la tierra vivían en el lujo mientras la multitud se afanaba por conseguir una comida escasa? Ciertamente deberá producirse un desafortunado cambio en sus corazones antes de que puedan concebir que el mandato primordial del amor había sido eliminado de tal manera que un hermano podía necesitar lo que tenía otro. Cuando su inteligencia llegara tan lejos, la nueva progenie de la tierra tendría pocas razones para haber triunfado sobre la rechazada.El paseo les llevó ahora a los barrios exteriores de la ciudad. Están en el borde cubierto de hierba de una colina, al pie de un obelisco de granito que señala con su enorme dedo hacia arriba, como si la familia humana estuviera de acuerdo, por un símbolo visible que ha permanecido mucho tiempo, en ofrecer un gran sacrificio de acción de gracias o súplica. La altura solemne del monumento, su profunda simplicidad y la ausencia de ningún uso vulgar o práctico potencian su efecto sobre Adán y Eva, que les lleva a interpretarlo con un sentimiento más puro del que creyeron expresar los constructores.

—Eva, es una oración visible —comentó Adán.
—Y nosotros también rezaremos —contesta ella.

Perdonemos a estos pobres hijos que no tuvieron padre ni madre por tomar equivocada y absurdamente el propósito del monumento memorial que el hombre fundó y la mujer terminó en la famosísima Bunker Hill. La idea de la guerra no existe en sus almas. Tampoco sienten simpatía acerca de los valientes defensores de la libertad, puesto que la opresión es uno de los misterios que no han averiguado. Si pudieran averiguar que la hierba verde sobre la que se encuentran tan pacíficamente en otro tiempo estuvo cubierta de cadáveres humanos y enrojecida por su sangre, les sorprendería igualmente que una generación de hombres perpetrara esa carnicería y que la generación siguiente la conmemorara triunfalmente.

Con un sentimiento de placer pasean ahora por los campos verdes y por la orilla de un río tranquilo. Dejamos de vigilarlos estrechamente y después los encontramos entrando en un edificio gótico de piedra gris en el que el mundo desaparecido dejó lo que consideraba digno de quedar registrado en la importante biblioteca de la Universidad de Harvard. Ningún estudiante disfrutó nunca de tanta soledad y silencio como el que existe ahora en sus profundos nichos. Poco entienden los visitantes presentes las oportunidades que tienen ahora. Pero Adán examina ansioso las largas filas de volúmenes, esas alturas almacenadas del conocimiento humano, que suben una encima de otra desde el suelo hasta el techo. Coge un voluminoso infolio. Lo abre en sus manos como si espontáneamente se comunicara el espíritu de su autor con el intelecto todavía sin desgastar ni teñir del mortal recién creado. Permanece en pie absorto en las columnas regulares de caracteres místicos, aparentemente en un estado de ánimo estudioso; pues el pensamiento ininteligible de la página tiene una relación misteriosa con su mente y se hace sentir como si fuera una carga sobre él. Se siente incluso dolorosamente confundido, tratando vanamente de captar no sabe qué. ¡Ay, Adán, es demasiado pronto, será demasiado pronto al menos durante cinco mil años, para ponerte gafas y enterrarte en los huecos de una biblioteca!

—¿Qué podrá ser esto? —pregunta finalmente con un murmullo—. Eva, me parece que no hay nada tan deseable como descubrir el misterio de este objeto grande y pesado con sus mil delgadas divisiones. ¡Fíjate! ¡Me mira al rostro como si fuera a hablar!

Con instinto femenino Eva se sumerge en un volumen de poesía de moda, con seguridad la producción del más afortunado de los bardos terrenales, puesto que su trova sigue de moda cuando todos los grandes maestros de la lira han pasado al olvido. ¡Pero no dejemos que su fantasma se alegre demasiado! La única dama del mundo arroja el libro al suelo y se ríe con alegría del semblante abstraído de su esposo.

—Mi querido Adán, pareces pensativo y sombrío. Deja ese objeto estúpido; pues aunque te hablara no merecería la pena escucharle. Hablemos el uno con el otro, y con el cielo, con la tierra verde y sus árboles y flores. Nos enseñarán cosas mejores que las que podemos encontrar aquí.
—Sí, Eva, quizás tengas razón —contesta Adán con un suspiro—. Pero no puedo dejar de pensar que la interpretación de los enigmas entre los que hemos caminado todo el día podría descubrirse aquí.
—Puede que sea mejor no buscar la interpretación —insiste Eva—. Por lo que a mí respecta, el aire de este lugar no me place. ¡Si me amas, vámonos!

Ella prevalece y le rescata de los peligros misteriosos de la biblioteca. ¡Feliz influencia la de la mujer! Si se hubiera quedado él allí el tiempo suficiente para obtener una pista de sus tesoros —lo cual no era imposible, pues siendo su intelecto de estructura humana, aunque con una agudeza y un vigor sin transmitir—, allí mismo se habría convertido en una estudioso, y el analista de nuestro pobre mundo habría registrado pronto la caída de un segundo Adán. Habría comido la manzana fatal de otro Árbol del Conocimiento. Todas las perversiones, engaños y falsa sabiduría que tan perfectamente remedan la verdad; toda la verdad estrecha, tan!, parcial que se vuelve más engañosa que la falsedad; todos los principios y prácticas equivocados, los ejemplos perniciosos y las reglas falsas de la vida; todas las teorías., falaces que convierten la tierra en nubes, y a los hombres en sombras; toda la triste experiencia que acumuló durante tanto tiempo la humanidad, y de la que nunc extrajo una moral para su guía futura: todo el montón de conocimientos desastrosos habría caído al mismo tiempo sobre la cabeza de Adán. No le habría quedado otro remedio que el de aceptar el experimento ya abortado de la vida allí donde la habíamos dejado y hacerlo avanzar un poco más.

Pero, bendito en su ignorancia, podía todavía disfrutar de un mundo nuevo en el mismo que para nosotros se había gastado. Si no alcanzaba el bien, lo mismo que nos pasó a nosotros, al menos tiene la libertad, valiosísima, de cometer sus propios errores. Y su literatura, cuando la cree el progreso de los siglos, no será el eco interminablemente repetido de nuestra poesía y la reproducción de las imágenes que fueron moldeadas por nuestros antepasados de la canción y la ficción, sino una melodía que no se había oído todavía nunca sobre la tierra, y formas intelectuales que no estaban contaminadas por nuestras ideas. Dejemos por tanto que el polvo de los siglos se recoja sobre los volúmenes de la biblioteca, y que a su debido tiempo el techo del edificio se desmorone sobre el resto. Cuando los descendientes del segundo Adán hayan recogido suficiente basura propia, será el momento de excavar nuestras ruinas para comparar el progreso literario de dos razas independientes.

Pero estamos yendo demasiado lejos. Ése parece ser el vicio de los que tienen tras ellos un largo pasado. Regresemos junto a los nuevos Adán y Eva, que como no tienen recuerdos salvo visiones oscuras y pasajeras de una existencia previa, se sienten contentos de vivir y felices de hallarse en el presente. El día está a punto de terminar cuando esos peregrinos que no deben su ser a unos progenitores muertos llegan al cementerio del Monte Auburn. Con el corazón ligero —pues la tierra y el cielo se alegran ahora el uno al otro con su belleza— recorren senderos serpenteantes entre columnas de mármol, réplicas de templos, urnas, obeliscos y sarcófagos, deteniéndose a veces a contemplar esas fantasías del crecimiento humano, y otras veces a admirar las flores con las que la Naturaleza ha convertido la decadencia en atractiva. ¿Puede la muerte, en medio de sus viejos triunfos, hacerles sentir que han aceptado la pesada carga de la mortalidad que una especie entera había tirado? El polvo de los suyos no ha caído nunca en la tumba. ¿Reconocerán entonces ellos, tan pronto, que el Tiempo y los elementos tienen una reivindicación sobre sus cuerpos que no podrá quedar desatendida? No es improbable que lo hagan. Debe haber sombras suficientes, incluso en medio de la primera luz de su existencia, para sugerir el pensamiento de que el alma no es congruente con sus circunstancias. Han aprendido ya que algo hay que dejar a un lado. La idea de la muerte está en ellos, o no muy lejana.

Pero si hubieran de buscarle un símbolo sería el de la mariposa ascendiendo, o el ángel brillante llamándoles desde lo alto, o el niño dormido, con amables sueños que resultan visibles a través de su pureza transparente.

Han encontrado a ese Niño, en el mármol más blanco, entre los monumentos del Monte Auburn.
—Dulcísima Eva, tu sol nos ha abandonado, y todo el mundo está desapareciendo de nuestra vista —observa Adán mientras cogido de la mano de ella contemplan ese hermoso objeto—. Vamos a dormir, como duerme esta hermosa figurita. Sólo nuestro Padre sabe cuáles de las cosas exteriores que hemos poseído hoy nos serán arrebatadas para siempre. Pero aunque nuestra vida terrenal nos abandonara con la luz que se va, no podemos dudar de que otra mañana nos encontrará en algún otro lugar bajo la sonrisa de Dios. Siento que ha decidido que no se reanude el beneficio de la existencia.

—Y no importará dónde existamos —contesta Eva—. Pues siempre estaremos juntos.