jueves, 14 de diciembre de 2017

Thanatopía. Rubén Darío (1867-1916)

—Mi padre fue el célebre doctor John Leen, miembro de la Real Sociedad de Investigaciones Psíquicas, de Londres, y muy conocido en el mundo científico por sus estudios sobre el hipnotismo y su célebre Memoria sobre el Old. Ha muerto no hace mucho tiempo. Dios lo tenga en gloria.

James Leen vació en su estómago gran parte de su cerveza y continuó:

—Os habéis reído de mí y de lo que llamáis mis preocupaciones y ridiculeces. Os perdono porque, francamente, no sospecháis ninguna de las cosas que no comprende nuestra filosofía en el cielo y en la tierra, como dice nuestro maravilloso William. No sabéis que he sufrido mucho, que sufro mucho, aun las más amargas torturas, a causa de vuestras risas... Sí, os repito: no puedo dormir sin luz, no puedo soportar la soledad de una casa abandonada; tiemblo al ruido misterioso que en horas crepusculares brota de los boscajes en un camino; no me agrada ver revolar un mochuelo o un murciélago; no visito, en ninguna ciudad, los cementerios; me martirizan las conversaciones sobre asuntos macabros, y cuando las tengo, mis ojos aguardan para cerrarse, al amor del sueño, que la luz aparezca.

»Tengo horror de.. ¡oh Dios! de la muerte.

»Jamás me harían permanecer en una casa donde hubiese un cadáver, así fuese el de mi más amado amigo. Mirad: esa palabra es la más fatídica de las que existen en cualquier idioma: cadáver. Os habéis reído, os reís de mí: sea. Pero permitidme que os diga la verdad de mi secreto. Yo he llegado a la República Argentina, prófugo, después de haber estado cinco años preso, secuestrado miserablemente por el doctor Leen, mi padre, el cual, si era un gran sabio, sospecho que era un gran bandido. Por orden suya fui llevado a la casa de salud; por orden suya, pues, temía quizás que algún día me revelase lo que él pretendía tener oculto. Lo que vais a saber, porque ya me es imposible resistir el silencio por más tiempo.

»Os advierto que no estoy borracho. No he sido loco. Él ordenó mi secuestro, porque... Poned atención.


Delgado, rubio, nervioso, agitado por un frecuente estremecimiento, levantaba su busto James Leen, en la mesa de la cervecería en que, rodeado de amigos, nos decía esos conceptos. ¿Quién no le conoce en Buenos Aires? No es un excéntrico en su vida cotidiana. De cuando en cuando suele tener esos raros arranques. Como profesor, es uno de los más estimables en uno de nuestros principales colegios, y, como hombre de mundo, aunque un tanto silencioso, es uno de los mejores elementos jóvenes de los famosos cinderellas dance. Así prosiguió esa noche su extraña narración, que no nos atrevimos a calificar de fumisterie, dado el carácter de nuestro amigo. Dejamos al lector la apreciación de los hechos.

—Desde muy joven perdí a mi madre, y fui enviado por orden paternal a un colegio de Oxford. Mi padre, que nunca se manifestó cariñoso conmigo, me iba a visitar de Londres una vez al año al establecimiento de educación en donde yo crecía, solitario en mi espíritu, sin afectos, sin halagos. Allí aprendí a ser triste. Físicamente era el retrato de mi madre, según me han dicho, y supongo que por esto el doctor procuraba mirarme lo menos que podía. No os diré más sobre esto. Son ideas que me vienen. Excusad la manera de mi narración.

»Cuando he tocado ese tópico me he sentido conmovido por una reconocida fuerza. Procurad comprenderme. Digo, pues, que vivía yo solitario en mi espíritu, aprendiendo tristeza en aquel colegio de muros negros, que veo aún en mi imaginación en noches de luna. ¡Oh cómo aprendí entonces a ser triste! Veo aún, por una ventana de mi cuarto, bañados de una pálida y maleficiosa luz lunar, los álamos, los cipreses —¿por qué había cipreses en el colegio?— y a lo largo del parque, viejos Términos carcomidos, leprosos de tiempo, en donde solían posar las lechuzas que criaba el abominable septuagenario y encorvado rector —¿para qué criaba lechuzas el rector?—. Y oigo, en lo más silencioso de la noche, el vuelo de los animales nocturnos y los crujidos de las mesas y una media noche, os lo juro, una voz: James. ¡Oh voz!

»Al cumplir los veinte años se me anunció un día la visita de mi padre. Alegréme, a pesar de que instintivamente sentía repulsión por él: alegréme, porque necesitaba en aquellos momentos desahogarme con alguien, aunque fuese con él. Llegó más amable que otras veces, y aunque no me miraba frente a frente, su voz sonaba grave, con cierta amabilidad. Yo le manifesté que deseaba, por fin, volver a Londres, que había concluido mis estudios; que si permanecía más tiempo en aquella casa, me moriría de tristeza. Su voz resonó grave, con cierta amabilidad para conmigo:

»—He pensado, cabalmente, James, llevarte hoy mismo. El rector me ha comunicado que no estás bien de salud, que padeces de insomnios, que comes poco. El exceso de estudios es malo, como todos los excesos. Además, quería decirte, tengo otro motivo para llevarte a Londres. Mi edad necesita un apoyo y lo he buscado. Tienes una madrastra, a quien he de presentarte y que desea ardientemente conocerte. Hoy mismo vendrás, pues, conmigo.

»¡Una madrastra!

Y de pronto se me vino a la memoria mi dulce y blanca y rubia madrecita, que de niño me amó tanto, me mimó tanto, abandonada casi por mi padre, que se pasaba noches y días en su horrible laboratorio, mientras aquella pobre y delicada flor se consumía. ¡Una madrastra! Iría yo, pues, a soportar la tiranía de la nueva esposa del doctor Leen, quizá una espantable bluestocking, o una cruel sabihonda, o una bruja. Perdonad las palabras. A veces no sé ciertamente lo que digo, o quizá lo sé demasiado.

»No contesté una sola palabra a mi padre, y, conforme con su disposición tomamos el tren que nos condujo a nuestra mansión de Londres.

»Desde que llegamos, desde que penetré por la gran puerta antigua, a la que seguía una escalera oscura que daba al piso principal, me sorprendí desagradablemente: no había en casa uno solo de los antiguos sirvientes. Cuatro o cinco viejos enclenques, con grandes libreas flojas y negras, se inclinaban a nuestro paso, con genuflexiones tardías, mudos. Penetramos al gran salón. Todo estaba cambiado: los muebles de antes estaban substituidos por otros de un gusto seco y frío. Tan solamente quedaba en el fondo del salón un gran retrato de mi madre, obra de Dante Gabriel Rossetti, cubierto de un largo velo de crespón.

»Mi padre me condujo a mis habitaciones, que no quedaban lejos de su laboratorio. Me dio las buenas tardes. Por una inexplicable cortesía, preguntéle por mi madrastra. Me contestó despaciosamente, recalcando las sílabas con una voz entre cariñosa y temerosa que entonces yo no comprendía:

»—La verás luego. Que la has de ver es seguro, James. Adiós.

»Ángeles del Señor, ¿por qué no me llevasteis con vosotros? Y tú, madre, madrecita mía? My sweet Lily, ¿por qué no me llevaste contigo en aquellos instantes? Hubiera preferido ser tragado por un abismo o pulverizado por una roca, o reducido a ceniza por la llama de un relámpago.

»Fue esa misma noche, sí.

Con una extraña fatiga de cuerpo y de espíritu, me había echado en el lecho, vestido con el mismo traje de viaje. Como en un ensueño, recuerdo haber oído acercarse a mi cuarto a uno de los viejos de la servidumbre, mascullando no sé qué palabras y mirándome vagamente con un par de ojillos estrábicos que me hacían el efecto de un mal sueño. Luego vi que prendió un candelabro con tres velas de cera. Cuando desperté a eso de las nueve, las velas ardían en la habitación. Lavéme. Mudéme. Luego sentí pasos, apareció mi padre. Por primera vez, ¡por primera vez!, vi sus ojos clavados en los míos. Unos indescriptibles ojos, os lo aseguro; unos ojos como no habéis visto jamás, ni veréis jamás: unos ojos con una retina casi roja, como ojos de conejo; unos ojos que os harían temblar por la manera especial con que miraban.

»—Vamos hijo mío, te espera tu madrastra. Está allá, en el salón. Vamos.

»Allá, en un sillón de alto respaldo, como una silla de coro, estaba sentada una mujer.

»Ella...

»Y mi padre:

»—¡Acércate, mi pequeño James, acércate!

»Me acerqué maquinalmente. La mujer me tendía la mano. Oí entonces, como si viniese del gran retrato, del gran retrato envuelto en crespón, aquella voz del colegio de Oxford, pero muy triste, mucho más triste: ¡James!

»Tendí la mano. El contacto de aquella mano me heló, me horrorizó. Sentí hielo en mis huesos. Aquella mano rígida, fría, fría. Y la mujer no me miraba. Balbuceé un saludo, un cumplimiento. Y mi padre:

»—Esposa mía, aquí tienes a tu hijastro, a nuestro muy amado James. Mírale, aquí le tienes; ya es tu hijo también.

»Y me miró.

»Mis mandíbulas se afianzaron una contra otra. Me poseyó el espanto: aquellos ojos no tenían brillo alguno. Una idea comenzó, enloquecedora, horrible, horrible, a aparecer clara en mi cerebro. De pronto, un olor, olor... ese olor, ¡madre mía! ¡Dios mío! Ese olor —no os lo quiero decir— porque ya lo sabéis, y os protesto: lo discuto aún ; me eriza los cabellos.

»Y luego brotó de aquellos labios blancos, de aquella mujer pálida, pálida, pálida, una voz, una voz como si saliese de un cántaro gemebundo o de un subterráneo:

»—James, nuestro querido James, hijito mío, acércate; quiero darte un beso en la frente, otro beso en los ojos, otro beso en la boca...

»No pude más. Grité:

»—¡Madre, socorro! ¡Ángeles de Dios, socorro! ¡Potestades celestes, todas, socorro! ¡Quiero partir de aquí pronto, pronto; que me saquen de aquí!

»Oí la voz de mi padre:

»—¡Cálmate, James! ¡Cálmate, hijo mío! Silencio, hijo mío.

»—No —grité más alto, ya en lucha con los viejos de la servidumbre—. Yo saldré de aquí y diré a todo el mundo que el doctor Leen es un cruel asesino; que su mujer es un vampiro; ¡que está casado mi padre con una muerta!

Tan cerca de la oscuridad. Theodore Sturgeon (1918-1985)

Esta es la historia de una pitillera china de plata, algo de brillantina para el cabello, una lámpara de mesa y dos chicas, una relativamente guapa y la otra muy guapa. La historia también concierne, en cierto modo, a una criatura llamada Arrara24, debido tal nombre a su peculiar mal carácter.

La chica relativamente guapa había sido bautizada con el nombre de Organtina25, pero cuando comprobó en el Greenwich Village que los melenudos se reían y bromeaban con su nombre, decidió eliminar las dos primeras sílabas del mismo. Tina era atractiva, de forma un tanto milagrosa; su cabello tenía una tonalidad perfectamente equilibrada entre el rubio y el castaño, de tal manera que podría describirse su pelo como delicado en la sombra y luminoso como para quitar el aliento bajo el sol.

Tina vendía conchas marinas en Chelsea, una ocupación que le resultaba difícil de describir cuando estaba emocionalmente alterada.

En su pequeña y colorista tienda del Village despachaba conchas marinas y tortugas, y máscaras teatrales y muñecas hechas también con trozos de conchas marinas.

También vendía objetos de arte y otras curiosidades, tales como artículos puramente decorativos, sin otra función que la del adorno, todo lo cual hacía que su negocio fuera muy provechoso. Adoraba esas cosas inútiles pero muy decorativas, que además vendía estupendamente, como pasteles recién horneados. Como los pasteles calientes de Eddy Southworth.

La verdad es que resulta muy fácil convertir una tontería en algo que se vende bien. Basta con que cojas una cosa cualquiera, sea de cemento, sea una concha, sea una caracola, le pones encima una valva de mejillón, por ejemplo, y lo espolvoreas todo con pintura verde de París en spray. El más enterado del lugar te preguntará:

«¿Es un anillo para la servilleta?», o «¿es un pisapapeles?», o «¿es para sostener el tenedor de la ensaladera?» La respuesta correcta deberá ser: «Me encanta tratar con clientes de buen gusto, y claro que es lo que usted dice; esta mañana, una dama muy distinguida...»

Después te ríes mientras la clientela busca en sus jeans el dinero para satisfacer el precio desorbitado de esa nadería, pues en Chelsea abundan las damiselas en jeans que pululan por el Village tratando de ser de rigeur.

Tina vendía tan bien aquellas cosas, que se permitía el lujo de cambiar el escaparate de su tienda todas las semanas. Ahora tenía allí una pieza que consistía en un trozo de coral con pinzas de cangrejo pegadas. El título de la pieza era: Esqueleto artístico (no comestible). Y a la semana siguiente podía tener en el escaparate otra cosa, algo más abstracto, una perla de bisutería, sin más, bajo el título Arte sin concha. Y no había una concha por ninguna parte, por supuesto.

En la tercera semana de un cálido marzo, Tina se empleaba concienzudamente con sus tenacillas, su cemento, su lima suiza y unas cuantas herramientas más. Trabajaba en la trastienda bajo la luz de una espléndida lámpara de mesa, de alto voltaje.

La puerta en arco que separaba la tienda de la trastienda era pequeña, aunque Tina también lo era, más bien menuda. Sabía cuándo entraba algún cliente de dos formas: una, por la célula fotoeléctrica que activaba un timbre apenas empujaba alguien la puerta; la otra, por el agujero que había en la pared que separaba la tienda de la trastienda. Un agujero que le quedaba a la altura de la vista mientras trabajaba sentada, aunque no era lo suficientemente grande como para que pudiera dominar en su totalidad el espacio de la tienda.

Imaginemos su sorpresa cuando al mirar por aquel agujero vio a un hombre en su tienda.

Eddy Southworth, que tenía por hobby la electrónica, le había asegurado la total imposibilidad de que alguien entrara por la puerta sin hacer que saltase la célula fotoeléctrica. El timbre no había sonado y quien estaba allí, en su tienda, era un hombre de cabello negro aplastado con brillantina y cejas muy finas.

Tina salió rápidamente de la trastienda mientras se arreglaba el pelo con los dedos.

–¿Sí? –inquirió tan abruptamente que aquel hombre dio un paso atrás.

–Sí, hola –dijo el hombre.

Era joven y tenía una voz de medio registro, como un oboe. La miró rápidamente y de inmediato bajó la vista para clavarla en el mostrador, como si meditase.

–¿Desea... algo? –le preguntó imperativa pero amable.

Esperó tras el mostrador, pero no hubo respuesta. El hombre se dio la vuelta, miró a su alrededor y calibró todo lo que había en la tienda.

–Ese viejo juego de conchas –dijo al fin, aparentemente satisfecho consigo mismo.

–Sólo he visto un juego como ése, y hace mucho tiempo; lo tenía mi abuelo, que fundó este negocio... ¿Hay algo... inanimado en esta tienda que le llame la atención como si fuese un ser vivo?

–¡Oh, sí! –dijo el hombre, decidiéndose al fin a mirarla de frente. Había algo irónico en sus cejas–. Pero en realidad quiero hacerle una pregunta... ¿Dónde estaba usted la noche del veinticinco de marzo de hace dos años?

–¿Lo dice en serio? –peguntó Tina mirándole asombrada.

–Sí, por supuesto –respondió el otro, muy serio–. Realmente me gustaría saberlo... Me resulta difícil explicarle por qué, pero tenga por seguro que es muy importante para mí.

–Pues no sé si podré... Espere un momento –Tina echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Hace dos años... Claro... Había estado en Rochester–. ¡Ya lo recuerdo! –dijo–. Es muy extraño que me haya preguntado eso... Pasé aquella primavera en Rochester con una tía mía, con la que tuve una discusión bastante tonta que ahora dediqué a ir por ahí, por las colinas, completamente sola... No vi un alma en dos semanas.

–¿Seguro? –aquel hombre la miraba intensamente–. Haga memoria... ¿Nadie supo por dónde andaba?

–Nadie. Y repito que no vi un alma en dos semanas –afirmó Tina rotundamente–. ¿Y dónde estuvo usted aquella noche, si me permite preguntárselo? Sí, precisamente aquella noche por la que me pregunta.

El hombre sonrió con una sonrisa realmente blanca. Sus dientes parecían dominarlo todo.

–Lo siento –se disculpó–. Es un poco embarazoso para mí decirlo... ¿Le gustaría ganar algún dinero?

Tina asintió enérgicamente.

–Sí, vendiendo conchas marinas, precisamente –dijo.

–Hablo de dinero de verdad.

–¿Cómo? ¿Vendiendo conchas marinas y caracolas? El hombre hizo un gesto de resignación.

–De una cosa sí estoy seguro –dijo–. Es usted una estúpida sin paliativos.

–Lo tomaré como un cumplido. –dijo Tina y añadió–: Lo que dice es mucho más de lo que podría esperar...

El hombre se echó a reír

–Tiene usted un gran sentido del humor, incluso ante las provocaciones –dijo–. He supuesto que tenía un excelente sentido del humor, observando su escaparate. Se ríe usted en la mismísima cara de la recesión económica... Seguro que eso la deja a salvo de cualquier amenaza.

–Póngame a prueba –dijo sin inflexiones notables en la voz–. Creo que se llevaría usted una buena sorpresa.

Las cejas del hombre se tensaron como las alas de un cuervo.

–Puede que sí –aceptó.

–Bien, ¿y qué tiene que ver mi sentido del humor con todo esto? –preguntó Tina mirándole desafiante.

–Más de lo que usted supone –respondió el otro–. Tengo un trabajo que concluir y necesito una chica como usted, que me ayude

–hizo una pausa mostrando una forzada paciencia, con la cara muy larga–. ¿Un cigarrillo?

Sacó una pitillera de plata y se la ofreció a Tina, sin abrirla. Ella dejó de mover la cabeza en sentido negativo y tomó la pitillera.

–¡Qué cosa tan bonita! –exclamó.

–¿Verdad que sí? –dijo el hombre.

–Sin la menor duda... ¡Qué dragón tan precioso!

–Hay siete dragones –apuntó el hombre.

–¿Siete? ¡Oh, es verdad! Dos aquí, en el borde... Los otros estarán alrededor... Quizá junto a la pagoda...

–Hay más pagodas, véalo...

–¡Sí! –y se echó a reír Tina–. Y hay más dragones... A ver... Sí, espere que los cuente... Hay dos dragones más aquí...

–Hay otros dos en el reverso –dijo el hombre en voz baja. Tina dio la vuelta a la pitillera.

–Estos no me gustan –dijo–. Parecen realmente feroces.

–Es que han estado luchando entre sí... Pero los dragones deben aparentar ferocidad –dijo el hombre.

Ella lo miró amoscada. La lentitud de las maneras de aquel hombre, y el hecho de que fuera tan bien parecido, daban un curioso tono sardónico a todo lo que decía. Convencida de que era imposible ir más allá en cualquier conversación con él, clavó los ojos en la pitillera, como si la repasara atentamente.

–¿Dónde está el séptimo dragón? –preguntó.

«Arrara, Arrara», dijo entonces la pitillera con una voz blanda, tartamudeando como un niño que tuviera los labios untados, rojos de caramelo.

Tina parpadeó primero y cerró los ojos después. La pitillera se movía suavemente en sus manos, como si intentase escapar de ellas. Temblorosa, abrió los ojos de nuevo. Aquel joven trataba de quitársela y ella la soltó con bastante repulsión.

«Arrara», dijo la pitillera, indignada.

–¡Cállate! –le ordenó el hombre.

–No he dicho una palabra –se disculpó Tina.

–No era a usted –dijo el hombre–. Lo decía porque estaba absorto en cualquier cosa sin importancia... ¿Un cigarrillo?

–No, gracias –respondió Tina molesta, mirando con un profundo desagrado aquella pitillera que antes le había causado admiración, mientras el hombre la guardaba en un bolsillo–. El séptimo dragón está en el interior, ¿no es así?

–Así es –reconoció el hombre–. Pero hablemos ahora de ese trabajo que le decía... Le ofrezco compartirlo conmigo; ya le he dicho que busco una chica como usted. Sé que lo hará estupendamente.

–No lo dudo –dijo Tina humedeciéndose los labios–. Pero me gustaría saber antes de qué se trata, para así poder considerar la respuesta, no quisiera precipitarme antes de darle el no...

–Bien, he aquí de qué se trata... Un amigo mío quiere... casarse, es una manera de decirlo, y usted es la persona ideal... Oh, por favor, deje de mover la cabeza de esa forma...

–Creo que no puedo ayudarle... es una manera de decirlo... Adiós.

–Adiós... Me llamo Lee Brokaw y soy bailarín. La miró de la cabeza a los pies y sonrió.

–Por supuesto –prosiguió–, no he dicho adiós porque no quiera volver a verla... Me gustaría pedirle perdón por mi torpe insistencia... ¿Qué tal si cenamos juntos esta noche?

Por toda respuesta, Tina se dirigió a la puerta y al abrirla la célula fotoeléctrica hizo que sonara el timbre. Funcionaba, como siempre.

–Adelante, caballero... Creo que ya ha pasado el tiempo en que debo atender a mi clientela... Adiós –dijo mostrándole la salida.

El hombre asintió resignado y salió por la puerta que Tina mantenía abierta.

–Hasta mañana –dijo a modo de despedida.

Tina agitó la cabeza, entró y cerró la puerta. Realmente se había cansado atendiendo a un tipo muy distinto de su clientela habitual, y encima para nada de provecho. Es verdad que a veces se cansaba también de soportar a aquellas damas que buscaban objetos inútiles con que decorar a cada poco las habitaciones de sus casas, pero aquel Lee Brokaw era tan raro como batir huevos en la cerveza... ¿Qué habría en el interior de aquella maldita pitillera?

Tina cenó aquella noche con Eddy Southworth. Era un artista que vivía y trabajaba en el Village, pero al contrario que gran parte de los artistas, tenía horario fijo. Era muy conocido y fácil de localizar. Sus trabajos destacaban por el excelente buen gusto con que estaban hechos y su calidad extraordinaria. Se exhibían en el escaparate de la Blue Tower Cafetería, y cualquiera que probase sus pasteles calientes, además de repetir, se convencía de que Eddy era realmente un gran artista. Cenar con él suponía oírle hablar de la clientela, escucharle frases en ocasiones no muy amables sobre los empleados y comentar románticamente la spécialité de la maison para el mes, mientras ordenaba: «¡Echa ahí más sirope de cereza!»

–¡Tina, alimento de los dioses! ¿Qué te trae por aquí, preciosa? –había preguntado al verla llegar, pero antes de que pudiera responderle ya la había sobrepasado, llenando el ambiente con el delicioso aroma de los pancakes que llevaba en una bandeja.

–Eddy, ¿qué tipo de hombre puede pasar por mi puerta sin que se active la célula fotoeléctrica y no suene el timbre? –consiguió preguntarle un poco después.

–Un fantasma –respondió Eddy solemnemente–. O un vampiro... ¿Ha entrado alguno a tu tienda?

Ella asintió.

–Eso es magnífico –dijo Eddy automáticamente mientras iba hasta el final de la barra y comenzaba a tirar algo al cubo–. ¿Cómo? –dijo entonces y volvió sobre sus pasos–. ¿Cómo era ese tipo? ¿Llevaba una capa negra? ¿Tenía colmillos y un demonio en el bolsillo?

–No... Bueno, sí... Tenía un dragón en su pitillera.

Llegaron los pasteles calientes que había pedido Tina. Eddy se marcó un sprint hasta la plancha para dar la vuelta a unas cuantas cosas que allí se hacían, tiró algo más al cubo de la basura, volvió a la plancha y vertió sobre ella un chorro de algo que después sería dulce y consistente, describiendo en el aire un arco que levantó aplausos de unos cuantos tipos que estaban en la barra. Eddy puso mantequilla en buena cantidad sobre todo aquello y volvió raudo junto a Tina.

–Te sentirías como una cabritilla, ¿no?

–Un poco paralizada, más bien –dijo Tina masticando un bocado.

–Como si estuvieses ante un lobo. No ante un licántropo.

–No, nada de eso –dijo suspirando–. No es nada de eso... O al menos no lo parece, quiero decir... Me quería para algo muy concreto...

Eddy asentía.

–Pero dices que no es un lobo, ni siquiera un licántropo... ¿Estás segura?

–Creo –pareció meditar ella mientras hablaba, como si le costara un gran esfuerzo hablar–, que me quiere para algo mucho peor y más deshonroso que la muerte. Un lobo sólo me mataría...

Sonrió, abandonando su boca la tensión que mostraba hasta entonces. Eddy tomó un par de pasteles al tiempo, lo que significaba que estaba absorto en sus pensamientos.

–¿Y qué hay de ese dragón del que me hablaste? –preguntó al

–Está en la más bella pitillera de plata que jamás hayas visto...

–¿Y cómo era?

–Creo que se llama Arrara, algo así... Eddy la miró aterrado.

–No digas eso, por favor...

–Lo siento Eddy, lo siento mucho, no pretendía asustarte... Sólo te cuento lo que me dijo aquel tipo... Quiero un poco de café...

–¡Un café negro! –pidió Eddy–. ¿Pero dónde está esa linda manzanita que atendía la barra hace poco? Dime, Tina, ¿sabes dónde encontrarle?

–Es bailarín –respondió ella–. Cuando se iba de mi tienda señaló al Mello Club y me dijo que trabajaba allí... Luego me dio su tarjeta, mira: Brokawy Rapunzel, adagio.

–Me gustaría que me atendieses –dijo Eddy a la camarera–. Tina, creo que no me gusta nada ese tipo...

–Sí, Eddy.

–¿Crees que irá a verte mañana?

–Me temo que sí, Eddy.

–Bien, pero no vayas tú al Mello Club.

–Sí, Eddy.

Pero Tina fue al Mello Club nada más salir de la cafetería, para ver la actuación de Brokaw. El Mello Club era un antro en el que el techo, de tan bajo, parecía haber aceptado el reto de un montón de clientes que le hubieran preguntado: «¿Puedes bajar un poco más?» La luz era tan escasa que el ojo humano tenía muchas dificultades para adaptarse, aun después de un largo rato allí. O quizá fuera, nada más, un caso generalizado de reluctancia a aceptar la atroz mezcla de colores de la decoración.

La decoración, por lo demás, era funcional en tanto que cada cosa parecía tener una función... Pero la más importante, al parecer, era que la clientela estuviese en la mayor oscuridad posible, de modo, quizá, que cada cliente pudiera pensar en su solo disgusto de verse allí, sin preocuparse de lo demás, lo que haría que no protestase. Nadie, por ejemplo, alzaba la voz para decir cualquier cosa  malsonante cuando aparecía en  escena el  maestro de ceremonias y hacía las presentaciones. Lo que no necesitaba presentación alguna era el ambiente acre, la atmósfera arruinada del local: se presentaba solita... Era, en resumidas cuentas, un sitio de lo más saludable.

Tina bajó la escalera por la que se accedía a la sala, y al entrar tuvo la sensación de que lo hacía en un trombón. Se defendió con los codos de aquella estrechez en la que estaba, y caminó como si tuviera los ojos cerrados. Era menuda, pero avanzaba como un destructor. Al final encontró una mesa prácticamente pegada al escenario y tomó asiento.

Apenas lo había hecho cuando la estruendosa cacofonía de la orquestina se dejó sentir y el maestro de ceremonias apareció en escena, haciendo entonces una brusca parada la música, una parada como un golpe.

Micrófono en mano, atildado y repeinado, allí estaba el maestro de ceremonias. Entre el techo y su cabeza apenas cabían un par de dedos, pero eso no parecía arredrarlo, pues comenzó a anunciar las actuaciones de aquella noche a voz en grito, con un entusiasmo tan notable como inconcebible.

Tina tenía los codos apoyados en la mesa, de modo que las manos le quedaran a la altura de las orejas para poder tapárselas a conveniencia, mientras miraba aquí y allá por ver si en algún lugar aparecía ante su vista Lee Brokaw. Sólo cuando el maestro de ceremonias decía alguna obscenidad pretendidamente graciosa, despegaba Tina las manos de sus orejas, como para cerciorarse de que había oído lo que en efecto había oído.

Hacía mucho calor. Alguien echaba el aliento en su cuello. Estaba tan pegada la concurrencia que temía ella, a su vez, echar el aliento a alguien que estuviese allí, en la mesa próxima. Y de golpe, el ambiente se oscureció aún más, pues quitaron la poca luz de la sala.

En el escenario, alguien que parecía golpear el cuero de un timbal con las alas de una mosca, más que con las manos y los brazos, se fue haciendo visible poco a poco, a medida que una luz muy tenue caía sobre él. Parecía haber gran expectación, pues de las mesas no se oía ni un ruido. Lentamente se hizo sobre el escenario una luz más, una luz a medias azul y a medias verde, que parecía sobrevolarlo. Se hizo aquella luz tan lentamente, que tardó Tina unos cuantos segundos en percatarse de que se veía un poco mejor, lo justo como para notar otra presencia en el escenario, la de una figura que se movía lentamente... ¿Sería el bailarín? Miró con atención, aguzando la vista cuanto le era posible... Era una figura bastante blanca, no le traía el recuerdo de Lee Brokaw. Se incrementó un poco más aquella luz a medias azul y a medias verde, y pudo ver entonces que se trataba de una chica completamente desnuda, espléndida, con un cuerpazo... No llevaba nada, salvo un sombrero de copa... ¿O sería una corona? Había luz, sí, pero no la suficiente como para poder percibir las cosas claramente.

La chica comenzó a danzar. Había cesado el suave golpeo del timbal y sólo se dejaba sentir una melodía tenue, los acordes de una guitarra. La chica se movía muy lentamente. Dio un par de pasitos al frente, se dejó caer de rodillas, inclinó el cuello y su espléndida mata de pelo se derramó sobre el escenario.

Cesaron los desnudos acordes de la guitarra y llenó el ambiente entonces el timbal, ahora golpeado con más ritmo y dureza por quien lo tocaba. Cayó sobre el escenario otra luz, amarilla ahora, y comenzó a tocar la orquestina, a un lado del escenario, discordante, desafinada sobre todo en sus instrumentos metálicos, haciendo daño a los oídos.

Tina seguía contemplando, no sin admiración, a la bailarina, que continuaba de rodillas, con el cabello derramado sobre el escenario... Lo que llevaba no era ni un sombrero de copa ni una corona, sino un original peinado hecho con su propio cabello rubio como el oro, tan abundante y rico como para que aún le sobrase aquella cascada desvanecida en el suelo. Comenzó a levantar la cabeza muy despacio, armónicamente, sin mover nada más, aún de rodillas... Tenía los ojos azules, preciosos, grandes... Lentamente apareció tras ella otra figura, y empezó la chica entonces a mover los brazos, también con enorme armonía y lentitud, mientras levantaba el tronco. Sólo entonces vio Tina que quien estaba detrás de la chica era Lee Brokaw.

Estaba tras ella, de pie, impasible, mirándola; pero a medida que la muchacha levantaba el tronco, la tomaba por la cintura, agachándose lentamente, y con sus dedos parecía tirar de ella hacia arriba, alzándola muy despacio. Poco después, de pie ya ambos, se abrazaban para iniciar una danza muy delicada, que tenía como mayor virtud la de permitir que se intuyese el vuelo maravilloso del cabello de aquella mujer, que parecía fuego líquido. O humo dorado. Nunca había visto Tina un cabello como aquél... Y recordó entonces el anuncio que había hecho poco antes el maestro de ceremonias:

«Rapunzel, Rapunzel... ¡Derrama tu cabello de oro sobre nosotros!»

La orquestina atacó entonces una especie de danza apache, y ambos, Lee Brokaw y Rapunzel, se movieron cual felinos... Brokaw, un tipo bien parecido, era absolutamente hermoso entonces. La bailarina, inenarrable, fieros sus ojos azules. Según la música, a veces hacían una pausa y en su extatismo parecían perfectas figuras de cera.

Tras una de aquellas pausas, el bailarín tomó una de las manos de la bailarina y la hizo girar sobre sí misma; luego, arqueó ella la espalda, echando la cabeza hacia atrás, derramando de nuevo la cascada de su cabello como fuego líquido, y Brokaw, con una sonrisa diabólica, mostraba sus dientes, en los que sobresalían dos colmillos aterradores. Lentamente se inclinaba sobre ella y parecía morderla en el cuello al tiempo que un estremecimiento de placer sacudía a Rapunzel. Siempre con una armónica lentitud en los movimientos, Brokaw se apartaba de ella y Rapunzel se erguía contoneándose con absoluta  elegancia...  Y  resultaban  perfectamente visibles  dos pequeñas marcas en su cuello.

Ya erguida la bailarina, el bailarín iniciaba entonces una danza frenética por el escenario, rodeándola de continuo. Ella se llevaba las manos a los cabellos y se movía ondulando las caderas. El tempo de la música se hacía más acuciante; Brokaw se acercaba a Rapunzel, la tomaba de nuevo por la cintura, y giraban ambos al unísono mientras la música ascendía en busca del clímax. Él la frenaba en seco, en una pirueta final, y ambos quedaban como una estatua, fijos en el piso del escenario, inmóviles en una suerte de abrazo.

Pero no concluía ahí el número. Volvía la orquestina a atacar a un ritmo bestial, un crescendo en el que la luz, por primera vez, iba a la par de la música, permitiendo contemplar a los bailarines con mayor nitidez, y en uno de los giros vertiginosos que acababan de iniciar, Brokaw levantaba el puño y golpeaba duramente con él el rostro bellísimo de Rapunzel. Ella caía al suelo, desmadejada como una muñeca de trapo, y cesaba de golpe la música para que sólo se oyese nuevamente el timbal tocado más con alas de mosca que con manos y brazos. Comenzó a menguar de nuevo la luz sobre el escenario, y al tiempo que se oían tres golpes de timbal, Brokaw se dejaba caer tres veces de rodillas sobre la cara de la bailarina tendida.

Después, en absoluto silencio, habiendo callado también el aleteo del timbal, Lee Brokaw se ponía lentamente de pie. Una mujer dio un grito de júbilo, seguido por aplausos que secundaron unos cuantos. Brokaw sonrió de nuevo, y se agachó ceremonioso para recoger el cuerpo desmadejado de la bailarina, levantarlo y echárselo sobre los hombros para salir del escenario. Mientras se iba, el montón de miembros inertes de Rapunzel desprendían una suerte de ráfaga de luz blanca, que se perdía tras la cortina. Sólo entonces se apreció que era un maniquí.

–¡Pero si parecía bailar realmente! –murmuró para sí Tina.

–¿Qué truco hace este tipo con las luces? –dijo un hombre sentado a su lado, tras su cogote, golpeando la mesa–. Ella, totalmente en blanco; él, totalmente en negro... Y no se notaba que la movía...

Atronó el ambiente pútrido de la sala el timbal, una vez más, y volvió a hacerse una oscuridad infecta. Entonces apareció de nuevo en el escenario Lee Brokaw, agradeciendo unos tibios aplausos que aún se oían, sonriente bajo la tenue luz que le daba en el rostro.
Se detuvo  precisamente bajo aquel foco lánguido. Ahora parecía terriblemente pálido. Empezó a hurgarse en el pecho... Y se oyó tras él, o junto a él, o frente a él, era imposible saberlo aunque se percibió claramente, algo que sonó así:

«Arrara».

–Este hombre parece enfermo –dijo alguien.

–¡Es su corazón! –gritó una mujer levantándose de su asiento.

–¿Qué tiene en la mano derecha, un corazón? –preguntó a

Tina el hombre que le echaba el aliento en el cogote.

–Tiene un dragón en la pitillera –dijo Tina claramente, en voz alta, pero como es lógico nadie la prestó atención.

Brokaw hizo una leve inclinación de cabeza y se perdió tras la cortina. El maestro de ceremonias, que había retocado su maquillaje luciendo ahora una tez plateada, volvió armado de micrófono y Tina se levantó rápidamente para alcanzar cuanto más aprisa mejor la puerta de salida, después de pagar lo que había pedido y dejar el diez por ciento de propina. Subió rápidamente la escalera que llevaba a la calle.

El aire de la noche le pareció delicioso. Aún estaba sobrecogida por el final del número de Lee Brokaw. Caminó a buen paso en dirección a su casa, que estaba próxima, y poco a poco la curiosidad fue imponiéndose sobre la impresión tan desagradable que le había causado el espectáculo.

¿Qué clase de hombre era Lee Brokaw? ¿Por qué haciendo un número como aquél no estaba en un local de la calle 52, o incluso de Broadway? ¿Y por qué parecía tan afectado por hallarse en posesión de una pitillera como aquélla, de la que por otra parte parecía orgulloso, pues sin duda todo el mundo elogiaría su belleza tanto como lo había hecho ella?

¿Y por qué estaba tan seguro de que ella querría volver a verlo? ¿Acaso estaba convencido de que, picada por la curiosidad, iría a presenciar su actuación, como lo había hecho? Y por encima de todo, ¿qué deseaba de ella?

Ya en su apartamento, se acarició suavemente con los dedos las mejillas y la mandíbula... Quizá el bailarín buscase una nueva pareja de baile, dado que, de tanto golpearlas en el escenario, tuviera que reemplazarlas continuamente... La verdad es que el clímax de su número, aparte de extraño, era realmente espectacular... Quizá se sintiera atraído por un cabello como el suyo...

Tina se puso el pijama y se sintió mucho mejor. Llevó a su mesita de noche algún material de trabajo y un libro de diseño, además de un par de volúmenes de la Enciclopedia Británica en los que se hablaba de las conchas y de las caracolas marinas. No pudo leer mucho, pues pronto cayó rendida por el sueño.

No había dormido más de cuatro horas cuando se despertó. Abrió lentamente los ojos, sin moverse. Algo le dijo que no debía sobresaltarse, ni incorporarse de golpe, sino permanecer en calma y observar... La situación en sí se resumía en que allí estaba el rostro imperturbable y bellísimo de Lee Brokaw, mostrando deseo en su sonrisa, que parecía flotar entre ella y la pared... Su mirada era aún más profunda.

–¿Qué... qué? –empezó a decir ella, mientras su rostro pasaba del pálido al rosa y después al escarlata, o al sanguíneo, como si se la contemplase a través de unas gafas con los cristales rojos.

Pero entonces se esfumó el rostro de Brokaw. Tina se escondió bajo las sábanas. Lentamente sacó un brazo en dirección a la mesita de noche, y tanteó buscando el interruptor de la lámpara... La encendió y escondió de nuevo el brazo bajo las sábanas. Muy despacio empezó a destaparse la cara y abrió los ojos.

No había nada que ver.

Respiró profundamente, se incorporó en el lecho, se levantó y cruzó la habitación para encender la luz del techo y tener más claridad.

Nada. Plantada en el centro de su habitación, giró lentamente sobre sí misma, mirando con atención... Por el rabillo del ojo atisbó un movimiento y gritó aterrada, pero se rehizo de inmediato: era su reflejo en el espejo del cuarto de baño, que tenía la puerta abierta.

–¡Sí que empiezo bien el día! –dijo aliviada, pero con las pupilas dilatadas y la respiración entrecortada–. ¡Un mal sueño, hermanita! –dijo viéndose en el espejo–. Deberías aceptar que no estás precisamente guapa, querida...

Se lavó la cara y volvió a la cama. Pero al poco se levantó de nuevo, fue al armario y sacó de allí un par de zapatos de golf, que puso en la mesita de noche, sobre los volúmenes de la enciclopedia. Después apagó la luz del techo, apagó también la luz del cuarto de baño, volvió a la cama, se acostó, se tapó bien y finalmente apagó la lámpara de la mesita.

A esas alturas de la noche estaba, más que aterrada, atónita. Hacía muchas lunas que no pasaba una noche tan horrible. El insomnio la ponía de mal humor, pero como quería reírse de sí misma, al menos, comenzó a imaginar una pesadilla en tecnicolor en la que un dragón volador se quería estampar contra su cabeza.

Sonrió en la oscuridad, se dio la vuelta y abrió los ojos, pero sólo para ver de nuevo la cara de Lee Brokaw. Se había preparado bien, sin embargo, para algo así, de manera que no se asustó, alargó el brazo, tomó uno de los zapatos de golf y lo arrojó contra la aparición... El zapato se estrelló justo entre los ojos de aquella cara. Luego se oyó un ruido lejano y amortiguado. De la calle subía una voz que profería agrias imprecaciones.

Tina volvió a encender la lámpara de su mesita, se levantó de la cama y se acercó temerosa a la ventana. Lo comprendió todo al instante: el zapato había salido a través de la ventana abierta para caer en la cabeza del policía que hacía su ronda por la acera. Naturalmente, el policía miraba hacia arriba sin dejar de proferir imprecaciones y amenazas, furioso, rascándose la cabeza. Y se calló nada más verla. Había cometido Tina el error de asomarse a la ventana después de encender la luz, pero aún tardaría un poco en darse cuenta.

¡Un policía! Bueno, a pesar de haberle tirado un zapato, podía sentirse tranquila. El policía la protegería de Brokaw; no se atrevería el estúpido bailarín a importunarla, más que nada porque ya tenía muy claro Tina que el policía clavaba su vista en aquella ventana con luz y le daría la protección requerida, sólo con pedírsela. Incluso pondría entre rejas al imbécil de Brokaw, si osaba rondar por allí a esas horas para molestarla.

Su cerebro reaccionaba al fin. Nada más lógico, pues, que tratase de explicar al policía lo que había ocurrido.

–Es que había una cara flotando en mi habitación y le tiré un zapato para que se fuera... Por favor, le pido que se lleve a un tal Lee Brokaw, si aparece por aquí; no hace más que molestarme –dijo.

–¡Oh, no! –exclamó el policía, resignado.

Tina se giró como para dirigirse a alguien que estuviese en su habitación. El policía la oyó gritar:

–Ya te enseñaré yo a meterte en mi habitación a estas horas de la noche, ¡imbécil!

–Señorita –dijo el policía con la voz ahora en calma–, le ruego que hable más bajo con su amigo, o me veré obligado a intervenir...

–Lo siento, agente. –dijo asomándose de nuevo a la ventana. Y luego, volviéndose hacia el interior–: Ya ves lo que has hecho, ¡desgraciado!

Entonces oyó la voz triste y a la vez sarcástica del policía, diciendo:

–Pobre tipo, no me gustaría estar en sus zapatos...

A la mañana siguiente abrió la tienda unos minutos más tarde de lo habitual. No sólo se había despertado cansada por el trajín nocturno, sino que tuvo que dar explicaciones al encargado del edificio de apartamentos acerca de lo que había ocurrido la noche anterior y el consiguiente escándalo, que alertó a otros inquilinos. En realidad, estaba algo más que cansada... En su universo todo lo presidía ya Lee Brokaw.

Abrió la tienda y de inmediato se dirigió a la trastienda, con la idea de concluir lo que había comenzado el día anterior. Antes, había activado la célula fotoeléctrica de la puerta. Apenas había comenzado a trabajar cuando se percató de repente de que en la pared que daba a su derecha había escrito algo con un lápiz plateado, uno de los colores que utilizaba ella. Decía, simplemente: «Aquí estoy».

La letra era bonita, incluso artística. Podía ser una letra de mujer.

–Muy bien –murmuró Tina mirando a la pared–. Pues aquí estoy yo también.

Pero entonces descubrió otra mancha en el lado contrario. Era la cara que había visto flotar en su habitación, pintada con lápiz blanco. No hizo nada. Después de contemplar aquello durante unos segundos se limitó a cerrar los ojos, como si aguardase a que desapareciera.

Comenzó a decir para sí, hablando en voz muy baja:

–¿Qué puedo decir ahora, Tina? Dime, ¿qué puedo decir? –asintió antes de continuar–: Adelante, no te rindas... Te sentirás mucho mejor si no te rindes. –hizo una pausa y siguió diciéndose–: De acuerdo, no me rendiré... Pero debí hacer caso a Eddy y no ir a ver el espectáculo de ese demonio...

Tina se repitió una y otra vez que aquello no debía de haber ocurrido. Y que quizá debiera largarse de Chelsea, del mismo Nueva York... Cualquier cosa con tal de alejarse cuanto le fuera posible de Lee Brokaw. Pero irse de allí presentaba unas cuantas dificultades, primero por su negocio. Y después por lo que suponía una rendición, intolerable desde un punto de vista ético... Así que seguiría donde estaba. Pero si continuaba allí, tendría que afrontar, seguramente, cosas aún más inquietantes que las sufridas hasta ese momento y apenas en un día. Tendría que aventar como fuese, como si fuera humo, el problema. Así, preparada para lo peor, podría hacer frente a lo que se le presentara. Y si todo resultaba a fin de cuentas no ser tan grave, pues mejor, eso era lo que más deseaba. ¿Qué hacer, pues?
Antes que nada, encontrarse con Lee Brokaw y tratar de conocer su historia. Obligarle a hablar como si fuese una concha cuya apertura había que forzar.

Sonó el  timbre de  la  puerta, accionado por  la  célula fotoeléctrica. Salió rápidamente a la tienda.

–¡Eddy! –exclamó aliviada, esperando que no se percatase su amigo de que estaba al borde de las lágrimas.

–Hola, muñeca...

–Hola, pastelero –trató de sonreír ella.

Eddy tomó entre sus dedos una concha marina y comenzó a juguetear con ella, absorto.

–Dime, ¿has pensado algo más acerca de ese tal Lee Brokaw, has llegado a alguna conclusión?

–No, la verdad...

–Dijiste que era un vampiro...

–No, eso lo dijiste tú –le corrigió ella–. Todo lo que sé de él es que entró aquí para proponerme algo que no me interesó; es más, ni siquiera le permití que terminara de hacerme su proposición... Bueno, y sé que me mostró una pitillera preciosa, y que...

–Sigue...

–¡Bah!

Eddy supo que con aquella exclamación le decía que no deseaba seguir hablando de aquello, así que tomó él la palabra.

–Vale –dijo–, tomemos las cosas como son, sin hacer juicios... Todo lo que sabes es que ese tipo entró aquí sin que se activara la célula fotoeléctrica de la puerta... Bien... Y te hizo una proposición que te pareció inaceptable, no dejándole que se explicara del todo... Y no sabes, naturalmente, de qué se trataba en realidad...

–Sí lo sé, ahora lo sé –dijo Tina, a la defensiva–. Mira, Eddy; si de veras crees que Lee Brokaw es un rival sobrenatural, una especie de muerto viviente... pues será mejor que pienses otra cosa. Es otro tipo de demonio...

–No tendría inconveniente en hacerlo –respondió Eddy con voz y expresión de poco convencimiento.

–Eddy –siguió diciendo ella ahora en tono reflexivo–, ¿qué es lo que nos resulta tan fascinante de ese Lee Brokaw, al que tú no conoces y del que yo apenas tengo noticia? Nunca te había visto tan interesado en alguien...

–Es que nadie me había hablado así de alguien, jamás... Al menos de alguien a quien se puede ver y hasta tocar –respondió Eddy–. Te diré lo que sé, Tina... Quizá consigamos así aclarar un par de cosas... Anoche, una media hora antes de que cerrara la cafetería, entró Shaw... Ya le conoces... Es el manager de ese agujero podrido en el que trabaja Lee Brokaw. Estaba bastante alterado y buscaba a Brokaw. Se derrumbó en una silla y comenzó a preguntar a varios clientes si lo habían visto... El segundo pase del espectáculo comenzaría en breve y Brokaw no aparecía por ninguna parte.

–¿Alguien lo había visto? –preguntó Tina. Eddy negó con la cabeza.

–Ninguno de los clientes de mi cafetería parecía saber algo –siguió diciendo–. Recordé lo que me habías contado y me llevé a Shaw a un aparte. Me confesó que temía algo raro, por no decir realmente lamentable, y que Brokaw había hecho una primera actuación que había asustado a muchos de sus clientes... Pero en realidad, me pareció que lo que temía de verdad es que algún competidor le hubiera arrebatado a Brokaw, ofreciéndole un contrato mejor, aunque pretendiese que se interesaba por el muchacho, por si le había ocurrido algo...

»Le pregunté entonces qué sabía acerca de Brokaw, por si eso servía para que pudiéramos orientarle acerca del lugar en el que podría hallarse. Shaw no sabía una palabra. Brokaw, en realidad, sólo llevaba dos días trabajando en el Mello Club... A Shaw, en realidad, no le gusta su número, pero...

–Es algo espantoso –dijo entonces Tina.

–Casi todos los números que presentan ahí son muy malos, la verdad... Bueno, da igual... Le dije... ¿Cómo? ¿Qué has dicho? ¿Cómo sabes que es un número espantoso?

–Fui a verlo, Eddy.

–De manera que fuiste a verlo... ¿No te dije que no te acercaras a ese lugar infecto?

–Sí, Eddy, me lo dijiste... ¿No me preguntas nada más? –dijo con un tono de voz amable.

–No... Ya veo... La pequeña Miss Musculitos se ha creído tan fuerte como para no hacer caso a los buenos consejos que recibe, ¿eh? Muy bien, Tina. De ahora en adelante procuraré no meterme en tus cosas, ni preocuparme por tus problemas. Sabes cuidar de ti misma, ¿no? Ya veremos cuando alguien te agarre por el cuello y...

–Lo sé, lo sé, ya vale... No tendré derecho a pedirte ayuda... Tranquilo, no lo haré.

Eddy se dirigió a la puerta.

–No iba a decir eso... Sólo quería decirte que no olvides lo que has visto hacer a ese tipo, es un degenerado.

Sonó el timbre activado por la célula fotoeléctrica en cuanto Eddy abrió la puerta para irse. Un sonido que realmente hería de muerte al silencio.

Tina se quedó mirando cómo se alejaba Eddy, contrariado, y se cruzó de brazos violentamente, preguntándose cómo era posible que todos los hombres, sin excepción, fueran tan estúpidos. ¿Por qué no había un solo hombre que mantuviese una amistad con una chica, sólo eso, sin pretender convertirse en su ángel guardián, o en su guardaespaldas, si no en el dueño de todos sus actos? Y eso que Eddy era un hombre que decía admirarla por su independencia, por su valentía, por su carácter autosuficiente... Apretó los labios enojada y soltó un suspiro, que era un lamento. Un lamento que pareció hallar réplica en otro igual, al fondo de la tienda.

Era un lamento que más bien parecía de dolor, sin embargo, no de contrariedad. Un lamento de desolación, carente de toda esperanza.

Eddy estaba a sólo medio bloque de distancia de su tienda. Era un tipo egocéntrico, una especie de dictador que se creía en condiciones de cuidar de las mujeres porque éstas, según él, no saben cuidar de sí mismas. Le había molestado que decidiera investigar por sí sola, metiéndose en el club. Tina se encogió de hombros y se fue a la trastienda.

Allí no había nada, salvo aquel lamento. Miró a su alrededor y nada. Ni siquiera podía ser el eco de su propio lamento, por la sencilla razón de que ya no se lamentaba... Después levantó el bonito bajel en miniatura que tenía sobre su mesa de trabajo, y nada. Con cierta dificultad, dado que rara vez lo abría, miró en el armario tirando con fuerza de las dos hojas de la puerta. Miró en el interior, a derecha y a izquierda. Nada. Pero seguía oyéndose aquel ruido, aquel lamento, aquella especie de respiración quejumbrosa. Decidió  entonces levantar la trampilla del sótano, lo que también la obligó a un gran esfuerzo, pues llevaba igualmente mucho tiempo sin abrirse, y descendió los peldaños de la corta escalera. Justo al final de la misma estaba sentado Lee Brokaw.

–¿Señor Brokaw? –preguntó Tina, titubeante.

Brokaw se levantó raudo, violentamente incluso, y pegó la espalda contra  la  pared,  muy  asustado. Estaba  sucio,  muy desastrado; tenía su rostro antes bien parecido como cubierto de rastrojos, pero es que estaba sin afeitar. Nada de eso, sin embargo, pareció acabar con su gesto sardónico, una vez la vio.

–¡Ah, es usted! –dijo con la voz casi como de tenor.

No obstante, algo en él sugería que, en efecto, estaba muy asustado.

–¿Qué le ha ocurrido, se encuentra bien? –le preguntó Tina alarmada–. Venga, salgamos de aquí...

–¿Podría esconderme usted en algún lugar donde nadie me vea?

–Vamos, no le verá nadie –prometió ella.

Comenzó a caminar hacia ella, sin dejar de mirarla. Tenía ahora los ojos llenos de agradecimiento y esperanza, pero seguía viéndose en ellos un gran miedo. Iba de puntillas. «Este hombre no deja de danzar ni un minuto», pensó Tina.

Ni un minuto.

Ya en la trastienda, revoloteó alrededor de ella como una pluma movida por el viento, y así se asomó a la tienda.

–Ciérrela –pidió a Tina.

–El timbre nos avisará si entra alguien.

–¿Está segura? –dijo él y sonrió burlón.

Tina recordó lo que pasaba con la célula fotoeléctrica cuando él, precisamente él, entraba en la tienda.

–¡Oh! –exclamó–. Puede estar tranquilo, aparte ese barquito y siéntese; yo puedo ver desde aquí si entra algo –dijo Tina cuando ya estaban de nuevo en la trastienda y de inmediato se preguntó por qué había dicho algo en vez de alguien–. ¿Tiene algún problema?

Dijo que sí con la cabeza mientras tomaba asiento lentamente. Ella lo miró con mucha atención. Parecía muy joven y muy frágil. Parecía torturado por el miedo. Ya no mostraba su rostro aquella sonrisa cruel de antes. Por ejemplo, de cuando vio su cara por la noche, en su habitación, cuando le tiró el zapato de golf.

–Anoche lo vi –le confesó impulsivamente.

–Ya lo sé –dijo él mientras se llevaba la mano al bolsillo interior de la americana–, aunque yo no la vi a usted.

–¡Ah, la pitillera! –dijo ella–. No querrá decir que gruñía porque yo estaba allí...

–Pues sí –dijo él y sacó del bolsillo la pitillera, alargándosela cuidadosamente a través de la mesa.

Ella la miró sin atreverse a tocarla, ni siquiera se atrevía a rozarla... Pero estaba decidida a saber lo que hiciera falta saber. Así que apretó los dientes, se armó de valor y dijo:

–La voy a abrir.

–Adelante –la animó Brokaw como si pensara en otra cosa, como si tuviese cosas más importantes en las que pensar.

Tina lo miró entonces desconfiada. Brokaw tenía los ojos cerrados y fruncido el ceño, como si meditase profundamente. Ella respiró hondo y tomó la pitillera entre las manos. La pitillera se abrió.
De todo lo que esperaba encontrar en aquella pitillera de plata china –cualquier cosa espantosa, algún amuleto, unas runas–, lo que menos se imaginaba era aquella musiquilla electrónica que se oyó nada más abrirla. Es decir, lo único que en realidad contenía la pitillera de plata. Eso la sorprendió mucho más que cualquier otra cosa.

Sintió algo así como cuando en un sueño subes diez escalones de una escalera que sólo tiene nueve. Sí era verdad, no obstante, que había otro dragón allí, justo en el medio del recipiente para los cigarrillos, pero no era más feo que los otros, incluso parecía que le hubieran grabado una sonrisa. Bueno, también había en la pitillera algunos cigarrillos.

–Me parece que ya estoy cansándome de este estúpido juego –dijo Tina, encarándose con el otro–. Lee Brokaw, dígame de una vez quién es usted y qué se propone, por qué ha querido asustarme. ¿Por qué hace cosas que sabe positivamente que no puedo creer y que incluso pueden hacer que experimente un gran resentimiento hacia usted?

Descansó la cabeza sobre la mano del codo que apoyaba en la mesa y la miró atentamente. Sus ojos volvían a ser burlones.

–Soy bailarín –dijo–; si usted me dice primero qué piensa, qué cree que hago, quizá pueda satisfacer su curiosidad... Necesito desesperadamente que haga algo por mí... He acudido a usted porque es la persona idónea para ello –y extendió sus manos abiertas como si dijese «¿puede haber algo más simple?», recostándose después en el respaldo de la silla.

–¿Pero qué quiere que haga? –preguntó ella.

–¿Eso quiere decir que lo hará? –preguntó Brokaw con un brillo de esperanza en los ojos.

Tina negó con la cabeza.

–No he dicho nada parecido.

–No se lo pediría –siguió Brokaw– si temiese una mínima posibilidad de que no fuera usted la persona idónea.

–Bien, dejémoslo estar –dijo Tina–. Tengo trabajo por hacer.

–Si no acepta, me verá en todas partes –dijo él–. En su casa, mientras trabaja...

–Sí, ya lo he comprobado un par de veces –dijo ella ácidamente–. Creo que podría acostumbrarme.

–No, no lo crea, siempre sería peor –replicó él no menos ácidamente, como si temiese que aquello se le fuera de las manos–. Vería mi cara en la de aquellos con los que hablase. Y sentiría mis manos recorriéndole el rostro y el cuerpo... Y oiría mi voz cuando escuchase música; es más, acabaría no oyendo otra cosa en este mundo que no fuese mi voz. Y acabaría no viendo otra cara que no fuese la mía. Y acabaría no sintiendo otras manos que no fuesen las mías... Se volvería loca.

–Puedo mantenerme a salvo de usted –replicó ella retadora–. No creo que pueda traspasar las paredes tranquilamente.

–¿Y las vigas maestras? Tina siguió enervándose.

–No me importa lo que haga o pueda hacer... Usted está loco... La verdad sea dicha, le miro y no creo que pudiera convencerme de que hiciese algo por usted...

«Arrara...»

–¡Oh, no, por favor! –exclamó Brokaw, levantándose de su silla para arrodillarse a los pies de Tina, y tomar sus manos, y mirarla con ojos suplicantes y llenos de terror. Le temblaron los labios cuando comenzó a hablar dificultosamente.

–Eso ha sido el último aviso, ocurrirá hoy mismo, esta noche... Ayúdeme, Tina, se lo ruego... Sólo usted puede ayudarme –y hundió su rostro en el regazo de la mujer.

Ella contempló atónita sus hombros rendidos y recordó la calma sardónica con la que poco antes se había expresado aquel hombre que ahora suplicaba su ayuda, y que había perdido por completo la compostura, esa sensación de poder que irradiaba. No podía por menos que compadecerse ahora de aquel pobre muchacho arrojado a sus pies.

Tina le acarició el cabello tan negro.

–Pobrecillo –musitó–. Le ayudaré... No llore, Lee, por favor; le ayudaré, se lo prometo...

Se incorporó para abrazarla.

–¿De veras que me ayudará? ¿De verdad?

–Me especializo –dijo ella intentando evitar que asomaran lágrimas a sus ojos– en recuperar juguetes rotos...

–Es usted un ángel –dijo Brokaw arrebatado y la besó. Fue un beso tierno y limpio: en la mejilla, casi a la altura de uno de sus ojos.

–Ahora, tome asiento y tranquilícese, Lee... Le he hecho una promesa, ¿no? Creo que merezco que me lo cuente todo.

–He matado a un hombre –dijo Lee, y sin quitar los ojos de los de Tina tomó asiento lentamente en la silla de antes–. Lo maté mientras dormía. Le golpeé con un adorno de bronce y luego le rajé el cuello con un cuchillo. Su piel era muy dura –prosiguió– y el cuchillo era pequeño y apenas tenía filo... Creo que tardé horas en rajarle el cuello.

–Ya veo –dijo Tina tratando de mantener la calma; incluso intentó sonreír, pero desistió de inmediato, como si temiera que se le cuartease la piel al esforzarse–. Y aquello le dejó un gran trauma psíquico...
–Supongo... –dijo él muy serio, tratando de no parecer jactancioso–. Pero eso no sería nada en sí mismo... Creo que incluso me alegraría si sólo fuera eso... Pero, compréndalo; después de haber hecho algo así tengo que huir, y no puedo... La gente me conoce. Creo que incluso llegaría a ser noticia... Soy un hombre conocido.

–Así es...

–¿Se lo parece? Bueno, eso no importa ahora... Ya no soy el que era... He cambiado... He vendido mi alma...

–¿Pero qué tontería me está contando? –dijo Tina evidentemente alarmada.

Tierras de sangre. Alfred Coppel (1921-2004)

El lugar de la cita se encontraba bastante lejos de la zona apestosa que había sido incendiada por el aterrizaje de la nave espacial. Kenyon se hallaba de pie en el lindero de un bosquecillo de plumas cercano al lugar donde el mar sin mareas se extendía, rojo y brillante.

Kenyon miró hacia atrás, maldiciendo lo llano de la isla. La torre de la nave espacial dominaba todo el terreno; allí no había ningún lugar para ocultarse. Kenyon sabía que cualquiera que deseara hacerlo, podía espiarle fácilmente mientras estaba allí, esperando que Elyra saliera del bosquecillo. Y no es que existiera ningún motivo razonable, se dijo a sí mismo, defendiéndose, para que ocultara sus relaciones con Elyra. Los contactos con mujeres indígenas - aunque considerados de mal gusto - eran corrientes entre los hombres espaciales. Pero la misión en Kana era de repatriación, más que de explotación, y todos los miembros de la expedición habían sido advertidos contra el peligro de anudar relaciones capaces de provocar desagradables situaciones cuando los indígenas fueran evacuados de Kana.

Kenyon se movió, impaciente de un lado para otro, atisbando a través del bosquecillo. Le hubiera gustado penetrar en él para ir al encuentro de la muchacha, pero era algo que nunca se había atrevido a hacer. No podían correrse riesgos en un planeta como Kana, que significaba el retroceso desde la tecnología más avanzada a un salvajismo de leyenda. Y existía aquella pregunta sin contestar acerca del canibalismo. Elyra no, desde luego, pensó Kenyon rápidamente; no era posible. A fin de cuentas, la misión sólo llevaba unos cuantos días en Kana. Resolver el acertijo del alimento indígena era únicamente cuestión de tiempo.

Un leve susurro de las plumas le advirtió de la proximidad de Elyra. Indígena o no, se dijo Kenyon, era un ser maravilloso. Con su pelo rojo, al igual que todos los indígenas, hombres y mujeres. Y sus ojos grises, casi fríos. Pero su cuerpo era esbelto y flexible. Elyra se detuvo en el mismo lindero del bosquecillo, solemne y seria a la decreciente luz.

- Está a punto de ponerse el sol, Kenyon - dijo.

Su saludo era siempre el mismo. La afirmación de que terminaba un día, de que la luz se borraba del cielo. Inconscientemente, Kenyon miró hacia el Este, donde la primera pálida claridad de una estrella brotaba a través del rojizo brillo del sol poniente. Pensó que las estrellas eran muy pálidas en el Filo. Le llenaban de una sensación de lejanía, de vastos espacios vacíos, de los parsecs que separaban a Kana y su estrella roja de los fecundos mundos de los sistemas interiores. No era de extrañar que hubiera permanecido ignorado durante tanto tiempo...

Se estremeció ligeramente y miró a Elyra, sonriendo.

- ¿Pasearemos junto al mar? - preguntó -. He traído algo para ti..., un regalo.

Normalmente, la promesa de un presente habría arrancado una sonrisa al rostro de Elyra, pero en aquella ocasión permaneció solemne y extrañamente ausente.

- Esta noche pasearemos por el bosque.

Kenyon frunció el ceño. Se lo había prometido a Elyra, y ella lo había recordado. A lo lejos, en una de las islas que se erguían a través de las rojizas aguas, un tambor empezó a resonar con rítmica insistencia. Una extraña sensación inundó a Kenyon, algo parecido al temor..., a pesar de que no había nada, que él supiera, capaz de provocar aquella sensación en la mente de un hombre del espacio. Tenía detrás de él a toda una cultura interestelar, con su poderío y sus máquinas. En la galaxia deshabitada no había nada que pudiera inspirar miedo a un hombre del espacio; pero Kenyon estaba asustado: lo sabía. Asustado de este mundo acuático y de sus islas. Quizás estaba asustado incluso de Elyra.

- Hemos paseado junto al mar - dijo Elyra, manteniéndose separada de él -, y ahora pasearemos por el bosque. Tú has venido aquí desde el cielo para llevarte a mi pueblo de Kana...

Kenyon pensó que no serviría de nada negarlo, puesto que Bothwell y Grancor ya lo habían anunciado al jefe de la isla. En los combinados industriales de los mundos interiores era necesario la mano de obra. Permitir que unos humanos vivieran una existencia salvaje en un mundo sin valor comercial como Kana era un despilfarro de energías potenciales.

- Yo te llevaré de la mano - continuó Elyra en su arcaica lingua spacia -, y te enseñaré por qué mi pueblo no desea marcharse.

Los ojos de Kenyon se abrieron a causa del asombro. Hasta entonces, ninguno de los indígenas había ofrecido a los tres miembros de la misión un motivo para su resistencia a abandonar Kana. Éste era, al parecer, el primer resquebrajamiento de una muralla de cortés resistencia pasiva. Si él, Kenyon, pudiera convencer a los jefes de que debían apremiar a su pueblo para que embarcara en la nave espacial sin necesidad de coacciones ni de derramamiento de sangre, el hecho representaría una excelente nota en su expediente personal; podría conducirle a cosas más importantes que evacuar trogloditas desde el Filo del estado galáctico.

- Espérame aquí, Elyra - dijo -. Regresaré antes de que acabe de ponerse el sol, e iré contigo al bosque.

Elyra sonrió, mostrando unos dientes muy blancos y puntiagudos. Kenyon se estremeció ligeramente y se encaminó a la nave espacial. Podía ir al bosque, pensó, pero no sin armas... ni sin que Bothwell y Grancor supieran lo que iba a hacer y dónde, al servicio del Estado. Al llegar junto a los enormes remolques preparados para transportar a los indígenas de Kana, nudo oír a Bothwell y a Grancor que discutían.
Bothwell:

- Eres un estúpido... Ni siquiera eres capaz de decirme lo que ha sucedido con los malditos lanchones. Un millar de años en este clima no los destruirían. De modo que, ¿dónde están?

Y Grancor, en tono seco y avinagrado, como el de un profesor de academia

- Evidentemente, mi querido Bothwell, cuando las islas quedaron formadas ya no fueron necesarios. Se hundieron, sencillamente.

Kenyon se detuvo a escuchar. Era una discusión perpetua entre los dos hombres, a la vez inútil y exasperante, en opinión de Kenyon. Nunca había querido unirse a ella. Se había iniciado con el descubrimiento de diez mil islas en el mar de poco calado que en otra época - según el libro - cubría todo el planeta de Kana. Quinientos años antes, en el primer impulso de la colonización estelar, Kana había sido poblado con seres humanos procedentes de la galaxia interior. Dado que no existían terrenos de ninguna clase, y dado que había un buen mercado para las sales de oro y los nitratos que podían ser extraídos del mar de Kana, se estableció una colonia acuática. Pueblos flotantes, hidropónicos, y una esencial y altamente desarrollada tecnología. Y luego se produjo el interregno: un interregno comercial que encontró innecesarios los productos de Kana. El comercio decayó, y eventualmente el planeta y sus habitantes fueron olvidados. Una colonia perdida. Transcurrieron quinientos años antes de que la mano de obra de Kana y de otros mundos semejantes se hiciera lo bastante valiosa como para enviar a expediciones encargadas de reunir a los habitantes de aquellos mundos y trasladarlos a los combinados industriales.

Pero Kenyon, Grancor y Bothwell, este último jefe nominal de la expedición, se encontraron con algunas sorpresas en Kana. Los pueblos flotantes habían desaparecido, los habitantes se habían convertido en salvajes, y había diez mil islas donde antes no había ninguna.

- El vulcanismo está descartado - estaba diciendo Bothwell -. Kana y su sol son demasiado viejos para soportar esa clase de fenómeno.
- Es cosa que ignoras - replicó secamente Grancor -. Eres un hombre del espacio, no un geólogo.
- Tampoco soy agrimensor - dijo Bothwell -, pero puedo decirte que aquí no crece ninguna vegetación, aparte de esas malditas plumas...
- Parecen plumas - dijo Grancor -, ¿Acaso no has visto plantas más raras?

El aislamiento, pensó Kenyon, está endureciendo su antagonismo natural. El aislamiento y el fracaso. Un fracaso que ninguno de los dos se atreve a reconocer. Sabía que dentro de unos días Bothwell estallaría y embarcaría a los indígenas de Kana en los remolques de la nave espacial utilizando la fuerza. Disponían de armas para hacerlo, pero Kenyon experimentaba un extraño temor a tener que recurrir a la violencia; en Kana existían peligros que ninguno de los hombres del espacio había reconocido aún. Kenyon estaba convencido de ello. Después de armarse, descendió la rampa en dirección a las estridentes voces; sería un placer interrumpirles. Bothwell levantó la mirada y enarcó las cejas. Kenyon decidió de nuevo, como había estado haciendo durante las últimas semanas, que no le gustaba Bothwell.

- ¿Adónde vas tan armado? - preguntó Bothwell.
- ¿Dónde quieres que vaya? - murmuró Grancor -. Nuestro joven colega va a reunirse con su hermosa salvaje, desde luego.
Kenyon enrojeció.
- Puesto que parece que estamos perdiendo el tiempo, voy al bosque a hablar con el jefe - dijo, con cierta insolencia.
- ¿Es eso prudente? - le preguntó Grancor a Bothwell.
- Que vaya donde quiera - dijo Bothwell -. Cuando se convenza de que las palabras no sirven para nada, adoptaremos medidas más radicales.

Kenyon hizo un esfuerzo para dominar su furor y dio media vuelta. Pero se detuvo inmediatamente, no deseando marcharse sin pedir su ayuda, y odiando el tener que hacerlo.

- Manteneos a la escucha - dijo, en tono casual -. Informaré por radio de cualquier progreso...
Bothwell estalló en una carcajada.
- ¡Progreso! - exclamó -. ¡Se va al bosque de noche con su hermosa salvaje y quiere mantenernos informados!

Kenyon salió casi corriendo de la nave, con el rostro encendido. El sol estaba hundiéndose en el horizonte y una densa neblina flotaba sobre la isla. Las botas de Kenyon se hundían en el pestilente y requemado suelo mientras avanzaba, haciéndole tambalearse. Como una roja herida sin cicatrizar, pensó. Una típica muestra de las mejoras introducidas por el hombre en los mundos que explotaba. Elyra continuaba en el mismo lugar en que la había dejado, esperando a la sombra de las altas plumas. Los tambores resonaban más fuertes, de isla en isla. La última luz sanguinolenta iba borrándose del cielo. Sin hablar, Kenyon tomó la mano de la muchacha y juntos se desvanecieron en el bosque de ondeantes plumas.

...el viento nocturno y tambores en el bosque un círculo de formas para acoger a un hombre procedente de las estrellas y la oscuridad se hace más intensa suenan los pasos espera las plumas susurran, está llegando espera el suelo dice que está llegando a nosotros vuestro padre cuidará de vosotros y os alimentará y no tendréis que marcharos entre las estrellas yo os protegeré...

A Kenyon le pareció que andaban horas enteras a través de la oscuridad. Se daba cuenta de la creciente excitación de Elyra, como si estuviera poseída por un sentimiento de triunfo y de anticipado placer. Pensó en las especulaciones de Grancor acerca del canibalismo entre los habitantes de Kana, y un escalofrío recorrió su cuerpo. Cuando llegaron a un claro del bosque, los tambores cesaron de resonar; el silencio pareció estallar delante de sus ojos. Elyra volvió el rostro hacia su acompañante, sus ojos muy abiertos y oscuros entre las sombras. Kenyon encendió una cerilla y la acercó a su cigarrillo, aspirando profundamente el humo. Elyra se relamió los labios con la lengua y Kenyon observó lo puntiaguda que era. Casi sucumbió al impulso de echar a correr, pero la idea de Bothwell y de Grancor riéndose de él, le contuvo.

- Sé fuerte, Kenyon - dijo Elyra, como si hubiera adivinado sus pensamientos -. Sé valiente, y, sobre todo, sé prudente cuando te encuentres ante el padre.
- ¿El padre?
Elyra golpeó impacientemente el suelo con uno de sus pies descalzos.
- El padre, Kenyon - repitió -. El poderoso que llegó a mi pueblo después que vosotros lo dejasteis abandonado...

Allí estaba de nuevo, pensó Kenyon: el cisma entre el pueblo de Kana y el resto de los mundos habitados. Vosotros. Mi pueblo. Como si el nacimiento de una leyenda de dioses procedentes del espacio hubiera transformado a los habitantes de Kana en algo distinto al resto de la raza humana.

- No existen dioses procedentes del espacio, pequeña. Son hombres - dijo Kenyon afablemente.
- El padre no es un hombre - susurró Elyra. Kenyon casi pudo captar la mística calma que descendía sobre ella mientras contemplaba el legendario pasado -. Hace mucho tiempo, cuando el pueblo de Kana vivía en el mar y estaba moribundo, los grandes dioses llegaron hasta nosotros, nos alimentaron y nos calentaron, - Su voz adquirió un tono de resentimiento -. Tu no puedes comprenderme; y yo no puedo hacer que me comprendas.

Pero el padre hablará contigo, estoy segura de ello, y entonces sabrás por qué nuestro pueblo tiene que permanecer aquí para siempre.

- No dijo Kenyon -. De un modo u otro, tu pueblo vendrá con nosotros. Sois necesarios en otra parte.
Elyra se echó a reír.
- Cuando el tiempo se acabe..., cuando la estrella roja muera..., estaremos aquí, en Kana. Lo mismo que todo hombre que haya pisado el suelo sagrado...
Elyra se puso de puntillas y le besó, y Kenyon sintió un agudo dolor en sus labios.
- ¡Salvaje!

Retrocedió, secándose la sangre de la boca, en el lugar donde la puntiaguda lengua de Elyra había pinchado su carne. La golpeó en pleno rostro, y Elyra cayó al suelo. La idea llegó a su cerebro como un relámpago que iluminara las tinieblas. No eran caníbales: eran vampiros. Kenyon experimentó una indescriptible sensación de malestar en la boca del estómago. El hecho de que unos descendientes de hombres civilizados se hubieran convertido en unos seres tan depravados, resultaba increíble. Grancor y Bothwell tenían que ser advertidos. Radió el mensaje a través de su emisora portátil y esperó la respuesta, mientras Elyra le contemplaba desde las sombras. No hubo ninguna respuesta. ¡Maldición! ¿Permanecían a la escucha, o no? Kenyon no tenía modo de saberlo. Elyra se echó a reír. El sonido de su risa resultaba exasperante. Kenyon desenfundó su pistola de rayos y apuntó a la muchacha.

- ¡Muéstrame el camino de regreso! - ordenó, con más confianza de la que sentía.

Elyra, por toda respuesta, se echó a reír de nuevo, y desapareció en la oscuridad del bosque de plumas. Kenyon disparó a ciegas, tratando de encontrar un sendero a través de la extraña vegetación. Repentinamente, oyó un ruidoso arrastrar de pies descalzos, y un centenar de manos cayeron sobre él, aferrándole, golpeándole. Luego experimentó un vivísimo dolor en la base del cráneo y le envolvió la oscuridad, profunda y negra como la misma noche del espacio. Cuando Kenyon despertó, yacía en un claro iluminado con antorchas. A su alrededor, un mar de rostros: los habitantes de Kana. Alguien estaba golpeando un tambor, muy suavemente, con un ritmo insistente e hipnótico. Su cuerpo tocaba el suelo, y por primera vez Kenyon tuvo conciencia de la peculiar contextura del terreno. Liso, cálido, con alguna clase de calor latente, interno.

Toda la tribu de indígenas se balanceaba al ritmo obsesionante del tambor. Kenyon pudo oír el murmullo de su cántico, repetido interminablemente «...despierta padre despierta padre despierta padre despierta padre...» Kenyon trató de sentarse, y descubrió que no podía hacerlo. Invisibles, unas cintas le sujetaban al suelo. El pánico se apoderó de él, a pesar de todos los esfuerzos de su voluntad, adiestrada para combatirlo. Giró la cabeza a uno y otro lado para ver si podía localizar a Elyra en el mar de rostros, pero todas las mujeres eran iguales. Todas se balanceaban al compás de su cántico ritual. El mismo aire parecía vibrar con su ritmo. De repente, Kenyon quedó helado de horror. A menos de diez metros de distancia del lugar donde se encontraba surgía un tronco... No, no era un tronco humano, sino un indígena enterrado hasta los sobacos en el suelo. Sus ojos estaban abiertos de par en par y su boca se movía convulsivamente. El propio suelo latía lentamente a medida que el hombre iba hundiéndose más y más. El hombre gritó. De su garganta salió una especie de murmullo líquido. Lo indígenas empezaron a aullar.

«...el padre despierta el padre despierta».

Kenyon, con los ojos saliéndole de las órbitas, permaneció rígido... esperando no sabía qué. El hombre enterrado en el suelo levantó un brazo como un autómata, señalando directamente al cautivo. A continuación habló, con una voz profunda, hueca, sepulcral.

- ¡Tú..., hombre de las estrellas! ¿Por qué has venido aquí?
Kenyon no pudo contestar.
- A robar a mi pueblo. A separarlo de mí - tronó la voz acusadora -. Cuando fueron abandonados por los de su propia raza... yo llegué a través de parsecs de espacio... a través del golfo que se abre entre las galaxias... a vivir con ellos y a cuidar de ellos. Y, ahora, ¿crees que vas a llevártelos?

Y el hombre enterrado estalló en una risotada. Un sonido hueco, espantoso, que resonó de un modo horrible en el bosque de plumas. Los indígenas hicieron eco a aquella risa desprovista de alegría. Es un truco, pensó Kenyon. Hipnosis. O tal vez me estoy volviendo loco. Me ha parecido que todo el mundo estaba hablando a través de la boca de ese hombre.

El hombre enterrado movió sus brazos en un amplio círculo. Gritó:

- ¡Corred! ¡Yo os invito! ¡Corred conmigo!

Kenyon luchó de nuevo contra las ataduras que le sujetaban, enloquecido por el pánico. Pero los indígenas no le atacaron con sus lenguas puntiagudas, sorbedoras... Se inclinaron, apretando sus bocas contra el suelo, hundiendo sus lenguas en la tierra. El hombre enterrado gritó una vez más y se desvaneció con un ruido húmedo, aspirante. De repente, Kenyon lo vio todo claro, como un cuadro que iba formándose en su mente. El suelo, la tierra, las islas: eso era el padre. Una raza de seres llegados a través del espacio, que había encontrado refugio en las aguas cálidas y poco profundas de un mundo abandonado por los humanos de la galaxia interior. Animales enormes, cubiertos de plumas, dispuestos a vivir en una espantosa simbiosis con los hombres que habían encontrado en Kana. Dándoles a comer la sangre de la tierra, y tomando a cambio la carne de los hombres. Era algo horrible, nauseabundo. Kenyon pudo imaginar a la gente abandonando las barcazas para dirigirse a las islas que veían surgir en el océano, y más tarde viviendo como parásitos de la sangre que discurría debajo de la tostada epidermis.

Sintiendo despertarse en él un frenesí de asco y de furor, Kenyon luchó con todas sus fuerzas, utilizando los dientes y las uñas, para librarse de sus ataduras. Tenía que marcharse de aquel lugar maldito, marcharse hacia la fría y limpia oscuridad del espacio, alejarse de aquella espantosa pesadilla de depravación extraña y humana. Repentinamente, se encontró libre y corriendo a través del bosque de plumas, con la horda de indígenas corriendo detrás de él, con las antorchas en alto. Las odiosas plumas desgarraban su carne, el suelo cálido y palpitante de la isla se ablandaba para entorpecer su marcha. Pudo oírse a si mismo gritando en un paroxismo de rabia y de terror mientras corría.

¡Tenía que regresar! ¡Regresar para advertir a los otros! Regresar a la nave espacial y sentir bajo sus pies descalzos el frío y limpio metal, y recobrar de nuevo la lucidez de su mente.

- ¡Tenía que llegar!

Detrás de él, la horda de indígenas aullaba desaforadamente, y el oscuro bosque devolvía el eco de sus gritos. Y al final Kenyon se encontró corriendo a través de la carne requemada de la zona de aterrizaje de la nave espacial. ¡Una boca espantosa, entreabierta, en forma de cráter! El suelo palpitaba furiosamente. Kenyon tropezaba, caía. Pero volvía a ponerse en pie y continuaba avanzando, sin dejar de gritar. Grancor y Bothwell estaban sentados en la sala de mandos, muy pálidos. No se movieron cuando Kenyon penetró en la cabina, tambaleándose. No pronunciaron una sola palabra mientras su compañero contaba su historia con frases entrecortadas. Permanecieron en silencio, incluso cuando Kenyon les gritó que pusieran en marcha la nave.

-¿Acaso os habéis vuelto locos? ¿Es que no comprendéis lo que os estoy diciendo? ¡Tenemos que despegar inmediatamente!

Al ver que no contestaban, Kenyon se sentó ante el tablero de mandos y cerró los relés. Los cohetes no se encendieron. En aquel momento experimentó la sensación de que la nave estaba hundiéndose. Se estremeció, notando que su lucidez mental volvía a vacilar. Grancor le cogió del brazo y le condujo a una de las mirillas, desde la cual era perfectamente visible la boca que formaba el desgarrado suelo.

- Mira al exterior - dijo Grancor en voz baja.
- Entonces... recibisteis mi mensaje - murmuró Kenyon.

Grancor asintió. Kenyon se agarró a las paredes de la nave, mirando a través de la mirilla. Hacia el Este, el cielo estaba enrojeciendo, y a la claridad escarlata el mar de plumas oscilaba agitadamente. El suelo estaba cerca. Demasiado cerca.

La boca roja y mutilada se había cerrado alrededor de la nave. Kenyon recordó al hombre enterrado con un estremecimiento de horror. La nave estaba hundiéndose. Dentro de unos instantes, quedaría completamente engullida. Kenyon tuvo conciencia de la proximidad de una inteligencia suprema, gigantesca. Una inteligencia que planeaba por encima de la nave, implacable. Grancor y Kenyon permanecieron en pie delante de la mirilla, contemplando el silencioso círculo de indígenas que se había formado alrededor de la nave espacial. Notaron que la nave se hundía lentamente, inexorablemente, cada vez más honda... en la tierra viva.

Sueño escarlata. Catherine L. Moore (1911-1987)

Northwest Smith compró el mantón en el Mercado de Lakkmanda de Marte. Uno de sus mayores placeres consistía en vagar sin rumbo entre los puestos y barracones de aquel gigantesco mercado, cuyas mercancías procedían de todos los planetas del sistema solar, y de aún más lejos. Han sido cantadas tantas canciones y narrados tantos relatos sobre ese fascinante caos llamado Mercado de Lakkmanda, que se hace innecesario describirlo de nuevo. Smith caminaba entre una multitud cosmopolita y variopinta, con las lenguas de mil razas zumbándole en los oídos y los olores de perfumes, sudor, especias y comidas y otros mil aromas sin nombre asaltando su olfato. Los vendedores voceaban sus mercancías en los idiomas de una veintena de mundos.

Mientras paseaba entre la apretada multitud, saboreando la confusión, los aromas y las imágenes correspondientes a un sinfín de países, captó su atención un ramalazo de un peculiar rojo escarlata que parecía sobresalir corpóreamente de su fondo y asaltaba la vista con una violencia casi física. Correspondía a un mantón descuidadamente extendido sobre un baúl tallado; el baúl era un típico trabajo de las tierras secas de Marte como se apreciaba por la exquisita minuciosidad de la talla, tan extrañamente cambiante como las características de la ruda raza de las tierras secas. Smith reconoció también el origen venusiano de la bandeja de bronce que había sobre el mantón, e identificó los pequeños objetos de marfil labrado que contenía la bandeja como obra de una de las más recientemente descubiertas razas de la mayor luna de Júpiter. Pero a pesar de su vasta experiencia no lograba recordar ningún trabajo similar a aquel mantón. Intrigado, se detuvo ame el puesto y preguntó a su encargado:

—¿Cuánto vale el mantón?
El hombre, un marciano de los canales, se alzó de hombros y dijo indolentemente:
—Ah, eso. Se lo doy por medio cris. Me produce dolor de cabeza mirarlo.
Smith hizo una mueca y dijo:
—Le doy cinco dólares.
—Diez.
—Seis y medio, y es mi última oferta.
—De acuerdo, lléveselo. —El marciano sonrió y apartó la bandeja llena de objetos de marfil que había sobre el baúl.

Smith cogió el mantón. Se adhirió a sus manos como una cosa viva, más suave y ligero que la lana marciana. Pensó que debía de estar hecho con el pelo de algún animal más que con una fibra vegetal, dada su peculiar adherencia, como de cosa viva. Y el loco dibujo lo turbaba con su indescriptible rareza. Distinto de cualquier dibujo que hubiera visto en todos los años de sus correrías, aquel violento escarlata enredaba su indescriptible arabesco en una línea continua y enmarañada sobre el oscuro azul del fondo. El fondo azul estaba exquisitamente matizado de verde y violeta, suaves colores vespertinos en contraste con los cuales el violento escarlata llameaba como algo más vivo y siniestro que un simple color. Casi le pareció que podía meter la mano entre el color y la tela, tan vividamente se destacaba sobre el fondo.

—¿De dónde procede esto? —le preguntó al vendedor.
El hombre se encogió de hombros.
—¿Quién sabe? Estaba en un lote de ropa procedente de Nueva York. A mí también me inspiró curiosidad, y pregunté sobre su procedencia. Me dijeron que había sido vendido por un vagabundo venusiano que aseguraba haberlo hallado en una nave abandonada que flotaba alrededor de un asteroide. No sabía de qué nacionalidad era la nave: dijo que parecía un modelo muy antiguo, probablemente una de las primeras naves espaciales, construidas antes de que se adoptaran los emblemas de identificación. Me extrañó que lo vendiera en un lote de ropa vieja; hubiera podido conseguir por él mucho más en cualquier sitio.
—Qué curioso —dijo Smith, mirando el extraño dibujo—. Bueno, es bastante cálido y ligero. Si no me vuelvo loco mirando el dibujo, dormiré caliente por las noches.

Apelotonó el mantón en una mano; cabía holgadamente en su palma todo entero. Se metió el sedoso paquete en un bolsillo y se olvidó de él hasta su regreso a su alojamiento, aquella noche. Había alquilado uno de los cubículos de acero en el gran edificio metálico en que el gobierno marciano alojaba a los viajeros por una módica cantidad. El objetivo de aquel edificio era alojar esa abigarrada horda de hombres del espacio que pululan por todas las ciudades portuarias de los planetas civilizados, ofreciéndoles un acomodo lo suficientemente satisfactorio y barato como para que no fueran a parar a los bajos fondos de la ciudad y se mezclaran con los malhechores. El gran edificio de acero en el que se alojaba Smith y un sinfín de otras personas no estaba del todo libre de la influencia de los bajos fondos marcianos, y si la policía hubiera hecho allí una redada un buen porcentaje de sus inquilinos hubieran sido transferidos a las prisiones del Emperador... Smith entre ellos, pues sus actividades rara vez estaban de acuerdo con la ley, y aunque en aquel momento no podía recordar ninguna falta concreta cometida en Lakkdarol, cualquier investigador hubiera podido seguramente formular algún cargo contra él. De todos modos, la probabilidad de una redada policial era muy remota, aunque Smith sabía que el lugar estaba lleno de piratas del espacio, fugitivos y delincuentes de todas las calañas.

Una vez en su pequeño cubículo, encendió la luz y vio una docena de borrosas réplicas de sí mismo reflejadas en las paredes de acero. En aquella curiosa compañía, se sentó en una silla y sacó el mantón. Al reflejarse en las bruñidas paredes y en el suelo y el techo del cubículo, produjo un súbito serpenteo de dibujos escarlata que por un momento convirtieron la habitación en un extraño caleidoscopio, como si las paredes se abrieran a una nueva dimensión donde aquel dibujo escarlata parecía agitarse como una cosa viva. Luego los reflejos se aquietaron, y solo quedó la imagen de un hombre alto y bronceado de pálidos ojos con un curioso mantón en las manos. Había un extraño y sensual placer en la forma en que aquella especie de lana sedosa se adhería a sus dedos, en su calidez y ligereza. Extendió el mantón sobre la mesa, intentando seguir con el dedo las líneas de aquel intrincado diseño, y cuanto más lo miraba más se convencía de que debía de haber un propósito en aquel trazado, y que si lo examinaba lo suficientemente a fondo daría con su significado... Aquella noche, al acostarse, extendió el mantón sobre su cama, y su brillo coloreó sus sueños fantásticamente... El retorcido dibujo escarlata era un laberinto por el que deambulaba ciegamente, y a cada vuelta se volvía y veía miles de réplicas de sí mismo vagando sin rumbo por el laberinto. A veces el camino se agitaba bajo sus pies, y cada vez que creía haber llegado al final se retorcía en nuevos recovecos. El cielo era un gran mantón con un recamado escarlata que fluctuaba ante sus ojos, hasta convertirse en una fantástica Palabra de un idioma sin nombre, cuyo significado estuvo a punto de captar, despertando aterrorizado justo en el instante en que la comprensión iba a abrirse paso en su mente.

Se durmió de nuevo y vio el mantón colgando en una azul oscuridad... Ahora era una puerta y el dibujo escarlata estaba grabado en ella... una extraña puerta en un alto muro, apenas perceptible a través de una neblinosa penumbra exquisitamente matizada de verde y violeta, de modo que no parecía una penumbra de este mundo, sino el extraño y dulce crepúsculo de un lugar donde el aire estaba impregnado de vetas coloreadas y el viento no existía. Avanzó hacia la puerta sin realizar esfuerzo alguno, y ésta se abrió ante él. Subía por una larga escalera. La coloreada penumbra aún velaba el aire, por lo que solo podía ver vagamente los escalones que se alzaban ante él y penetraban en la niebla. Entonces, súbitamente, percibió un movimiento en la oscuridad, y apareció una joven corriendo escaleras abajo. En su rostro se leía el terror, y estaba cubierta de sangre de la cabeza a los pies. En su ciega huida no había visto a Smith, pues chocó bruscamente con él. El impacto estuvo a punto de hacerle caer, pero sus brazos se cerraron instintivamente alrededor de ella, y por un momento la mujer permaneció inmóvil, profundamente agotada, sollozando contra su pecho y demasiado exhausta para preguntarse siquiera quién había interceptado su fuga. El olor de sangre fresca procedente de sus horriblemente impregnadas ropas asaltó el olfato de Smith. Por fin ella alzó la cabeza, mostrando un rostro bronceado y unos labios color fresa. Su cabello salpicado de sangre era tan increíblemente dorado que casi parecía naranja. Sus ojos eran castaños con un toque rojizo, y la fantástica belleza de su rostro tenía un salvaje matiz distinto a cuanto hubiera visto anteriormente. Debía de ser la mirada de aquellos ojos.

—Oh... —sollozó ella—. Eso... Eso la está... ¡Suéltame! Déjame ir...
Smith la sacudió suavemente.
—¿De qué hablas? ¿De qué tienes miedo? —le preguntó—. Estás cubierta de sangre... ¿Estás herida?
Ella sacudió la cabeza violentamente.
—No... no... Déjame ir... Tengo que... No es mi sangre... es de ella...

Un violento sollozo cortó su frase, y acto seguido se desmayó en brazos de Smith, que alzó su cuerpo exánime y prosiguió escaleras arriba, a través de la niebla violeta. Transcurrieron unos cinco minutos antes de que la penumbra se aclarara un poco y pudiera ver que la escalera terminaba en un largo corredor abovedado. A un lado del corredor había una hilera de puertas bajas, y Smith entró en la más próxima. Daba a una galería cuyos arcos se abrían a un espacio azul. Había un banco bajo las ventanas de la galería; Smith fue hacia él y depositó suavemente a la joven.

—Mi hermana —sollozó ella—. Eso tiene a mi hermana... ¡Oh, mi hermana!
—No llores —dijo Smith, sorprendiéndose al oír su propia voz—. Es solo un sueño. No llores... no hay ninguna hermana... tú tampoco existes... no llores de ese modo.

La mujer alzó la cabeza y por un momento dejó de sollozar, contemplándole con sus ojos castaños bañados en lágrimas. Miró con ojos inquisitivos su tez bronceada, su traje de hombre del espacio, su rostro surcado de cicatrices, sus ojos pálidos como acero. Y entonces una mirada de infinita piedad suavizó aquel extraño rostro, y la joven dijo dulcemente:

—Oh... vienes de... de... ¡Todavía crees que estás soñando!
—Sé que estoy soñando —insistió Smith con infantil obstinación—. Estoy durmiendo en Lakkdarol y sueño contigo y con todo esto, y cuando despierte...
Ella sacudió la cabeza tristemente.
—Nunca despertarás. Has venido a parar a un sueño mucho más terrible de lo que nunca podrías imaginar. No se regresa de este país.
—¿Qué dices? ¿Por qué no?

Un pánico absurdo se iba insinuando poco a poco en la mente de Smith al oír el tono de infinita piedad de su voz y la convicción de sus palabras. Sin embargo aquél era uno de esos sueños durante los cuales uno sabe perfectamente que está soñando. No podía equivocarse...

—Hay muchos países del sueño —dijo ella—, muchos nebulosos e irreales lugares donde vagan las almas de los durmientes, lugares que solo poseen una momentánea y leve existencia... Pero aquí (ha ocurrido otras veces, ¿sabes?) uno no puede llegar sin traspasar una puerta que solo se abre en una dirección. Y quien tiene la llave adecuada para abrirla puede entrar, pero nunca podrá encontrar el camino de vuelta a su propio mundo. Dime, ¿qué llave te abrió la puerta a ti?
—¡El mantón! —susurró Smith—. Claro... El maldito dibujo rojo...
—¿Cómo era? —preguntó ella sin aliento—. ¿Puedes recordarlo?
—Un dibujo rojo —dijo él lentamente—. Un bordado escarlata en un mantón azul... Un dibujo de pesadilla... grabado sobre la puerta por la que entré... Pero solo es un sueño, por supuesto. En unos minutos despertaré...
—¿Puedes recordar? —insistió ella excitada—. El dibujo, el dibujo rojo... ¿No había una palabra?
—¿Una palabra? —murmuró como atontado—. ¿Una palabra... en el cielo? No... no, no puedo recordar. Era un dibujo enloquecedor. No puedo borrármelo de la mente, pero tampoco podría describirlo, ni reproducirlo. Nunca vi nada igual... afortunadamente. Estaba sobre el mantón...
—Bordado sobre un mantón —susurró ella para sí—. Sí, por supuesto. Pero no entiendo cómo pudiste venir a través de él... cuando eso... cuando eso... ¡Oh!
El recuerdo de la tragedia que la había empujado escaleras abajo volvió bruscamente, y de nuevo estalló en lágrimas.
—¡Mi hermana!
—Cuéntame lo que ha pasado —la apremió Smith, saliendo de su atontamiento al oír sus sollozos—. ¿Puedo ayudarte? Por favor, déjame intentarlo... Cuéntame lo que pasa.
—Mi hermana —dijo ella desmayadamente—. Eso la agarró... La agarró ante mis ojos y me salpicó con su sangre...
—¿Eso? ¿Qué es eso? —preguntó mientras su mano se movía instintivamente hacia su pistola.
Ella captó el gesto y sonrió tristemente.
—Eso —dijo—. La... la Cosa. Ninguna pistola puede herirlo, ningún hombre puede combatirlo... Apareció y eso es todo.
—Pero, ¿qué es eso? ¿Cómo es? ¿Está cerca?
—Está en cualquier lugar. Nunca se sabe... hasta que la niebla empieza a espesar y se ve a través de ella la pulsación roja... pero entonces es demasiado tarde. Nosotros no lo combatimos, ni pensamos en ello demasiado... de lo contrario la vida sería insoportable. Pues eso tiene hambre y debe ser alimentado, y nosotros le servimos de alimento...
—¿De dónde vino eso? ¿Qué es?
—Nadie lo sabe... Siempre ha estado aquí... Siempre estará... Es demasiado nebuloso para morir o ser muerto... Es algo que procede de algún extraño lugar que no podemos ni imaginar... Algún lugar tan lejano en alguna dimensión tan inconcebible que nunca tendremos el menor conocimiento de su origen...
—Si come carne —dijo Smith— debe de ser vulnerable... Y yo tengo mi pistola.
—Inténtalo, si quieres —susurró ella—. Otros lo han intentado y eso siempre vuelve. Creemos que habita aquí, si es que habita en algún lugar. Nos... coge... más a menudo... en esos corredores que en ningún otro lugar. Si quieres puedes esperarlo con tu pistola bajo estas bóvedas. No tendrás que esperar mucho.
—Todavía no estoy preparado para intentarlo —dijo Smith—. Si la Cosa vive aquí, ¿por qué venís?
Ella se estremeció penosamente.
—Si no venimos, eso viene tras nosotros cuando está hambriento. Y nosotros venimos aquí para... para alimentarnos... No podrías entenderlo; pero, como has dicho, es un lugar peligroso. Deberíamos irnos ahora. Vendrás conmigo, ¿verdad? Ahora estoy sola.
—Por supuesto. Lo siento. Haré lo que pueda por ti... hasta que despierte.
—No despertarás —dijo ella serenamente—. Es mejor que no te hagas ilusiones. Estás atrapado aquí con todos nosotros, y aquí permanecerás hasta que mueras.
El se levantó y le tendió su mano.
—Vamos, entonces —dijo—. Tal vez tengas razón, pero... Bueno, vámonos.

Ella tomó su mano y se levantó. Su cabello anaranjado, de un color demasiado fantástico para algo que no fuera un sueño, ondeó tras ella, luminoso. Smith observó que llevaba una sencilla vestidura blanca, corta y ceñida, sobre su cuerpo bronceado. La mujer constituía una imagen de extraño y vivido encanto, toda blanca, dorada y cubierta de sangre en la luminosa penumbra de la galería.

—¿Dónde vamos? ¿Fuera? —preguntó Smith señalando hacia el espacio azul que se veía al otro lado de las ventanas.
Ella tuvo un ligero estremecimiento de disgusto.
—¡Oh, no! —exclamó.
—¿Qué es eso?
—Escucha —dijo ella cogiéndole por los brazos y mirándole seriamente—. Si te quedas aquí, y tendrás que quedarte, pues solo hay un camino para salir, aparte de la muerte, y ese camino es incluso peor que morir, has de aprender a no hacer preguntas sobre el... el Templo. Esto es el Templo. La Cosa mora aquí. Y aquí no-nosotros nos... alimentamos. Conocemos ciertos corredores y nos limitamos a ellos. Es más sensato. Tú me has salvado la vida cuando me detuviste en las escaleras. Nadie ha bajado nunca en medio de esa niebla y ha vuelto. Debería haberme dado cuenta al verte subir que no eras uno de los nuestros... Sea lo que fuere lo que hay más allá, adonde quiera que lleven estas escaleras... es mejor no saberlo. Es mejor no mirar por las ventanas de este lugar. Pues desde fuera el Templo parece bastante extraño, pero, mirando al exterior desde dentro, se pueden ver cosas que es mejor no ver... Qué es este espacio azul o adonde da esta galería, no lo sé y no tengo deseos de saberlo. Hay aquí ventanas que se abren a cosas extrañas, pero nosotros apartamos la vista cuando pasamos frente a ellas. Tú aprenderás a hacer lo mismo.

Ella tomó su mano, sonriendo levemente.
—Ahora ven conmigo.

En silencio, dejaron la galería que daba al espacio y regresaron al corredor donde la niebla azul flotaba con sus bellos matices de verde y violeta confundiendo la vista, rodeados de una gran quietud. El corredor conducía en línea recta hacia los grandes portales del Templo, que en forma de un fabuloso triple arco se abrían al exterior, a un extraño día como nunca había visto en ningún planeta. La luz no procedía de una fuente visible, y tenía una extraña calidad, como si uno estuviera mirando a través de un cristal o a través de un agua clara que temblara levemente de vez en cuando. Sobre ellos había un cielo tan insólito como todo en aquel maravilloso país de ensueño. Permanecieron bajo el gran arco del Templo, mirando al exterior. Posteriormente, Smith nunca pudo recordar exactamente qué era lo que hacía aquel paisaje tan profundamente extraño, tan vagamente terrible. Había árboles, masas de verde y bronce sobre la brillante hierba, y a través de las hojas pudo ver el brillo del agua no muy lejos. A primera vista parecía una escena totalmente normal... Sin embargo, ciertos pequeños detalles captaron su atención y le hicieron sentir escalofríos. La hierba, por ejemplo... Cuando bajaron y empezaron a cruzar el prado hacia los árboles tras los cuales resplandecía el agua, se dio cuenta de que las briznas eran cortas y suaves como el pelaje de un animal, y parecían adherirse a los pies descalzos de su compañera. Además se dio cuenta de que grandes extensiones de hierba ondeaban desde todas direcciones hacia ellos, como si el viento soplara de todas partes a la vez hacia el lugar que ellos ocupaban. Sin embargo, no había ni un soplo de viento.

—Está... está viva —susurró—. ¡La hierba!
—Claro —dijo ella con indiferencia.

Entonces se dio cuenta de que las copas de los árboles también se agitaban de vez en cuando, a pesar de que no había viento. Se movían en todas direcciones, animados por una vida propia. Cuando llegaron a la franja boscosa miró intrigado hacia arriba y oyó el susurro de las hojas sobre él, inclinándose hacia abajo como si sintieran curiosidad a su paso. Las hojas nunca se inclinaron lo suficiente como para tocarlo, pero un siniestro aire de expectación, de vitalidad, flotaba en todo aquel paisaje viviente, y el estremecimiento de la hierba les seguía a donde quiera que fuesen. El lago, como la penumbra del Templo, era de un profundo azul matizado de violeta y verde, y no parecía agua de verdad, ya que las manchas coloreadas no se extendían ni cambiaban al moverse. En la orilla, un poco más arriba de la línea del agua, había un edificio pequeño, parecido a un sepulcro o templete, construido con una especie de piedra cremosa, cuyas paredes se reducían a una serie de arcos abiertos a aquel día azul y translúcido. La joven le condujo a la entrada con negligentes ademanes.

—Yo vivo aquí —dijo sencillamente.

Smith contempló aquello. Estaba prácticamente vacío, a excepción de dos pequeñas camas, cubiertas cada una de ellas por dos cobertores azules. Tenía un aspecto muy clásico, por su blancura y austeridad y con aquellos arcos abiertos a un paisaje boscoso y verde.

—¿No tienes frío aquí? —le preguntó Smith—. ¿Dónde comes? ¿Y dónde tienes tus libros, tu ropa, tu comida?
—Tengo algunas túnicas bajo mi cama —dijo ella—. Eso es todo. Aquí no hay libros, ni más ropa ni comida. Nosotros comemos en el Templo. Y nunca hace más frío ni más calor que ahora.
—Pero, ¿qué es lo que hacéis?
—¿Hacer? Oh, nadar en el lago, dormir y pasear por los bosques. El tiempo pasa rápidamente.
—Idílico —murmuró Smith—, pero, en mi opinión, un poco aburrido.
—Cuando uno sabe —respondió ella—, que el instante siguiente puede ser el último, la vida se saborea profundamente. Se goza lo más que se puede cada una de las horas. A nosotros no nos resulta aburrido.
—¿Pero no tenéis ciudades? ¿Dónde es tan los demás?
—Lo mejor es no formar grupos numerosos. Parece que atraen más a... la Cosa. Vivimos en grupos de dos o tres... a veces solos. No tenemos ciudades. Y no hacemos nada... ¿Para qué emprender algo si sabemos que no veremos su fin? ¿Para qué preocuparnos demasiado por nada? Ven, vamos al lago.

Le tomó de la mano y le condujo a través de la hierba viviente hacia la orilla arenosa del agua. Smith contemplaba la superficie del lago donde vagos colores se mezclaban con el azul, tratando de no pensar en las fantásticas cosas que le estaban pasando. Además, le resultaba difícil pensar allí, en medio de aquel azul y del silencio, en medio de aquel aire de ensueño que le rodeaba... El agua difusa golpeaba la orilla produciendo sonidos débiles, sofocados, como la respiración de alguien que duerme. Aquel lugar parecía soñoliento, con aquélla calma y aquellos colores de ensueño, así que Smith, después de todo, no estaba seguro de si en su sueño se había dormido por unos momentos. Porque ahora oyó que algo se movía y vio que la joven se sentaba de nuevo a su lado, cubierta por una túnica; se había lavado las manchas de sangre. No pudo recordar en qué momento ella se había separado de él, pero, en todo caso, tampoco le preocupó. Durante un momento, la luz había disminuido, haciéndose borrosa, e, imperceptiblemente, una luz azul de atardecer los envolvió, una luz que parecía salir del lago, porque parecía participar de la misma difusa tonalidad azul, realmente onírica, mezclada con vagos colores. Smith pensó que le agradaría no abandonar nunca aquella fría arena, quedarse allí para siempre, en medio de aquella penumbra difusa y del silencio de su sueño. No hubiera sabido decir cuánto tiempo había permanecido allí sentado. La paz azul le envolvía profundamente, hasta que quedó impregnado de aquellos suaves colores del atardecer y transido por aquella calma.

La luz se fue oscureciendo hasta que no pudo percibir nada más que las olitas más cercanas, lamiendo la arena. En torno a él, aquel mundo onírico se mezcló con la penumbra azul-violeta. No recordaba haber vuelto la cabeza, pero ahora se encontraba mirando a la joven que tenía junto a él. Estaba tumbada sobre la pálida arena, y su cabello era una mancha oscura que enmarcaba la palidez de su cara. En la penumbra su boca era también oscura, y desde la oscuridad que se formaba bajo sus pestañas, Smith se fue dando cuenta poco a poco de que ella le miraba sin parpadear. Permaneció allí sentado en silencio, durante un largo tiempo, con sus ojos fijos en los de la chica. Y entonces, con ese movimiento propio de los sueños, se dirigió hacia ella tendiéndole los brazos. La arena era fría y suave y la boca de la mujer sabía a sangre. En aquella tierra no salía el sol. Se hacía lentamente de día sobre el palpitante país, mientras la hierba y los árboles se agitaban en su despertar, movimiento terrorífico en la belleza de la mañana. Cuando Smith se despertó, vio que la chica salía del lago, con el agua azul desprendiéndose de sus cabellos naranja. Gotitas azules se deslizaban por su piel cremosa, y ella reía, chorreando de pies a cabeza en el ardiente amanecer. Smith se incorporó en la cama y apartó el cobertor azul.

—Tengo hambre —dijo—. ¿Cuándo y cómo vamos a comer?
La sonrisa se desvaneció del rostro de la mujer en un suspiro. Agitó violentamente sus cabellos y dijo extrañada:
—¿Hambre?
—¡Un hambre mortal! ¿No me habías dicho que encuentras tu comida en el Templo? Vayamos, pues.
La mujer le lanzó una mirada enigmática bajo sus largas pestañas y se dio la vuelta.
—Muy bien —dijo.
—¿Algo anda mal? —La tomó mientras pasaba y la sentó sobre sus rodillas, depositando un beso fugaz en su boca. De nuevo notó aquel sabor a sangre.
—Oh, no —ella agitó sus cabellos y se levantó—. Estaré lista en un momento, y enseguida vamos.

Volvieron a pasar por aquel lugar donde los árboles se inclinaban expectantes, y atravesaron la extensión de hierba, palpitante. Desde todas direcciones llegaban a ellos olas de aquella hierba como había sucedido antes. Smith se esforzó por ignorarlo. Contemplaba la escena matutina mientras una corriente indefiniblemente desagradable recorría la superficie de aquella maravillosa tierra. Mientras atravesaban la hierba viviente, de repente recordó algo y dijo:

—¿Qué quisiste decir ayer cuando hablaste de que no había otra salida que la muerte?
Al responderle, ella no le miró a los ojos, pero su voz denotaba turbación.
—Peor que la muerte, fue lo que dije. Una salida de la que no voy a hablarte aquí.
—Si no existe ninguna salida, yo debo saberlo —insistió Smith—. Dímelo.
Sus cabellos de color naranja caían como una cortina que les separase. Bajando la cabeza, ella dijo con una voz sin matices:
—No podrías salir. Es una salida muy difícil. Y... y yo no deseo que te vayas ahora...
—Debo conocerla —dijo Smith impaciente.
Entonces ella se detuvo y le miró con sus ojos avellana alterados.
—Está bien —dijo finalmente—. Es en virtud de la Palabra. Pero esa puerta no se puede atravesar.
—¿Por qué?
—Pronunciar la Palabra significa la muerte. Literalmente. Yo no la conozco ahora, no podría decírtela aunque quisiera. Pero en el Templo existe una habitación donde esta Palabra se encuentra grabada en rojo sobre la pared, y su poder es tan inmenso que su eco resuena eternamente en la habitación. Si uno se sitúa ante la inscripción y permite que su fuerza le golpee el cerebro, la escuchará y la conocerá... y gritará las pavorosas sílabas en voz alta... y eso mata. Se trata de una palabra tan ajena a nuestro ser que, al pronunciarla, el eco que produce en la garganta de un ser humano es lo suficientemente disgregador como para rasgar cada una de las fibras del cuerpo y desintegrarlas, atomizarlas, para destruir el cuerpo y la mente de forma tan drástica como si nunca hubieran existido. Y como el sonido es tan violento, consigue abrir durante un instante la puerta que existe entre tu mundo y el mío. Pero el peligro es aterrador, porque puede abrir también las puertas de otros mundos por las que podrían introducir cosas más terribles que las que jamás podríamos soñar. Algunos dicen que fue así como la Cosa llegó a nuestro mundo hace millones de años. Además, si uno no se coloca exactamente en el lugar donde se abre la puerta, en el preciso rincón de la habitación que está protegido (al igual que el centro de un ciclón está en calma), y si no pasas en el preciso instante en que suena la Palabra, te romperá en pedazos. Ya ves que resulta impos...

En ese instante ella guardó silencio y miró hacia abajo con una cierta expresión de fastidio, después dio dos o tres pequeños pasos corriendo y se volvió.

—La hierba —explicó tristemente, señalando a sus pies. En sus bronceados pies podían verse leves señales de sangre—. Si uno se detiene demasiado en un lugar sin mover los pies, la hierba puede perforar la piel y beber; qué tonta he sido al olvidarlo. Pero ven.

Smith fue junto a ella, mirando a su alrededor con recelo aquella adorable y hermosa tierra, demasiado bella y aterradora para no formar parte de un sueño. A su alrededor, la hierba hambrienta se deslizaba formando olas mientras ellos avanzaban. ¿Comerían también carne los árboles? Árboles caníbales y hierba vampira; Smith sintió un estremecimiento. El Templo se alzaba ante ellos, un edificio construido con un extraño material del mismo tono azul difuso que adquieren las montañas de la Tierra cuando se las contempla de lejos. Esa calidad difusa no disminuyó ni aumentó a medida que se aproximaban. También los contornos del lugar resultaban misteriosamente difíciles de precisar en la mente. Smith nunca pudo entender por qué. Cuando intentaba concentrarse en un punto particular, en una torre o en una ventana, aquello permanecía borroso, como si aquel extraño y difuso edificio estuviera situado justo en el borde de otra dimensión. Desde el inmenso triple arco de la entrada, un arco que no se parecía en nada a lo que había visto antes, pero que resultaba tan difícil de apreciar con claridad que no podría haber dicho en qué consistía la diferencia, apareció, mientras se aproximaban, un hilo de humo azul pálido. Cuando penetraron dentro comenzaron a caminar a través de una penumbra que Smith acabaría conociendo muy bien. El inmenso corredor aparecía borroso ante ellos, pero después de algunos pasos la mujer le atrajo junto a ella, haciéndole penetrar por otra entrada que daba a una larga galería, a través de cuya neblina pudo distinguir filas de hombres y mujeres, arrodillados cara a la pared, con la cabeza baja, en actitud de oración. Ella le llevó hasta el final, y entonces vio que estaban arrodillados delante de pequeños caños insertos en el muro a intervalos regulares. Ella se arrodilló ante uno de ellos e hizo que él la imitara; luego inclinó la cabeza y puso sus labios sobre la pequeña espita. Vacilante, Smith siguió su ejemplo. En el preciso instante en que su boca tocó aquello, brotó una extraña y cálida sustancia que penetró en su boca, a la vez dulce y salada. Tenía un extraño sabor acre, y cuanto más bebía más deseos le entraban de hacerlo. Resultaba endiabladamente delicioso, y sentía al beberlo que una sensación cálida recorría todo su cuerpo. Sin embargo, algo oculto en las profundidades de su memoria hacía brotar en él una sensación de desagrado... En algún lugar, de alguna manera, él había conocido aquel sabor cálido, acre y salado y... una repentina sospecha le sacudió como un latigazo y apartó sus labios de aquello como si quemara. Un fino reguero escarlata salía del muro. Se pasó el dorso de la mano por los labios y al retirarlo vio que estaba teñido de rojo. Entonces reconoció aquel olor.

La mujer continuaba arrodillada junto a él con los ojos cerrados, con una extraordinaria avidez marcada en cada uno de sus rasgos. Cuando Smith la miró, ella se volvió y abrió unos ojos en los que se marcaba una expresión de protesta, pero no apartó los labios del caño. Smith se agitó violentamente, y tras una última y prolongada succión, ella se levantó mirándole con irritación, poniendo un dedo sobre sus enrojecidos labios. Echó a andar y él la siguió en silencio, a través de las hileras que formaban los arrodillados. Cuando alcanzaron la salida, él se dirigió hacia la mujer y la sacudió irritado por los hombros.

—¿Qué era eso? —le preguntó.
Ella apartó la vista y dijo con acritud:
—¿Qué esperabas? Aquí nos alimentamos como podemos. Tendrás que aprender a beberlo sin repugnancia, si antes no has muerto.

Por un momento, él miró inquisitivamente su evasivo y extrañamente bello rostro. Después, sin pronunciar una palabra, se dirigió a la puerta de la salida. Escucho sus pasos tras él, pero no se volvió para mirarla. Y hasta que no hubieron salido a la luz del día y atravesado un buen trecho de aquella tierra cubierta de hierba, no tuvo la calma suficiente para mirar a su alrededor. Ella se detuvo junto a él, sin levantar la cabeza, mientras su cabello color naranja se agitaba a cada movimiento de su rostro, con elocuente tristeza. La sumisión de la joven le afectó, y se dirigió hacia ella con una ligera sonrisa, contemplando aquella luminosa cabeza. Ella le mostró una cara en la que se reflejaba una expresión trágica. En sus ojos color avellana había lágrimas. Así que no tuvo más remedio que sonreírle y besarla para devolverle la sonrisa. En ese momento Smith comprendió el extraño sabor amargo de sus besos.

—Ha de haber otro tipo de alimento que no sea... éste —dijo Smith cuando hubieron llegado junto al templete—. ¿No hay trigo por aquí? ¿No viven animalillos en el bosque? Y los árboles, ¿no dan frutos?
Ella le dedicó otra larga mirada bajo las espesas pestañas.
—No —respondió—. No hay nada sino la hierba que crece aquí. En esta tierra no habita más ser viviente que el hombre y la Cosa. Y en cuanto a la fruta de los árboles, da gracias a que no florece más que una vez en sus vidas.
—¿Por qué?
—Es mejor... no hablar de eso —respondió ella.

Las constantes evasivas en sus frases comenzaron a atacar los nervios de Smith. No dijo nada más; le dio la espalda y caminó hacia la playa, esperando que la arena le volvería a proporcionar la tranquilidad y la paz de la noche anterior. Su hambre había quedado curiosamente satisfecha, pese a lo poco que había tomado de aquello, y, gradualmente, aquel sosiego que sintiera el día anterior volvió a renacer en él en profundas oleadas. Después de todo, era una tierra encantadora. El día llegó oníricamente a su fin, y la oscuridad volvió a surgir del lago, y volvió a encontrar en los besos aquel sabor a sangre que, sin embargo, le sumergía en una profunda dulzura. Por la mañana se despertó con la primera luz del día, nadó junto a la joven en las azules y misterios as aguas del lago, e, inexplicablemente, volvió a atravesar el bosque y aquella extensión de hierba viva en dirección al Templo, impulsado por un hambre mayor que su repugnancia. No podía evitar la náusea, pero tampoco aquella avidez. Una vez más, el Templo apareció ante él difuso e indefinido bajo el resplandeciente cielo, y una vez más se adentró en la penumbra de sus corredores, caminando con el paso seguro de quien conoce su camino, y se arrodilló por su propia voluntad en aquella fila de bebedores que se extendía a lo largo del muro. Al primer sorbo, la náusea brotó violentamente de lo más profundo de su ser; pero cuando el calor de la bebida se extendió por todo su cuerpo la náusea se apagó y solo sintió hambre y avidez, y bebió ciegamente hasta que la mano de la joven que se apoyó sobre su hombro le volvió a la realidad. Se había desencadenado en él una especie de intoxicación cuando el líquido ardiente y salado penetró en sus venas, y caminó tambaleándose sobre la hierba viviente. Transcurrió otro día y de nuevo la oscuridad surgió del lago.

Y así transcurría la vida en aquella tierra. Pasaban con una simpleza extraordinaria los días y las noches, entre los viajes al Templo para beber de aquellas fuentes, y los amargos besos de la joven de los cabellos color naranja. El tiempo había cesado para él. Los días transcurrían lentos e iguales, desarrollándose eternamente el mismo círculo vital, y el único cambio, que quizás él no percibía, se hallaba en la profunda mirada de los ojos de la joven cuando permanecían juntos, sus cada vez más prolongados silencios. Una noche, en el mismo instante en que la oscuridad envolvía el aire y la bruma surgía del lago, se le ocurrió mirar a su superficie y creyó ver a través de la niebla las siluetas de unas montañas muy lejanas. Le preguntó con curiosidad a la joven:

—¿Qué es lo que hay detrás del lago? Me parece que veo unas montañas.
La joven volvió rápidamente la cabeza y sus ojos color avellana se oscurecieron con una expresión que parecía de temor.
—No lo sé —dijo—. Nosotros pensamos que es mejor no averiguar qué es lo que hay más allá del lago.
Súbitamente, la irritación de Smith ante las nuevas evasivas hizo explosión violentamente.
—¡Al diablo con vuestras creencias! Estoy harto de recibir la misma respuesta a cualquiera de las preguntas que hago. ¿Tú nunca te has preocupado por averiguar nada de nada? Estáis tan paralizados por el terror de algo desconocido que cada idea de vuestro espíritu os parece mortal.
Los ojos de la mujer le dirigieron una triste mirada.
—Aprendemos con la experiencia —dijo—. Aquellos que se hacen preguntas, aquéllos que investigan... mueren. Vivimos en medio del peligro en una tierra que está viva, un peligro incomprensible, intangible, terrible. La vida se hace soportable si no investigamos demasiado, solo si aceptamos ciertas condiciones, condiciones que aceptan la mayoría. No debes hacer preguntas si deseas continuar vivo. Tanto las montañas como todas las cosas que desconocemos y que se hallan más allá del horizonte son algo tan inalcanzable como un milagro. Porque en una tierra que no ofrece ningún tipo de alimento, en la que nos es preciso visitar el Templo diariamente, ¿qué tipo de provisiones podría llevar cualquier explorador para su viaje? No, estamos sujetos a este lugar por lazos irrompibles, y debemos vivir aquí hasta que nos llegue la muerte.

Smith no respondió. Comenzaba a apoderarse de él el relax de la noche, y el breve estallido de irritación había muerto tan rápidamente como había nacido. Sin embargo, fue entonces cuando comenzó su descontento. De alguna forma, a pesar de la adorable quietud del lugar, a pesar de la dulce amargura de las fuentes del Templo y la amargura aún más dulce de los besos que obtuvo como respuesta, no pudo apartar de la mente la visión de aquellas montañas difusas. La inquietud se había despertado en él, y como el hombre que sale de su sueño, sentía cada vez más el deseo de la acción, de la aventura, de darle otra utilidad a su cuerpo que no fueran simplemente las exigencias del sueño, la comida y el amor. Por todas partes se alzaban inquietos bosques. La hierba ondeaba, y en el oscuro horizonte las montañas le atraían. Incluso el misterio del Templo y de su eterna penumbra comenzaron a atormentar sus momentos de lucidez. Le zumbaba en la mente la idea de explorar los corredores que evitaban los habitantes de aquellas tierras, de mirar a través de aquellas extrañas ventanas que se abrían a un azul inexplicable. La vida, incluso allí, debía tener un significado diferente del que él le confería. ¿Que había tras aquellos bosques y praderas? ¿Qué misterioso país encerraban aquellas montañas? Comenzó a acosar a sus compañeros con preguntas que provocaron cada vez con más frecuencia la aparición de una mirada de terror en sus ojos, pero con ello obtenía una pequeña satisfacción. Aquél era un pueblo sin historia, sin ambición, cuyas vidas se inclinaban a atormentarse en los momentos de mayor tranquilidad como si anticiparan el terror que habría de sobrevenirles después. La evasión era la llave de su existencia, quizás con razón. Quizá todos los espíritus aventureros que habían existido entre ellos, se habían internado, curiosos, en el peligro y habían perecido, de forma que los que quedaban eran los espíritus sumisos, llevando unas vidas bucólicas y voluptuosas en aquel Elíseo sombreado por el horror.

En aquel colorístico país, el recuerdo del mundo que habían perdido se hizo para Smith cada vez más vivido: recordaba la abigarrada multitud de las capitales de los planetas, con las luces, el ruido, las risas. Se imaginó naves espaciales atravesando el cielo de la noche con sus llamas, atravesando el espacio de un planeta a otro. Recordó los alborotos que se formaban en las tabernas, los pilotos de las naves, los tumultos, el rayo azul de las pistolas y el olor a carne quemada. Aquella vida pasaba como una película ante sus ojos, violenta, vívida, hombro con hombro, con la muerte. Y sintió nostalgia de aquellos mundos maravillosos, aunque también terribles, que había dejado tras él. Por el día, la intranquilidad le aumentó. La joven hizo patéticos intentos para encontrar algún tipo de entretenimiento que ocupara su mente ausente. Le acompañó en tímidas incursiones por los bosques vivientes, e incluso superó su horror por el Templo siguiéndole mientras exploraba algunos corredores que hicieron nacer en ella un angustiado terror. Pero debió darse cuenta de que no había esperanza. Un día, mientras estaban tumbados sobre la arena mirando ondear el lago azul bajo un cielo cristalino, los ojos de Smith, que no se apartaban de las extrañas sombras de las montañas, se entornaron súbitamente, intensificando su palidad de acero. Se puso en pie bruscamente, apartándose de la joven que había permanecido apoyada contra sus espaldas.

—Estoy harto —dijo ásperamente, y se levantó.
—¿Qué... qué... quieres decir? —la mujer se tambaleaba sobre sus pies.
—Me voy... a cualquier lugar. Creo que hacia las montañas. ¡Y me voy ahora mismo!
—Pero, entonces ¿es que deseas morir?
—Es mejor un peligro real que una vida abúlica como ésta —dijo—. Al menos encontraré algo más de animación.
—Pero ¿qué llevarás como alimento? No hay nada que te permita mantenerte vivo, aun en el caso de que escaparas de peligros mayores. Si te quedas sobre la hierba por la noche... te comerá vivo. No tienes ninguna posibilidad de sobrevivir si abandonas este lugar... y a mí.
—Si he de morir, moriré —dijo—. Lo he estado pensando y he decidido que sea así. Podría explorar el Templo y llegar ante Eso y morir. Pero, desde luego, debo hacer algo, y me parece que mi oportunidad está en intentar llegar a algún lugar donde la tierra dé alimentos. Y voy a intentarlo. No puedo seguir así.

Ella le miró con una inmensa tristeza, mientras las lágrimas afluían a sus ojos de color avellana. El abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera decir una sola palabra ella se echó a reír con una risa aterrorizadora.

—Tú no irás —le dijo—. La muerte viene ahora por nosotros dos.
Lo dijo de una forma tan serena, tan carente de todo miedo, que Smith no la entendió hasta que ella le señaló algo con el dedo y se volvió hacia allí. El aire que había entre ellos y el templete estaba curiosamente agitado. En el momento en que Smith se volvió a mirar, comenzó a convertirse en una nebulosa azul que se iba haciendo cada vez más espesa y oscura... Borrosos tonos verdes y violeta penetraron a través de aquello de forma difusa, y después, imperceptiblemente, un color rosado apareció en el centro, que cada vez se iba haciendo más intenso hasta adquirir un tono escarlata que hirió sus ojos; entonces Smith se dio cuenta de que Aquello había llegado. Un aura de amenaza parecía irradiar de Aquello, penetrando en su mente. Lo sintió de forma tan tangible como lo había visto... Un peligro difuso que se dirigía inexorablemente hacia ellos. La mujer no estaba asustada. Smith se dio cuenta de ello aunque no se volvió para mirarla, pues no podía apartar sus ojos de aquella Cosa escarlata hipnóticamente palpitante... Ella le susurró muy suavemente:

—Yo tenía razón, estoy contenta —y el sonido de su voz le liberó de la trampa en que le tenía preso aquella masa palpitante.

Smith soltó una carcajada de lobo, abrupta, como dando la bienvenida a aquella diversión que le sacaba del idilio eterno en el que estaba viviendo, y la pistola apareció en su mano y de su cañón brotó la llama azul de forma tan repentina que dejó sin respiración a la mujer, que estaba tras él. Aquel resplandor de un azul acerado iluminó la envolvente neblina, pasó a través de ella sin encontrar ningún obstáculo y fue a estrellarse en la tierra unos metros más allá. Smith apretó los dientes y disparó repetidas veces contra aquella niebla, tiñéndola de azul. Y cuando aquel chorro de fuego cruzó aquella Cosa escarlata, el impacto sacudió violentamente aquella nebulosa de tal forma que sus contornos ondularon y la masa escarlata chisporroteó vivamente, comenzando a debilitarse con gran rapidez. Smith siguió barriendo con su rayo toda aquella nebulosa. Un instante después palidecía y se desintegraba, desvaneciéndose en un último destello rosa mientras la llama de su pistola seguía incidiendo en la niebla hasta quemar el suelo tras ella. Sacudió la cabeza y jadeó mientras aquella nube de muerte se hacía cada vez más tenue, hasta desvanecerse ante sus ojos, hasta que no quedó ni rastro de ella y el aire se volvió de nuevo luminoso y transparente.

El inconfundible olor de carne quemada llegó a su nariz y se preguntó por un momento si la Cosa se habría materializado en un núcleo corpóreo; pero después vio que aquel olor procedía de la hierba quemada por su llama. Las delgadas briznas semejantes al pelaje de un animal se retorcían en torno al círculo quemado, tumbándose a ras de suelo como si un fuerte viento soplara sobre ellas, y del área ennegrecida surgió una tenue columna de humo que esparcía el olor de carne quemada. Smith, recordando sus hábitos vampirescos, volvió la cabeza con náuseas. La chica había corrido hacia la arena que había tras él temblando violentamente ahora que el peligro había pasado.

—¿Era... esto la muerte? —preguntó ella respirando entrecortadamente cuando por fin pudo dominarse.
—No lo sé. Probablemente no.
—¿Qué vas... a hacer ahora?
Smith volvió a enfundar su pistola.
—Lo que había pensado hacer.
La joven gritó con desesperación:
—¡Espera! ¡Espera! —y se agarró a su brazo. Y él esperó hasta que el temblor que la sacudía hubo cesado. Entonces ella insistió—: Vuelve al templo otra vez antes de irte.
—Está bien, no es una mala idea. Puede que transcurra bastante tiempo antes de mi próxima... comida.

Así pues volvieron a atravesar la hierba viviente que se agitaba en torno a ellos en forma de amplias olas procedentes de todas partes. El Templo apareció oscuro e irreal ante ellos, y cuando entraron la penumbra azul volvió a envolverlos. Smith iba a ir como de costumbre hacia la galería de los bebedores, pero la mujer sujetó su brazo con una mano y murmuró:

—Ven por aquí.
El la siguió, cada vez más sorprendido, por el corredor a través de las extrañas neblinas, lejos de la galería que tan bien conocía. Le pareció que la bruma se hacía más espesa a medida que avanzaban, y en medio de aquella luz incierta creyó ver, aunque no podía estar seguro de ello, que los muros ondeaban de una forma tan nebulosa como el propio aire. Sintió un curioso impulso de atravesar sus intangibles barreras y salir del pasillo hacia... ¿hacia qué? Entonces notó bajo sus pies unos peldaños y tras un instante la presión sobre su brazo se hizo más fuerte. Pasaron por un bajo y grueso arco de piedra y penetraron en la habitación más extraña que jamás había visto. Parecía ser heptagonal y, cosa curiosa, en el suelo había profundamente grabadas líneas convergentes. Creyó sentir que ciertas fuerzas que escapaban a su comprensión se debatían violentamente contra los siete muros, girando huracanadamente en la oscuridad hasta que la habitación quedó sumida en un invisible tumulto. Cuando levantó sus ojos hacia el muro, supo dónde se encontraba. Grabado sobre la oscura piedra, brillando a través de aquella penumbra como si fuera un fuego procedente de otra dimensión, la figura escarlata se retorcía sobre el muro. No sabía cómo, pero la simple visión de aquello provocó una conmoción en su cerebro y sintió que la cabeza le daba vueltas y las piernas se le doblaban cuando finalmente respondió a la presión de su brazo. Vagamente, se dio cuenta de que se encontraba justo en el centro de aquellas líneas convergentes y sintió fuerzas inexplicables recorriéndole y despertando en su interior un conocimiento que poseía. Luego sintió unos brazos que se cerraban en torno a su cuello y un cálido cuerpo que se estrechaba contra el suyo, mientras una voz susurraba en su oído:

—Si tienes que dejarme, retrocede hacia la puerta, querido... La vida sin ti... es más terrorífica que una muerte como ésta.

Depositó en sus labios un beso que sabía a sangre. Después aquel contacto desapareció y se encontró solo. A través de la penumbra pudo percibirla vagamente recortada contra la Palabra, y pensó, mientras estaba allí, que era como si las corrientes invisibles la estuvieran golpeando de forma que su cuerpo se bamboleaba ante él y sus rasgos se hacían borrosos para formarse después de nuevo, como si las fuerzas de las que él estaba tan misteriosamente protegido la tuvieran a su merced. Y vio que un cierto conocimiento se reflejaba de forma terrible sobre su rostro, como si el significado de la Palabra estuviera penetrando lentamente en la mente de la mujer. El dulce y bronceado rostro de la joven se deformó horriblemente, sus sangrientos labios se movieron para pronunciar una Palabra. En un momento de claridad vio realmente cómo su lengua se movía de forma increíble para formar las sílabas de la indefinible Palabra que nunca labios humanos habían pronunciado. Su boca se abrió en una forma imposible... Emitió sonidos en medio de aquella niebla y gritó.

Smith caminaba por un sendero serpenteante de un color escarlata tan vivo que resultaba insoportable a la vista, un sendero que se hundía, se alzaba y temblaba bajo sus pies de forma que le hacía trastabillar a cada paso. Andaba a tientas a través de una neblina violeta y verde mientras en sus oídos zumbaba un susurro aterrador, la primera sílaba de una impronunciable Palabra... Siempre que se acercaba al final del sendero, éste se agitaba y se duplicaba, mientras una debilidad como la producida por una droga penetraba en su cerebro y los colores de la onírica penumbra le arrullaban, y...

—¡Se está despertando! —sonó una voz exaltante junto a su oído.
Smith abrió pesadamente los ojos y vio una habitación sin paredes, una habitación en la que múltiples figuras se extendían hasta el infinito...
—¡Smith! ¡Northwest Smith! ¡Despierta! —urgía una voz familiar que llegaba de alguna parte.

Smith parpadeó. Aquella miríada de figuras desperdigadas se concentraron en las de dos hombres dentro de una habitación de especulares paredes metálicas. El rostro amistoso de su compañero, el venusiano Yarol, apareció sobre él.

—Por Pharon, Northwest Smith —dijo aquella bien conocida voz—, has estado durmiendo durante toda una semana. Creíamos que nunca despertarías; debió de ser una borrachera terrible.

Smith hizo una débil mueca que decía bien a las claras lo débil que se sentía y dirigió una interrogante mirada hacia la otra persona.

—Soy médico —dijo el individuo cuando captó su inquisitiva mirada—. Su amigo me llamó hace tres días y desde entonces estoy ocupándome de usted. Debe de hacer cinco o seis días que entró en coma. ¿Tiene alguna idea de qué es lo que pudo causárselo?

Los pálidos ojos de Smith recorrieron la habitación. No pudo encontrar lo que buscaba, y aunque su débil murmullo contestó la pregunta del doctor, el hombre no llegó nunca a entenderlo.

—¿Un mantón?
—He sido yo quien te ha quitado aquella cosa peligrosa de encima —confesó Yarol—. Estuvo sobre ti durante tres días y después te la quité. Ese dibujo rojo me ha dado el peor dolor de cabeza que he tenido desde que encontré la botella de vino negro sobre aquel asteroide, ¿te acuerdas?
—¿Dónde...?
—Se lo di a un tipo que iba hacia Venus. Lo siento. ¿Realmente lo querías? Te compraré otro.

Smith no respondió. La debilidad se apoderaba de él intermitentemente. Cerró los ojos escuchando el eco de aquella primera y terrorífica sílaba susurrada en su cabeza... Un susurro que procedía de un sueño... Yarol le oyó murmurar suavemente:

—Y... nunca logré saber... su nombre...